Abascal en la tele

A pesar de que Gran Hermano había prometido un festín morboso entre famosos de cuarta fila, la entrevista de Pablo Motos a Santiago Abascal consiguió casi un 24 por ciento de cuota de pantalla. Antena 3 asegura que se trata del tercer programa más visto de la historia del Hormiguero, sólo superado por la Pantoja y Bertín Osborne. Creó expectación el ostracismo al que Vox estaba condenado y el intento fallido de boicot por parte de los demócratas intermitentes.

Entre los españoles que hubo frente al televisor, podríamos diferenciar tres grupos. 1. Los que votan a Vox. Éstos estaban con el culo apretado, rezando para que Abascal sobreviviera a la presumible encerrona. 2. Los que no votan a Vox pero creen que, en realidad, deberían hacerlo. Ahora bien, como no quieren dejar de ser tan razonables, se tiraron todo el programa rogando al cielo que Abascal dijera alguna brutalidad que les permitiera seguir votando al PP o a Ciudadanos. 3. La mayoría, los que esperaban que Pablo Motos acorralara a Abascal hasta el punto de que el presidente de Vox abandonara el plató con el brazo levantado y haciendo el paso de la oca.

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Estos últimos se decepcionaron pronto, sobre todo por el papel del presentador. Supondría que todo lo que no fuera saludarle con un escupitajo resultaría colaboracionista. Además Pablo Motos parecía incómodo, como con ganas de apretar las tuercas pero sin atreverse o sin encontrar el hueco. Tal vez lamentándose de que se estuviera escapando con vida aquél para cuya cabeza ya había hecho hueco en la pared del salón. Sea como fuere, lo cierto es que el programa resultó tenso y que el entrevistado, el entrevistador, los colaboradores… hasta las hormigas estaban deseando que aquello acabase.

Y ahora que ha acabado, se puede decir que a Abascal no le ha ido mal. De todas formas era muy difícil lo contrario. A un partido político del que sólo se conoce su caricatura y cuyo programa tiene más críticos que lectores, los platós nunca le perjudicarán. Tanto han adornado a su hombre de paja, que todo lo que no sea entrar pegando tiros o disfrazado de templario hará que Abascal parezca un moderado. Y quizás de ahí venga el rechazo de la progresía a que se le ponga a la gente de Vox frente a las cámaras y los micrófonos, el miedo a que puedan hablar en igualdad de condiciones sin que el presentador de turno subtitule, corte y pegue o nos diga dónde mirar. Lo que temían no era que se blanqueara a Santiago Abascal, sino que se le conociera.