Cómo ser conservador: un común denominador para resistir

En definitiva, Scruton es de los nuestros o, si aún duda, léalo y no tardará en hacerse de los suyos.

Roger Scruton es un británico redomado que va camino de cumplir 75 primaveras. Tiene una envidiable fogata de pelo canoso y unos ojos muy pequeños que radiografían las cosas. Viste bien, da unas maravillosas conferencias y ha escrito más de treinta libros. En ellos, con frecuencia recurre a las leyes de Robert Conquest, especialmente a la primera: todos somos de derechas en aquello que conocemos bien. Por eso, el señor Scruton, que lleva muchos años estudiando las artes y, por tanto, las conoce bien, no se cansa de reivindicar la belleza. Y como lleva otros tantos estudiando los engranajes de la sociedad y, por tanto, los conoce bien, no se cansa de promover el conservadurismo. De ahí este Cómo ser conservador que ahora, traducido por Carlos Esteban, edita Bibliotheca Homo Legens en España.

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Como señala Enrique García-Máiquez en el prólogo, se trata de una publicación oportuna en nuestro país, donde los conservadores como tal escasean. Puede que la sociedad española muestre a veces, y como por instinto, ciertos reflejos conservadores; reflejos que no se sabe con exactitud si son sustratos franquistas o automatismo cavernícolas. Pero lo mismo da porque son pronto sofocados por unos medios que no dejan de advertir cuán casposos, cuán indeseables son esos arrebatos. “Debería daros vergüenza”, regañan desde las televisiones a una audiencia asertiva y permeable.

Algunos quedan tras el bombardeo, pocos supervivientes que, sin embargo, se fragmentan luego en grupúsculos irreconciliables. Perdida la influencia pública, se reconcentran en sus diferencias y ya que no pueden tener éxito, se dicen, al menos guardarán fidelidad. De ahí la pertinencia de este libro. En un país que rota hacia la izquierda, Cómo ser conservador nos propone un común denominador para resistir.

Con una amenidad extraña para un filósofo –de tanto pensar, supongo, se les acaba retorciendo el lenguaje–, Scruton señala al rey desnudo y desmonta las imposturas intelectuales que ofuscan el entendimiento de nuestra época. Ahora bien, esa tarea no produce un libro arrinconado ni cascarrabias que se limite a quejarse de lo mal que está todo. Muy al contrario, busca campo abierto y se detiene ante grandes corrientes de pensamiento que, aunque yerran en su diagnóstico general, contienen algunos aciertos que el conservadurismo recoge agradecido. Scruton no impugna una verdad porque no haya salido de su boca; cosa sensata, claro está, pero poco frecuente.

Empieza con el nacionalismo, fundamental para su propuesta en tanto que configura oikos: un territorio, una historia, unas costumbres. Y si en su Bebo, luego existo (Rialp) reivindica el vino como la expresión genuina de la tierra, aquí nos dice que el hombre también es un fruto, por lo que su sentido nunca podrá hallarse en el desarraigo. Pero ¡cuidado!, advierte el filósofo: bien sabe el baqueteado siglo XX lo que sucede cuando el nacionalismo se hipertrofia.

El mismo procedimiento sigue con el resto de teorías: señala sus tropiezos –muchos de ellos inflamables– pero, al mismo tiempo, rescata lo que en ellas hay de bueno. Lo dijo Gómez Dávila: el conservadurismo sería una opción para el reaccionario cuando se vive en una época en la que hay algo digno de conservarse. Y en esta época, al menos al parecer del sabio inglés, algo hay.

Así, del capitalismo haremos bien en conservar un mercado no intervenido, pero sin ningunear aquello que tiene valor pero no precio. Del ecologismo celebra la preocupación por el medio ambiente, ya que, en la estela de Burke, nadie tiene derecho a vivir como si mañana acabara todo. Lo propio hace con el liberalismo, el multiculturalismo, el internacionalismo… incluso con el socialismo, al que en buena lid le reconoce su noble aspiración a que los beneficios de la pertenencia social se extiendan a todos los ciudadanos. Sin embargo, como hiciera en Usos del pesimismo (Ariel), les critica por la ruina que producen al asumir la falacia de la suma cero y el resentimiento que propicia su paralizante concepción de la igualdad.

Con todo, lo que más frontalmente ataca del socialismo y lo que, a su vez, mejor define por defecto al conservadurismo, es su constante “tentación totalitaria” –Revel dixit–: la aspiración a diseñar la sociedad con escuadra y cartabón y a sustituir al hombre real por una abstracción que no existe sino en sus claustrofóbicas teorías. Porque el hombre es; es incluso antes de que los idealistas lo concibieran. Y así, cuando los iluminados se ponen manos a la obra, descubren que el hombre no les encaja. Así que lo fuerzan un poco, luego un poco más y, tras un último achuchón, les encaja finalmente, eso sí, a costa de haberlo destruido por el camino. Es como el poema “Contra utopía II” de Julio Martínez Mesanza: “ningún hombre en sus fábulas he visto,/ sólo un plan sin relieve y una vida/ sin amigos, caballos ni horizontes”.

Somos herederos, llega a decir Scruton, “de cosas excelentes y escasas”, cosas sagradas que, aunque no se entiendan del todo, o precisamente porque no se entienden del todo, deben ser mimadas. Y aquí vemos la humildad benéfica de quien, incansable en el estudio, sabe que jamás comprenderemos al hombre y al mundo con la nitidez suficiente para manipularlos como si fueran máquinas. Hay que ser muy cuidadoso para no tirar por la borda los “dominios de valor”, los tesoros sagrados que la sociedad espontáneamente construye cuando –qué alivio– el Estado no mira.

Tesoros como la religión, que amén de iluminar el cosmos incognoscible, otorga un necesario sentido de pertenencia, tan vilipendiado actualmente por quienes, desde dentro, agusanan nuestra cultura con la esperanza –no sé hasta qué punto consciente– de destruirse ellos mismos. También, desde luego, la familia, enemiga natural, afirma Scruton, de todo revolucionario. Y, por supuesto, la cultura, más concretamente la cultura de la belleza que, a través de tantos siglos de arte y reflexión, ha fijado un canon con aquellos que más cerca estuvieron de encontrar algo bueno, bello y verdadero. Sólo un alma enferma de mediocridad repudiaría los hallazgos culturales y artísticos de Occidente.

De este modo, Cómo ser conservador atina al señalar lo que merece conservarse y al advertir el origen de lo que le amenaza. Y ambas tareas las lleva a cabo desde el ardor de quien ama profundamente el mundo que compartimos. Su posición sería inexplicable sin un enamoramiento previo, sin un asentimiento a lo que dijo Dios cuando terminó de poner las cosas en su sitio. También sería inexplicable sin la conciencia clara de que, cuanto de bueno hubiera en el mundo ha crecido como el árbol, robusto pero parsimonioso, frondoso pero frágil. Quien así ama, no tiene más remedio que ser conservador. En definitiva, Scruton es de los nuestros o, si aún duda, léalo y no tardará en hacerse de los suyos.