Arde Europa

Como en el título de aquella legendaria novela de Larry Collins y Dominique Lapierre que fue éxito en la década del ’60, esta semana el mundo entero se preguntó “¿Arde París?”. En una versión arquitectónica y estética quizá más clásica y tradicional de lo que fue el sangriento atentado del 11 de septiembre de 2001, todos los hombres y mujeres de buena voluntad se espantaron ante las -nunca más preciso el término- dantescas imágenes del incendio en la Catedral de Nuestra Señora de París (para todos y en el original, Notre-Dame).

Construida entre 1163 y 1345, Nuestra Señora de París está profundamente enraizada en la cultura occidental: ya durante su construcción fue testigo de la quema en la hoguera de Jacques Bernard de Molay (1240-1314), último Gran Maestre de la Orden del Temple; albergó las coronaciones de Enrique VI de Inglaterra (1429) y Napoleón Bonaparte (1804), así como la beatificación de Santa Juana de Arco (1412-1431) en 1909. La catedral alcanzó la cúspide de la notoriedad cuando dio nombre a una novela clásica de Víctor Hugo (1802-1885) publicada en 1831 y llevada al cine en varias oportunidades. Obra clave del romanticismo francés del siglo XIX, “Nuestra Señora de París” narra las vicisitudes de la gitana Esmeralda, el jorobado Quasimodo y el archidiácono Claude Frollo. Hugo se preocupó por la decadencia de la catedral, despreciada por ser un ejemplo de estilo gótico y fomentó la preocupación por su estado y contribuyó a las sucesivas reformas edilicias atravesadas por el edificio. De algo sirvió: la catedral se ubicó, por derecho propio, entre los monumentos más visitados del mundo (unos trece millones de turistas, anualmente, recorren sus instalaciones) después de Times Square y el Central Park (ambos ubicados en Nueva York), la Acrópolis de Atenas y la Ciudad Prohibida de Pekín.

PUBLICIDAD

Casi destruida Nuestra Señora de París, no tardaron en suscitarse diversas reacciones de solidaridad hacia los franceses y hacia el mundo católico. En ese sentido se manifestaron el presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, su homólogo estadounidense Donald Trump, el mexicano Andrés Manuel López Obrador, el chileno Sebastián Piñera, el colombiano Iván Duque, el español Pedro Sánchez, la alemana Angela Merkel, el alcalde de Londres Sadiq Khan, la Casa Real española y siguen las firmas. Consecuentemente, al menos tres magnates franceses (François-Henri Pinault, Bernard Arnault y Patrick Poyanne) comprometieron ingentes cantidades de dinero para reconstruir la catedral.

Sin embargo, no todo es solidaridad. Las ya insoportables redes sociales reflejaron la burla y el escarnio de numerosas personas que, desde un mal entendido laicismo, priorizaron el hambre de los niños africanos o la situación de los damnificados por desastres naturales ante la tristeza por la destrucción de un edificio religioso.

En nuestro país y en una clásica muestra del complejo de inferioridad del pseudo intelectual español ante “lo europeo”, el periodista  y presentador Máximo Pradera lamentó que el incendio no hubiera tenido lugar en la madrileña Catedral de la Almudena; un comentario que no hubiera agradado a su bisabuelo Víctor (1872-1936; carlista y fundador del Partido Católico Tradicionalista) o su abuelo Rafael Sánchez Mazas (1894-1966; miembro fundador de Falange Española y creador del grito “¡Arriba España!”). A él se sumaron diversos coreutas del progresismo vernáculo que no llegan a comprender que con Nuestra Señora de París desaparece una parte fundamental de la cultura occidental, ya suficientemente acosada por las tensiones islamistas radicales e izquierdistas de todo signo.

Para concluir, vale la pena transcribir un párrafo en el que Víctor Hugo describe las sensaciones de Quasimodo (¿Y de los parisinos?) hacia el edificio: “(…) La catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma. Él nunca soñó que había otros setos que las vidrieras en continua floración; otra sombra que la del follaje de piedra siempre en ciernes, lleno de pájaros en los matorrales de los capiteles sajones; otras montañas que las colosales torres de la iglesia; u otros océanos que París rugiendo bajo sus pies”.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.