Andalucía bien vale una misa. O eso dicen

Muchos se las prometían muy felices. Creyeron que colocar al Vox en una posición de marginalidad, para hacerse con un botín andaluz oportunamente travestido de regeneración, era la tarea clave. Y la ley de violencia de género, que es el epitome de la corrección política, parecía el arma definitiva.

Sin embargo, lo que lograron fue exacerbar una reacción que iba más allá de Vox. Y se asustaron. De nada sirvió la campaña a favor de la ley de género de unos medios entregados a la causa y dependientes de los poderosos incentivos económicos que la propia ley, de manera astuta, proporciona. Las redes sociales, de nuevo, rompieron la cintura del vetusto modelo de control de la opinión pública. No solo permitieron que afloraran las críticas; también los datos, las cifras incontestables (¿no querían empirismo?, pues tomen dos tazas), los dineros, el clientelismo y los efectos adversos de una ley que es, sobre todo, un formidable aparato de control social.

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La estrategia de la Corrección Política

Les costó percatarse del error, porque su visión de túnel solo alcanza a la pieza del momento, en este caso, Andalucía. Pero hasta los más miopes son capaces de ver una ola venir si esta toma una altura suficiente como para tapar la luz del sol. Reconocieron que la ley no era perfecta, que podía mejorarse, pero que, no obstante, bien valía la pena sus excesos a cambio de “salvar a las mujeres”, aunque en realidad no parece salvar a demasiadas según los datos estadísticos (mujeres asesinadas: media antes de la ley 1999-2003: 58,4 / media después de la ley 2005-2018: 59,4).

Ese fue el segundo error: mostrar debilidad ante una opinión pública sublevada. La estrategia de la corrección política no admite titubeos. Esta regla de oro la conoce bien la izquierda dura, que la aplica a rajatabla, pero no los tecnócratas de todos los partidos. La CP no consiste en razonar ni debatir sino en arrogarse una superioridad moral con la que segregar a la sociedad en grupos buenos y malos, en víctimas y verdugos. Así pues, el Bien no admite matices; mucho menos defectos. Lo contrario significaría que los malos no son tan malos.

De la violencia de género al nacionalismo

Decía Alexander Pope que el que propaga una mentira no es consciente de la tarea que asume, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la primera. Y así es. Con el primer embuste a punto de estallar, se recurrió de nuevo al auxilio de los medios para ensanchar el terreno de juego, pero sin abandonar la corrección política. La ley de violencia de género dejó de ser el motivo principal del rechazo a Vox. El Bien tenía ahora otros temibles enemigos a los que combatir. Uno de ellos el «nacionalismo».

Resulta que no sólo es malo el nacionalismo secesionista, también lo es el sentimiento de identidad nacional. Según dicen, todo sentimiento nacional o patriótico deviene inevitablemente en la expresión de prejuicios lamentables. La soberanía nacional es un ideal obsoleto y peligroso que anima movimientos racistas y xenófobos.

No importa si esa identidad emana de una nación legítimamente constituida, mediante un largo proceso del que ningún nombre propio, grupo de prohombres o, incluso, una generación completa es titular; no importa si proviene de naciones creadas de manera súbita y artificial, como es el caso de Alemania e Italia, que, curiosamente, alumbraron el nazismo y el fascismo; tampoco importa si esa identidad surge del artificio catalán, que ha dado a luz a un neofascismo. La nación, sea real o artificial, legítima o ilegítima, es en todos lo casos un mal que hay que erradicar.

El objetivo es evidente. Si la nación se desvirtúa, también se desvirtúa el concepto de ciudadanía. Así, la eliminación de las fronteras implica eliminar los derechos especiales de los ciudadanos. De esta forma, las personas quedan a merced de un orden transnacional que, en la práctica, carece de controles efectivos.

Andalucía o los principios

Lamentablemente, todos estos debates han resultado ser demasiado grandes, demasiado trascendentes para una España política nada acostumbrada a los grandes retos. Es cierto que a veces resulta difícil saber qué camino debemos tomar, incluso puede ocurrir que no tengamos ni idea. Cuando esto sucede, alguien dijo que lo mejor que se puede hacer es fijarse en los nombres propios de los que nos aconsejan. Si aplicamos este sencillo método, comprobaremos que la mayoría de los que han defendido tomar Andalucía a toda costa tienen serios conflictos de intereses.

En un modelo partitocrático lo lógico es que muchos analistas e informadores sean agentes de los partidos y, en consecuencia, representen sus propios intereses. De hecho, durante décadas hemos vivido situaciones límite para cuya resolución se han impuesto los consejos de los mismos agentes. Y la pregunta es ¿ha valido la pena? Porque quizá la cuestión no era si se debía sacrificar Andalucía por un puñado de principios, sino si tenía sentido seguir sacrificándolo todo para mantener el statu quo.

Puede que a muchas personas honradas todo esto les haya parecido un despropósito o tal vez un drama con un final ya escrito. Y puede que tengan razón, porque los sucesos políticos auténticos se desencadenan donde y cuando menos se espera. La revolución americana tuvo lugar por la subida de los impuestos del té y la Gran guerra, por el asesinato de un tipo encantador al que solo temían los venados (había cazado más de 5.000). Y es que el destino es caprichoso… y no tiene por costumbre ofrecer segundas oportunidades.