Actualidad en la memoria

El percance, por así decir, de Viard, ocurrió en el año de 2011, pero hasta ahora no ha llegado a mi conocimiento y es justamente cuando tomaba nota de cómo la “crispación” y la “tensión” de la vida pública.

No hace mucho vino a verme con objeto de hacerme una entrevista para su excelente revista Tierras taurinas el matador de toros bravos francés André Viard. André Viard no sólo fue matador de toros, sino que es antiabortista militante y, para que el cuadro esté completo, al producirse el atentado contra el semanario Charlie-Hebdo, auténtico torchon, dicho sea en la lengua de Molière, que por arremeter contra todo arremetía contra la tauromaquia, tuvo el valor de proclamar Je ne suis pas Charlie! Después de entrevistarme, Viard marchó a Puebla del Río, donde tenía proyectado un documental sobre Morante de la Puebla. Con Morante de la Puebla coincidí en el mitin de clausura de campaña de VOX, donde tuve la satisfacción de darle un abrazo a Ortega Lara, que hizo un discurso superior, en el que bajó de los orígenes y raíces de la civilización europea a la mención de los valores traicionados en nuestra patria por quienes se suponía que los iban a defender. Ortega Lara se pasó cerca de dos años hecho un cuatro en un zulo de las Vascongadas, del que salió vivo de milagro. En un primer momento el Ministro del Interior, que creo que era Mayor Oreja, quiso abrir al público el zulo a la “ciudadanía”, pero hubo contraorden debida seguramente a que, como ya se había dicho en ocasiones parecidas, con ello “se perturbaba la gobernabilidad del País Vasco”. A André Viard no lo enterraron vivo, pero poco faltó para que lo quemaran vivo junto con su familia cuando un colectivo animalista, y antitaurino, prendió fuego a su vivienda. Nada tendría de particular que muchos de los que ahora quieren meter a VOX en un “cordón sanitario” se hayan desgañitado en su día gritando Moi aussi je suis Charlie!  

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El percance, por así decir, de Viard, ocurrió en el año de 2011, pero hasta ahora no ha llegado a mi conocimiento y es justamente cuando tomaba nota de cómo la “crispación” y la “tensión” de la vida pública, razón de ser de los partidos políticos, ha ido pasando de la lucha de clases a la lucha de sexos, de ésta a la lucha de géneros y por último a la lucha de especies. Ya en tiempos del “régimen anterior” había publicistas, como Umbral por ejemplo, que reivindicaban el odio para reactivar la vida pública, es decir, la vida política, pues no bastaba con los antagonismos entre clubs de fútbol o entre cofradías de penitencia…por no hablar del odium filologicum entre científicos o investigadores. Fue René Girard quien mejor diagnosticó ese odio con su teoría del mimetismo, del que los hombres de letras no estamos ni mucho menos exentos, o de la envidia igualitaria, motor de tantas revoluciones.  

Mientras el hombre esté sobre la tierra habrá revoluciones y habrá guerras y habrá maremotos y terremotos y eclipses de sol y cornadas mortales y crímenes pasionales y gracias a ello pueden ganarse la vida los que lo reflejan en sus crónicas. De un escritor andaluz, que cultivó por igual y con pareja fortuna la novela y el periodismo, decía un amigo suyo: “A José de las Cuevas le pasan todos los días cosas extraordinarias, y si no le pasan se las inventa”. Eso nos pasa a los plumíferos en general, a los que no sabemos hacer otra cosa que juntar letras; lo que pasa es que unos lo ven todo maravilloso y milagroso y otros lo ven todo negro y siniestro, y eso no es lo peor, sino que confunden la realidad con el deseo. Eso es lo que yo haría si me metiera a decirles lo que tienen que hacer los profesionales de la política, y por eso me limito a tirar de la memoria, que es, según dicen, la inteligencia de los tontos. Esa memoria es en mi caso la de un elefante en que cabalga uno de los tres Reyes Magos, bajo cuya estrella nací. Es desde luego más amena que esas discusiones de los parlamentos o las salas de redacción en las que se pretende construir un caballo y se acaba por producir un camello. Un camello, o más bien un dromedario, es la vigente Constitución, y su joroba es el Título VIII, que tiene todas las trazas de un tumor canceroso.  

Cada uno hace lo que sabe y expresa lo que observa. Ramón Gómez de la Serna viajó al Madrid “franquista” desde Buenos Aires, donde residía desde que logró salir del Madrid rojo, y los del periódico Arriba le ofrecieron sus páginas. Ramón, ya en Buenos Aires de vuelta, se puso a mandarles greguerías, que eran su especialidad. Al cabo de un tiempo, los de Arriba le dijeron que las greguerías estaban muy bien, pero por qué no les mandaba otra cosa, y él contestó a vuelta de correo: “Greguerías hasta la muerte”.