Bilderberg

Adoro a los conspiranoicos. Sigo de cerca sus teorías y las difundo en cuanto puedo, un poco por admiración a las acrobacias causales y un poco por confundir, que nunca está de más. Me fascina su racionalidad acendrada y lunática; también su tendencia a ver un guiño en cada parpadeo.

Sin embargo, no me los creo. O no del todo. Aplico algo parecido a la navaja de Ockham: no hace falta confabulación si para explicar lo que acontece bastan la estupidez y la incompetencia. Es lo que dijo Davignon, presidente honorario del Club Bilderberg: “Cuando la gente dice que este grupo es un gobierno secreto mundial, yo digo que si lo fuéramos, deberíamos estar avergonzados de nosotros mismos”.

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Y el Club Bilderberg es, junto con el delicioso terraplanismo, el tema predilecto de los actuales conspiranoicos. Se supone que el susodicho Club decide el destino del mundo en sus reuniones anuales. Y lo decidiría diga lo que diga Davignon, porque para ser un gobierno secreto, primero, hay que negar serlo, y segundo, que tus tejemanejes sean discretos, indetectables, indistinguibles del caos. Así, para los conspiranoicos, el que no parezca haber un gobierno mundial es una señal de que lo hay.

Sea como fuere, lo que se sabe seguro es que el Club Bilderberg existe y que su última reunión tuvo lugar la semana pasada, en Suiza. Los convocados por España fueron Pablo Casado, Inés Arrimadas, Ana Botín y Javier Monzón (presidente de PRISA). El poder político, el económico y el mediático. Nuestros cuatro fantásticos, junto con otros prebostes del mundo entero, echaron un fin de semana hablando de sus cosas y decidiendo, según los conspiranoicos, los derroteros del futuro.

Allí determinan dónde habrá guerra y dónde paz, qué ideas quedarán proscritas o qué nuevos pensamientos y anhelos nos serán inoculados. Fijan todos los detalles del teatro mundial para que los hombres reciten al dedillo cuando creen estar improvisando. Incluso quienes vamos por ahí de disidentes, quienes leemos a Gómez Dávila y lo único que sabemos de la televisión nos llega por el aliento de nuestros conciudadanos, también estaríamos previstos y pastoreados por los bilderberianos. Una oposición vistosa pero inofensiva.

Todo puede ser, pero no en esta última edición, eso está claro. Tal vez en años anteriores el Club Bilderberg lograra encauzar el futuro, pero en esta ocasión lo dudo porque no ha acudido quien de verdad anda cortando el bacalao. Los comprendo, tampoco yo la habría invitado. Un finde de oligarcas pierde mucho si hay una niña sueca desbocada por los pasillos, abroncando a todo el mundo. Así, para estar tranquilos, han perdido cualquier posibilidad de influencia. Si Greta Thunberg no estaba allí, aquello no ha sido más que una convivencia ligeramente masónica; quizás con sus ratitos de debate y sus ratitos de depravación, pero ¡bah!, nada a tener en cuenta.