Ni soy Laura ni soy su asesino

Es difícil gestionar la cantidad de frikis e imbéciles que aparecen cada vez que explota un tema en los medios y se hace viral.

Las feminazis han encontrado en la muerte de Laura un tema para reforzar su discurso, y sobre todo para tranquilizar su conciencia, no debe ser fácil vivir de criminalizar al varón. Todos tenemos padre, hermanos, hijos, amigos…

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Y en una muestra de falta total de tacto y delicadeza, han utilizado la muerte de Laura como arma arrojadiza contra quienes están en sus antípodas políticas.

Les importa un rábano Laura, y menos aún su familia. Pero es para ellas un instrumento muy valioso para mantener abierto el chiringuito.

Lo único que les importa es ver de qué modo sacan partido de esta tragedia, y se olvidan de algo mucho más importante: es posible saber el valor que se da a una vida en un país, en función del castigo que se aplica a quien la arrebata a otro.

Es muy significativo que el asesino confeso haya cometido dos asesinatos, el segundo después de pasar por la cárcel unos añitos. Y la muerte de Laura no es otra cosa que la demostración de que su vida, por mucho que se diga lo contrario y salgan a defenderla, parece no tener demasiado valor.

En España su vida vale unos pocos años de cárcel para el psicópata que se la arrebata, y así es cómo le arrebatamos valor a la vida, y así es cómo uno descubre que decir todos somos Laura es una gilipollez. Lamentamos las consecuencias pero ponemos alfombra roja a las causas. Todo somos Laura pero nos parece fatal que la ley condene a su asesino a estar en la cárcel hasta que ya no se aguante los pedos.

Nadie es Laura más que ella, y la han asesinado. Y mientras a la vida le demos tan poco valor, unos pocos años de cárcel, seguirá habiendo muchas Lauras, Antonios, Pedros y Marías.