28-A: Una cita con la Historia

Pocas cosas suelen ser fruto de la simple casualidad, pero en la política, dominada por un régimen de publicidad donde la razón ha dejado paso a la representación, además de no ser casuales, suelen responder a manipulaciones deliberadas. Podría decirse que si la realidad no me sonríe, la solución pasa por fabricar una nueva. Y a eso es precisamente a lo que apunta la escenificación que el Gobierno de Sánchez y los partidos separatistas han hecho en las últimas semanas. Unos, para presentarse como la opción moderada que no cedió ni ante la derecha ni ante el separatismo. Los otros para, una vez más, poder hacer aquello que mejor se les da, presentarse como víctimas ante su electorado de la intransigencia de Madrid. Primero anunciaron la aceptación por parte del Gobierno de la figura de un mediador y una mesa de partidos al margen de todo parlamento. Después filtraron las 21 condiciones impuestas por Torra, cuya aceptación a ser negociadas sitúa a cualquier Gobierno que así actúe en la más absoluta de las indignidades, en la más deleznable infamia, pues abiertamente plantea la liquidación de la soberanía nacional y de las instituciones españolas, además de exigir la impunidad para el golpismo catalán. Y para rematar, presentaron unos presupuestos generales cuyo éxito en la tramitación estaba condicionado por el separatismo a la aceptación de todas sus demandas. La foto de la gran manifestación del 10-F en Madrid fue la guinda del pastel, la prueba gráfica que necesitaba Sánchez para plantear las Generales como un plebiscito, tan falso como su impulsor, entre democracia o fascismo.

Y es que, en contra de lo que pueda parecer, había prisa en Moncloa por convocar elecciones. El analista menos avispado podría concluir fácilmente que cualquier elección posterior al 26-M la tenía el PSOE absolutamente perdida. Primero, por el efecto arrastre que el derrumbe del poder local socialista iba a tener en las elecciones inmediatamente venideras. Segundo, porque quedaría demostrada la extraordinaria estafa de un CIS cocinado para vender una solidez del PSOE que no es tal. Y tercero, por el enorme desgaste al que se exponía Sánchez al no poder cumplir con las demandas de sus socios separatistas, no olvidemos, los que le llevaron a Moncloa. Porque negociar la autodeterminación, o conceder hipotéticos indultos o amnistías, con cinco citas electorales en 12 meses, es un suicidio político que Sánchez no iba a cometer ni el PSOE iba a consentir, pero con cuatro años por delante sin una sola convocatoria electoral el escenario cambia radicalmente.

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Es por ello que no debemos caer en el error de pensar que el adelanto electoral responde al desencuentro entre el PSOE y el separatismo. Y mucho menos debemos menospreciar el movimiento de Sánchez creyendo que solamente responde a haberse visto obligado a ello. Con Ciudadanos, a pesar de su falta de credibilidad, negando a Sánchez cada día, y siendo más fantasioso que una quimera el imaginar al PP o a VOX pactando con el PSOE, la pregunta es sencilla, ¿por qué entonces convoca elecciones? Apenas 24 horas después de anunciar la convocatoria, era el propio Sánchez el que daba respuesta, despachándose en Sevilla con una declaración de intenciones tan inquietante como reveladora. “El cordón sanitario lo van a quitar los españoles el 28-A dándonos una mayoría rotunda”. ¿A quién se refiere Sánchez? Porque ni el Tezanos más optimista augura una amplia mayoría del PSOE. Se refiere Sánchez a reeditar el gobierno con los separatistas y Podemos. Lo que teníamos, pero multiplicado por 4 años. Y es que Sánchez ha decidido jugarse su futuro a recibir un cheque en blanco de los electores para avanzar con su programa de acuerdos con Torra. Como siempre, con engaños, embustes y mentiras, mostrándose como una opción moderada que no es tal y planteando un falso dilema entre democracia y fascismo, que en realidad es otro tan trascendental como Constitución y unidad o ruptura e impunidad. Por eso, lo que el 28-A está en juego no es un Gobierno, ni una consolidación partidista, sino la existencia misma de España tal y como la conocemos.

Pedro Sánchez, haciendo gala de lo que mejor le caracteriza, el cinismo, la mentira, la felonía y el personalismo autocrático, ha puesto las instituciones al servicio de sus intereses personales, y ha manejado los tiempos para dibujar un escenario en el que sabe que tiene una posibilidad de salir victorioso. Moral y éticamente deleznable, pero, insisto, qué es eso para quien ha hecho de la mentira y la falta de escrúpulos un estilo de vida, su seña de identidad. La cruda realidad es que, si le sale bien, y puede salirle bien, habrá convertido un año de inestabilidad en Moncloa en 4 años de tensa calma, propiciada por la continuación de los pactos con los comunistas y separatistas, trabajando todos al unísono para cumplir con el sueño platónico que arrastra una izquierda enferma desde hace 100 años, la destrucción de España. En otras palabras, el peor de los escenarios posibles.

Y es precisamente esto lo que convierte al momento en histórico, por peligroso y de no retorno. Desalojar al PSOE y a todos sus socios es una cuestión de Estado, de extrema necesidad. Por ello en la derecha no puede caber otra estrategia distinta a aquella que tenga como resultado final un número, el 176, el número que representa la mayoría absoluta. Un objetivo que se ve comprometido por la construcción del falso relato socialista y por la extrema debilidad que está mostrando Ciudadanos, derivada de los continuos cambios de opinión que su sometimiento a dictados extranjeros provocan y a sus irresponsables llamadas a cordones sanitarios contra una fuerza política como VOX que, si por algo se destaca, es por su firme y férrea defensa de la ley y de la unidad de España.

Precisamente VOX, desde su responsabilidad y sentido de Estado, sobradamente demostrado en las innumerables ocasiones que ha puesto los intereses de España por delante de los suyos propios, sí ha demostrado tenerlo claro. Está por ver si el PP y, especialmente Ciudadanos, también lo entienden así. Porque el 28-A, insisto, no hay otra salida posible. El 28-A la España viva, como bien dijo Santiago Abascal, tiene que reconquistar su futuro.