Autocasamiento

Apareció en los telediarios y ahora ha vuelto a salir en uno de los reportajes sobre lo bizarro que hace Samanta Villar: mujeres que, con toda la parafernalia, se casan consigo mismas. En este caso fue Bilbao y, aunque está abierto a los dos sexos, ningún hombre ha decido aún dar el paso. Una de las entrevistadas aventuró que es así porque el varón está, por defecto, casado consigo mismo. Poco, o mejor dicho nada, nos dura entonces la tan celebrada soltería.

Organizan unos cursillos prematrimoniales donde las casamenteras intentan conectar consigo mismas y, (textual) “si surge el amor verdadero”, acaban comprometiéndose. Da que pensar todas aquellas mujeres cuyo autonoviazgo se truncó, aquellas a las que el amor se les derrumbó antes de llegar al altar y que se ven forzadas, ya por siempre, a toparse con sus ex en todos los espejos.

PUBLICIDAD

Pero no pensemos en ello, lo que nos interesa ahora son quienes descubrieron estar hasta tal punto enamoradas de sí mismas, que, sin tampoco demasiada intriga, acabaron por declararse. Fijémonos en una de ellas. Hincaría la rodilla para, una vez formulada la propuesta, levantarse, ponerse en frente de donde estaba, taparse el tardío gritito de sorpresa y decir que sí, que claro. Una vez se hubiera abrazado emocionada, quizás se confiese que había empezado a albergar dudas, que había llegado a creer que nunca se lo pediría. “No seas tonta; tú, mejor que nadie, sabías que lo estaba deseando”.

Y eligió con cuidado un vestido que no tenía más remedio que dar mala suerte. Y, llegado el día, fue a la peluquera y se maquilló con la seguridad de dar con el gusto de su cónyuge. Y todo fue jolgorio y empoderarse en el casamiento; salvo por un breve desajuste cuando la concejala dio la venia para que besara a la novia: hizo un amago infructuoso para descubrir que los besos, los de verdad, los que impactan donde deben, no se pueden dar a uno mismo. Para salir del aprieto, optó por besarse las manos como anuncio de una noche de bodas en la que se entregaría, sin el temblor y la incertidumbre que embellecen a la novia, al erotismo centrípeto.

Hasta aquí todo bien, todo muy bonito. Pero, aunque no quisiera ser profeta de calamidad, ¿qué pasaría si la cosa no cuajara? ¿Qué si, apagados los ardores del casamiento, flácido y apestando a naftalina el traje de novia en su percha, el amor se acabara? Porque lo único que te permite aceptar la miseria del otro es saber que tu miseria es mayor. Pero si ambos cónyuges, por el hecho innegable de ser la misma persona, son igualmente miserables y de la misma manera, ¿cómo podría la cosa prosperar? Si dos personas parecidas tienen una difícil convivencia, ¿cómo se mantendrá una pareja formada por alguien idéntico a sí mismo? No, no tiene mucho futuro. Y al final pagarán sus allegados; también sus hijos si a base de centripetismos los concibiera.

Pero bueno, quizás no sea para tanto. Ellas mismas aseguran que es una formalidad sin eco legal. Un símbolo, dicen; y bien está, aunque probablemente haya formas más cabales, incluso menos paródicas, de simbolizar que están decididas a dejar de despreciarse.