Afinidades insólitas

No hace tanto, en un homenaje a Cernuda en una librería sevillana, lamentablemente desaparecida, fui invitado a hacer una lectura poética y no se me ocurrió otra cosa mejor que, en lugar de leer versos míos, hacer una lectura sobre el tema de España en la poesía española contemporánea, que naturalmente inicié con lo que el poeta conmemorado dejó escrito en sus Variaciones de tema mexicano, y proseguí sobre la falsilla de una antología sobre el tema publicada en los años 60 por José Luis Cano en la Revista de Occidente.  El estupor fue general. Aquello de apoyarme para elogiar a España, no ya en Pemán, Rosales o Muñoz Rojas, sino en Alberti, en Hernández, en Vallejo, en Blas de Otero o en Max Aub era literalmente inaudito Al despedirme después de la copa que se sirvió y darle las gracias por su hospitalidad a la dueña de la librería, esposa del heraldo de la pazada por la izquierda, me dijo: “Pues he estado a punto mientras leías de poner un disco con La Internacional.” A lo que le contesté: “Menos mal que no lo hiciste, porque entonces yo habría cantado el Cara al sol”.

Hace menos, coincidí con la pareja en un acto público con una invitada de lujo, la malagueña Elvira Roca Barea, que se abrió con una conferencia de él, francamente buena y sobre todo patriótica en el sentido de mi lectura en la librería, aunque al final sacara a relucir el martinete de las “dos Españas” y los tópicos del Machado de “la sombra de Caín”, “la rabia y la idea” y “el hacha vengadora”, con alusiones a la “España inquisitorial” que me hacían pensar que no se había enterado del todo de lo que dice en su gran libro Elvira Roca, a la que ambos tributamos una admiración no menor de la que también tributamos a Machado.

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Precisamente una de nuestras primeras coincidencias se produjo en los inicios del régimen actual cuando resurgió el “demonio familiar” del “furor necrófilo”, que por cierto Azaña denunciara también en su estudio sobre Ganivet, cuando se dio en hablar de repatriar los restos del poeta muerto en Colliure. Por supuesto, cada cual tenía sus motivos para sostener esa misma conclusión, conclusión por cierto que es la misma por la que ahora coincidimos, por motivos opuestos también, en oponernos a la exhumación de Cuelgamuros.

En la campaña del referéndum sobre la Constitución, fue su razonamiento el más convincente en mi opinión, pues era el único que no mentía al decir que la Constitución era la Constitución de la ruptura. De ahí que yo pidiera el voto negativo y, si no lo ejercí, fue por hallarme en aquellas fechas fuera de España. Puede que la palabra ruptura la entendiéramos cada uno a su manera, pues si para él era sencillamente la ruptura con la “dictadura” de la que la democracia procedía “sin traumas”, para mí era la ruptura de la nación en reinos de taifas o señoríos feudales, entre otros vicios ocultos que con el tiempo dejarían de serlo.  

Yo creo que cuando las personas dicen honradamente lo que piensan, acaban, si no por entenderse, al menos por respetarse, y si esto fuera general, la democracia sería una delicia y el sufragio general una bendición.  Por desgracia, los acontecimientos han ido dando más bien razón a los recelosos que a los ilusos. Yo me acuso de pertenecer a los primeros, pero el tener razón no me consuela en absoluto. Para mí la democracia es un expediente de gobierno como lo puede ser la dictadura y, como estoy harto de decir y repetir, hay democracias buenas y democracias malas como hay dictaduras malas y dictaduras buenas. Algo de eso ha venido a decir la persona a la que me refiero al referirse a la cuestión de Venezuela y poner como ejemplo de unas y otras a la de Maduro y a la de Pinochet, aclarando que ambas son igual de horribles, pero la del último eficaz por lo menos. Un amigo ya fallecido, marxista-leninista del FLP, me decía hace años en Nueva York: “¡No me irás tú también a comparar a Fidel con Pinochet!” “¡Por supuesto que no! – le repliqué – “Pinochet puso Chile a flote en poco tiempo y Fidel ha hecho de Cuba un erial.”

Y es que, como también estoy harto de decir, la diferencia entre las dictaduras malas y las buenas estriba en que las malas tienen buena prensa.