Colaboracionistas

Una de las características de los separatismos españoles es que, al revés que los partidos «nacionales», actúan con visión histórica, encarnan un proyecto que tiene un fin. Durante el mandato de Jordi Pujol, por ejemplo, se inició una «larga marcha» hacia la independencia que sólo la incompetencia de Mas y de Puigdemont ha puesto en peligro. El control de la educación, de la prensa, de la lengua y de los factores esenciales de la sociabilidad, desde el deporte hasta las fiestas populares o la ópera, permitieron a Pujol y los suyos cambiar el rostro de la sociedad catalana, que de albergar unas simples aspiraciones autonomistas pasó a sostener un separatismo rabiosamente antiespañol. Sólo la corrupción inveterada de los convergentes, con el inevitable rosario de escándalos que iban a acabar con ellos en los tribunales, precipitaron el proceso gradual de evolución histórica y arruinaron momentáneamente al independentismo catalán, que tendrá que esperar unos años (no muchos) a otra oportunidad, ocasión que no le va a faltar gracias a los políticos de Madrid. Al tiempo.

El PNV, sin embargo, ha logrado consolidar un proyecto hegemónico mucho más sólido que el del separatismo catalán por varias razones. En primer lugar está la herencia de ETA, que implantó un «consenso del miedo» todavía evidente en el País Vasco y que ha beneficiado mucho más al PNV que a los herederos de Batasuna. Los vascos son conservadores y burgueses, sienten un respeto reverencial por el dinero y, pese a todas las exhibiciones de los matones marxistas, no les gustan ni las revoluciones ni los muertos, aunque sean «maketos».  ETA sirvió para amedrentar a una población típica de clase media, para silenciar a mucha gente que no quería la independencia y tampoco el comunismo. Todo ese estrato, la mayoría sociológica del País Vasco, encontró en el PNV un cómodo refugio: evitaba la violencia de ETA e impedía el dominio de la izquierda radical en los negocios.

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Como en Cataluña, los separatistas vascos controlan la sociedad, la lengua, el deporte, las expresiones culturales y los medios de comunicación.  Desde los nombres propios hasta los presupuestos de la Comunidad, nada escapa a la intervención de los «jeltzales». Al igual que sus socios mediterráneos, han impuesto una Historia «nacional» que roza el delirio, en lo que no se diferencian en nada de la Memoria «Histórica» del resto de España, pero que sirve para instilar una idea esencial en la mente de los vascos desde su más tierna infancia: el odio y el desprecio hacia todo lo que sea «español».  Basta con que el lector eche una ojeada al diario «Deia», por ejemplo, para que compruebe como sus columnistas escriben con una condescendencia  insultante acerca de todo lo que tenga que ver con España y, sobre todo, con su cultura y su historia. En la calle, la experiencia es mucho más simple: «español» es el peor insulto que uno puede recibir, un sambenito que excluye de la condición humana y de la comunidad popular a quien lo sufre. El vasco de a pie cree que al sur del Ebro habita una especie de neanderthal sanguinario del que conviene mantenerse apartado. La opinión de un separatista  acerca del resto de los españoles no se diferencia demasiado de la que tenía un alemán de 1938 acerca de los eslavos.  Y sí, no es un mito, los apellidos siguen importando.
Para que se haya llegado a esta situación, han hecho falta cuarenta años de claudicaciones y de cortedad de miras por parte de los políticos llamados «nacionales», tanto de la UCD, como del PSOE o del PP. En los pactos que formaron el régimen hoy vigente, quedó establecido que tanto Cataluña como el País Vasco «pertenecían» al nacionalismo, eran su coto privado. El papel de bisagra que, además, ejercen estas fuerzas antiespañolas en el Parlamento de Madrid, les permite obtener todo tipo de ventajas económicas, fiscales, educativas y hasta diplomáticas. Ningún exceso de los separatistas, sobre todo en el ámbito cultural y lingüístico, ha sido frenado, rectificado o abolido, pese a un buen número de sentencias de las que se ha hecho caso omiso. Las leyes del «Estado» ni se acatan ni se cumplen al otro lado del Ebro. Allí impera el privilegio: la igualdad de todos los españoles ante la ley y el tributo es una ficción que los presupuestos de las provincias forales desmienten en cada ejercicio. Paradójicamente, estos privilegios son el principal obstáculo para la independencia: se vive mucho mejor como español «de primera» que como euskaldún emancipado.
Hace ya bastante tiempo que la población vasca tiene la sensación engañosa de que ellos son los «fuertes» y que el «Estado español» es débil, corrupto y estúpido y de que está regido por un puñado de logreros, de irresponsables y de ignorantes, a los que sólo les interesa seguir un día más en la poltrona. Una muestra de esto la tenemos cuando escuchamos las arrogantes intervenciones de Aitor Esteban en el Parlamento, donde nos parece ver al señorito dando instrucciones a los manijeros de su cortijo sureño. No es que se engañen en esto, de hecho aciertan en su juicio sobre nuestras autoridades políticas, pero están muy equivocados con respecto a España, la nación que niegan y desprecian. El desafío separatista catalán despertó la conciencia nacional y demostró que, pese a los intentos de los partidos del régimen por sofocarla, va a ser un factor creciente a la hora de determinar la política general. Todo, hasta la oceánica paciencia española, tiene sus límites.
 Pero, dominadas las tres provincias vascas, el separatismo ha logrado expandirse por Navarra gracias a la colaboración inestimable de la izquierda. En los últimos años, y con el apoyo de partidos presuntamente «españoles», los abertzales, minoritarios en el antiguo reino, están convirtendo a la venerable Comunidad Foral en el granero de Euskalherria, en su fatídico «Lebensraum». El actual Gobierno Chivite, con abundante representación de separatistas en sus consejerías, es una muestra de esa mentalidad política de las izquierdas, que consideran que España, una nación antigua, de brillante herencia cultural y presencia en todo el mundo, es un concepto «amortizado» y que el futuro está en su negación. De ahí la evidente repugnancia de los dirigentes de Podemos a pronunciar su simple nombre.  En el PSOE la explicación es mucho más sencilla: Pamplona bien vale un akelarre. La sagrada poltrona ante todo.

Como en Baleares y en Valencia, la guerra lingüística y la imposición cultural son el primer paso hacia el «Anschluss». La izquierda, colaboracionista por vocación e interés, se satisface con colocar un «quisling» en Valencia o Pamplona, al que  supervisa siempre un «gauleiter» secesionista. Por otro lado, la sintonía ideológica de las izquierdas con el separatismo es evidente. Los esfuerzos de demolición cultural de España, de asunción colonial de todo tipo de leyendas negras y memorias «históricas» que perpetúen los peores estereotipos sobre nuestro país, forman tanta parte de su legado como del de los separatistas. Unos y otros tienen un mismo punto de vista: la Historia de España es un error. Lo que equivale a decir que su propia existencia nacional es una aberración. De ahí el afán por deconstruirnos, por aniquilar las señas de identidad característicamente españolas, que une a separatistas e izquierdistas. De ahí, también, la voluntad de disolución del Estado unitario, que se reflejó en rescate político de ETA por Zapatero o en la dominación del PSC y su hombre de paja, Sánchez, en el PSOE. No es sólo por oportunismo por lo que las izquierdas siempre se han unido a los separatistas: hay un fin común al que se pretende llegar por diversas vías, no necesariamente divergentes.