Madrigal al piropo

Eugenio d’Ors definió el piropo como “madrigal de urgencia”, y lo clavó.

“¿Querrías hablar a favor de los pobres piropos, tan vilipendiados?”, me propusieron. Hesité. En principio, los piropos no me gustan por innecesarios, no porque no los piense. No los digo, timidez aparte, por odio a la redundancia. No hace falta recordarle a voz en grito a una chica guapa que lo es. Salta a la vista y ella lo sabe. Valdría más dedicárselos con entusiasmo a las menos guapas para subirles la autoestima, pero en cuanto me fijo, las veo también preciosas. Además, está la paradoja de la autoestima. Si es “autoestima”, cómo voy a subirla yo: sería “exoestima”.

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Despliego —cargado de razón, pagado de mi modernidad, vanidoso de mi sensibilidad contemporánea— mis adornados argumentos a mi mujer, que me corta: “Pero se agradece”. Quedo desconcertado. Si hasta ella, que debería andar con la autoestima por las nubes y tiene un toque progre, valora un piropo de vez en cuando, yo debo estar en las nubes. Se impone una reflexión.

Acude en mi ayuda el director general de tráfico, citado por Berta G. de Vega, una de las periodistas más sugerentes y despiertas del panorama, si se me permite el piropo. El responsable de Tráfico descarta subir las multas porque a los ricos les da igual más que menos y a las rentas medias y bajas las destroza. Con las multas a los piropos pasaría exactamente lo mismo. A los que tenemos más recursos lingüísticos siempre nos quedará la poesía, la tenue sugerencia con mucho mar de fondo, unos rumbosos y sutiles puntos suspensivos, como un piropo en morse escrito con los ojos y la boca abierta… La exclamación callejera es el último recurso expresivo, pero, precisamente por eso, no deberíamos prohibirlo tan a la ligera.

Naturalmente Gutierre de Cetina no tuvo que recurrir a la frase repentina para requebrar a nadie:

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.

Este es el tipo de piropo que a mí me gusta, pero no siempre puede ser. Eugenio d’Ors definió el piropo como “madrigal de urgencia”, y lo clavó. Un piropo es el mal menor del soneto que uno escribiría si tuviese tiempo y talento. Por eso los piropos son flor urbana y de callejeo rápido. En la playa, donde estoy reclinado pensando en este artículo morosamente mientras contemplo entre otras cosas el horizonte, no se oye un piropo. Es sólo porque el tiempo se ha remansado. El piropo pide prisa y responde a ella. Es el pariente nervioso y automático del tema de “La desconocida”, esa serie de poemas que produce la visión fugaz de una mujer hermosa en las grandes urbes modernas. Empezó Baudelaire y llegó hasta la canción de James Blunt, “You are beautiful”, pasando por Eloy Sánchez Rosillo, por Miguel d’Ors, por Felipe Benítez Reyes… El epítome perfecto, por la prisa, lo callejero y lo sincopado, es el piropo de 96 versos (¡nada menos!) de Jaime Siles en Semáforos, semáforos.

El piropo tiene por fuerza que gustarle mucho al filósofo francés Fabrice Hadjad, que en su último libro, Últimas noticias del hombre (y de la mujer), insiste en que el cuerpo femenino es, para los hombres, el último resquicio de naturaleza salvaje que queda en nuestras vidas hiper tecnológicas, ultra plásticas, súper virtuales y mega urbanas. La condición sexuada es el acceso final a la belleza y (al paso que vamos) a la verdad. Obligar a guardar silencio ante esa epifanía es una manera indirecta de casi borrarla, porque para los hombres, seres de lenguaje, lo que no se dice acaba por ir desapareciendo.

Asumiendo su naturaleza de salida de emergencia, de tributo brusco a la naturaleza, de bastión inexpugnable de la realidad sexuada, se entiende mejor que Ortega y Gasset se proclamase, como recordaba Díaz-Cañabate, “el último almogávar del piropo”. Es una metáfora para quitarse el sombrero (o el yelmo), por lo que lleva implícito de velocidad, de razzia, de españolismo atávico y de violencia mítica, “desperta, ferro”, pero literaturizada.

Algunos piropos son torpes, la mayoría estereotipados, muchos inoportunos, pero en la mayoría vibra esa admiración exclamativa (¡fíjense que todos lo piropos van entre signos de admiración!) de reconocimiento de la belleza real, encarnada, viviente, circulante y resistente. Caigo ahora que los signos de admiración están cayendo en desuso en nuestros textos, y eso es un signo. Como poco, los piropos defienden el entusiasmo. Ese éxito indirecto lo tienen garantizado. Una vez asistí a un piropo carambola paradigmático. En la mesa de al lado de una terraza de verano comía una chica (ciertamente llamativa) con su abuela. En esto pasó un coche popular cargado de caballeros sin camisa y con la música a tope. El conductor fijó su mirada, se levantó las gafas de sol, bajó la radio, sacó la cabeza por la ventanilla y gritó: “Señora, quede usted con Dios/ que con su hija me quedo yo”. La nieta no pareció especialmente halagada, pero la abuela, ascendida en público a tan esplendorosa maternidad, no cabía en sí de gozo. De alguna manera, eso pasa con todos los piropos, aunque no aporten nada a la persona piropeada, nos benefician a todos, reconociendo a voz en grito la maravillosa belleza sin edad que cruza por nuestras vidas.

¿Quiero decir con este largo artículo divagatorio que estoy en contra de todos los reproches sociales o incluso legales que atenazan y amenazan a los piropos? En realidad, no tanto. Por supuesto, la libertad es esencial, pero hay una libertad superior que es la de poder saltarse a la torera, con garbo, una prohibición. Ya el Código Penal de 1928 de Primo de Rivera tipificó como falta el piropo “aún con propósito de galantería” con penas de arresto de 5 a 20 días y multas de 40 a 500 pesetas. Es curioso que Podemos y Cía. tengan las mismas querencias que el viejo dictador, pero yo no voy a protestar contra unos ni contra otro.

 

Mi situación ideal es que sobre el piropo pese un razonable prejuicio en contra, pero que, de vez en cuando, un sujeto no se pueda contener y lo suelte, arrostrando con gallardía las multas y la cárcel. El catedrático de antropología Jacinto Choza tiene un perspicaz ensayo titulado “Elogio de los grandes sinvergüenzas” en el que explica que es mejor asumir el riesgo de condenación eterna por pecar contra el sexto mandamiento que empezar a decir que nada es pecado para hacerlo con tranquilidad de conciencia. Quien se juega el alma y la salvación por la belleza de una mujer o un hombre se asegura de que tal belleza merezca la pena. Si todo da igual, acabamos en la rutina y en el aburrimiento indiferenciado por matar el rato. Sin llegar a las alturas teológicas del admirable catedrático, digamos que un piropo con riesgo tiene mayor gravedad y gracia, más razón de ser.