A vueltas con el populismo

Project Syndicate, un proyecto en donde líderes y expertos mundiales publican sus análisis y opiniones, financiado por la Fundación de Bill Gates, ha sacado recientemente un monográfico llamado “Why Populism” en el que reputados asesores y académicos intentan teorizar sobre cómo combatir y vencer al populismo. Y, pese al sesgo de la publicación, algunos de los autores aciertan en definir el fenómeno y otros lo hacen buscando las explicaciones del mismo. 

No obstante, para tener la foto completa, debemos hacer un pequeño repaso al término, a su naturaleza y a su uso. 

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Populismo es un concepto que se utilizó por primera vez en 1892 para bautizar al partido agrario de los EE. UU., el “Partido del Pueblo”. También, a Andrew Jackson lo han calificado como el primer presidente populista de los EE UU.

En 1954, el sociólogo norteamericano propuso el término Edward Shils propuso el término populismo para describir a las tendencias anti-élites en los EE. UU. En 1967, la London School of Economics celebró una Conferencia sobre Populismo, pero los asistentes no fueron capaces de ponerse de acuerdo para adoptar una definición consensuada y única. 

Relegado a los estudios académicos, el término tuvo especial importancia a finales de los noventa cuando la ola chavista empezó a extenderse por América Latina

Después de la crisis financiera de 2008, concretamente unos años más tarde, cuando los ciudadanos verificaron que los partidos políticos y las élites tradicionales no pudieron aplicar soluciones efectivas a semejante hecatombe económica -precisamente provocada por esas élites que tuvieron a bien apostar con el futuro de los ciudadanos en el casino financiero; nota: no dejar de ver Generation Zero de Steve Bannon– , el concepto volvió a resurgir gracias al protagonismo emergente de los partidos de extrema izquierda y de extrema derecha (coincidentes en mucho más de lo que les separa) y a las grandes masas de votantes que empezaron a atraer; que no sólo eran descontentos y olvidados por la globalización, también eran jóvenes y futuros electores. 

Generalmente con postulados estatistas (Podemos y Frente Nacional como ejemplos) estos partidos no ofrecían nada nuevo, si no fórmulas ya conocidas con distintos nombres (democratización de la economía, o la recuperación de la nación ante las multinacionales) y, sobre todo, denunciaban algo que la menguante clase media y las clases populares veían cada vez de forma más nítida: mientras el grueso de los ciudadanos normales pagaba la peor parte de la crisis, los políticos alejados del pueblo y las élites se protegían y se iban de rositas. 

Sin embargo, el momento estelar del término, llegó en 2016, cuando los ingleses deciden irse de la UE y Donald Trump gana las elecciones presidenciales. Entonces, populismo ya no sólo era una postura anti-globalización, también era hablar descarnadamente y llevar una confrontación abierta con medios hostiles. 

Pero, ¿qué es el populismo? Fukuyama, errado en su Fin de la Historia, como ya vimos, acertó en su definición: es la etiqueta que usan las élites y el establishment para definir a movimientos políticos que desconocen o con los que no están de acuerdo

Lo que une a todos estos “populismos”, en principio y en todo caso, es la construcción de dos sujetos políticos bien diferenciados: los de “arriba” y los de “abajo”, las “élites” y “el pueblo”, los “globalistas” y las “naciones”. 

Pero hay otro denominador común que une a las fuerzas denominadas populistas, más allá de sus construcciones subjetivas: la desafección para con las organizaciones políticas tradicionales, centradas en obtener el poder o en mantenerlo y en extender los tentáculos de las administraciones para colocar amigos y hacer favores. Este desencanto es creciente, y no es para menos. Así describía, Jean Claude Juncker, la toma de decisiones en el Consejo Europeo: “Decretamos algo, luego lo flotamos y esperamos un tiempo para ver qué sucede. Si no se produce ningún clamor … porque la mayoría de las personas no comprenden lo que se había decidido, continuamos, paso a paso, hasta que se alcanza el punto de no retorno.” 

Y este es el mayor riesgo que existe para la democracia, como bien apuntó Maquiavelo en el Príncipe: cuando la ciudadanía percibe que la élite ha secuestrado en la democracia, deja de creer en ella. 

Más allá de estas aclaraciones, el populismo es un recordatorio desgarrador para los partidos políticos tradicionales y para las élites extractivas de lo que ocurre cuando se encierran en sus torres de marfil y se olvidan de los ciudadanos de a pie.