Tranquilo, el progresismo te cuida

¿Hasta cuándo resistirá el “¡Cuidado, que viene el lobo!” que entonan los juglares de la izquierda?

La sabiduría popular le atribuye a Francisco Franco el siguiente diagnóstico acerca de sus compatriotas: “Los españoles son como niños”. Similar opinión parece tener el progresismo vernáculo, en vista del revuelo mediático sobrevenido a partir de la “entrevista” al líder de Vox, Santiago Abascal, publicada en el diario El País (antaño “diario independiente de la mañana” y actual “periódico global”) el 4 de octubre pasado. En un texto construido en torno a cinco preguntas escuetas, el periodista Manuel Jabois traza un panorama inquietante y poco alentador en torno al lanzamiento nacional de Vox y sus propuestas electorales. Aunque a lo largo de los párrafos no se desarrollan claramente las iniciativas diseñadas por Abascal y su equipo, Jabois concluye -tajante- que, en caso de que Vox ingresara al Congreso (las encuestas le atribuyen, como mínimo, un escaño) estaríamos ante la ejecución “de las políticas que ya amenazan los valores democráticos en países como Hungría, Francia o Italia”.

Un Palacio de Vistalegre abarrotado y algunas portadas periodísticas después, el asunto merece algunos comentarios.

El paulatino crecimiento de Vox como opción ideológica -que sucede sin prisa, pero sin pausa- comienza a levantar ampollas en grandes sectores del progresismo político. No estamos ante un espectáculo novedoso. Similares reacciones provocó la consolidación electoral de Donald Trump, Alternativa por Alemania, la Unión Cívica Húngara, el Partido por la Libertad holandés, el Partido Social Brasileño y siguen las firmas. Aunque existe un cerco mediático en torno a esta clase de partidos, cuando su presencia es ya insoslayable surgen infinidad de editoriales, columnas de opinión, paneles televisivos y demás resortes del periodismo tradicional que vaticinan el regreso del fascismo, el auge de la intolerancia y la supremacía racial. El progresismo asume así -una vez más- el papel de preceptor y se arroga el derecho de decidir quién es el bueno y quién es el malo, quién es el villano y quién es el héroe. Valga como ejemplo anecdótico la fotografía elegida por El País para ilustrar la citada entrevista a Santiago Abascal: una imagen de manifestantes que portan banderas franquistas que fue retirada luego de un breve escándalo en las redes sociales.

Ante sucesos como estos se espanta el filósofo francoargelino Sami Naïr (ex asesor de Lionel Jospin, primer ministro socialista entre 1997 y 2002) quien, en su clásica columna (también para El País), clama al cielo: “¡La izquierda reaccionaria existe!”. Lo que Naïr describe, con tono apocalípticamente agorero y utilizando una expresión acuñada por el historiador Horacio Vázquez-Rial, es un escoramiento de la izquierda hacia posturas presuntamente impensables en su origen. Sin embargo, el columnista no tiene en cuenta que, desde la caída del Muro de Berlín, la izquierda posmarxista apoyó causas extrañas al sentimiento de sus bases obreras (el globalismo, el ecologismo, el apoyo a teocracias como Irán), provocando así un trasvase de votos y apoyos a opciones del llamado “populismo de derechas”. Este último sector, eficaz perceptor de los reclamos populares, comienza a aparecer como una opción viable para ciudadanos que jamás se hubieran inclinado por ese sector del espectro político. La corrupción, la inseguridad y el distanciamiento de las necesidades ciudadanas hicieron el resto. Evidentemente, la “partitocracia” (por usar un término del filósofo Gustavo Bueno) fracasó. De aquellos polvos, estos lodos.

Ante un “sistema” de toda la vida que se muestra incapaz de resolver los problemas básicos de la ciudadanía, se hace patente que la inmensa mayoría de los partidos políticos clásicos decepcionó a sus votantes tradicionales. El cóctel resultante es explosivo y sólo queda un interrogante: ¿Hasta cuándo resistirá el “¡Cuidado, que viene el lobo!” que entonan los juglares de la izquierda?

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.