Auge y caída de Milos Yiannopoulos

En un fatídico vídeo, Milos Yiannopoulos, hasta entonces estrella de la alt right, dijo lo siguiente: “En el mundo homosexual, en particular en algunas de esas relaciones entre chicos jóvenes y hombres mayores, (hay) relaciones en las que esos hombres mayores ayudan a esos jóvenes a descubrir quiénes son y les proporcionan seguridad y protección. Y les dan un amor y una confianza, sólida como una roca, que no le pueden dar sus padres”. Todo el mundo entendió que esas palabras son una defensa de la pedofilia, quizás por el hecho de que lo son más allá de cualquier duda.

Él se defendió reconociendo que no debía haberse expresado así, y explicando que fue víctima de abusos sexuales cuando fue niño, desmintiendo con su biografía las palabras que le habían condenado, pero nada pudo ya hacer.

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Con esas declaraciones se terminó el fenómeno Yiannopoulos. Breibart lo despidió, un rico magnate, Bob Mercer, dejó de subvenirle, y el interés que había logrado despertar empezó a desvanecerse. Pero la suya es una de las historias más espectaculares de la derecha estadounidense moderna.

Este británico (Kent, 1984) estudió en la Universidad de Cambridge y descolló pronto en el ámbito de la tecnología. Como Candace Owens, jugó un papel en el gamergate, un absurdo debate identitario en el mundo de los videojuegos que tuvo una enorme repercusión. Todo ello le abrió las puertas de Breibart. Un artículo de la Harvard Political Review lo señalaba como epítome del movimiento pro Trump, meses antes de que éste se convirtiese en presidente.

Creo que podemos entender la personalidad, no tan compleja, de Milos Yiannopoulos atendiendo a las palabras que le dijo al New York Times hace dos años y medio: “me amo a mí mismo. Soy la mejor persona que conozco”, reconoció con la sinceridad y desenvoltura con la que da todas sus opiniones. Es un amor propio desmedido, pero pronto veremos que insuficiente. El aprecio sin freno por uno mismo explica gran parte de su éxito, porque la comunicación en el mundo audiovisual puede tragar mentiras como puños, mientras estén dichas con un convencimiento absoluto. Yiannopoulos se ha convertido en un estilita, permanentemente por encima de los demás, a quien nos habla desde lo alto de su ego. Y gracias a ello ha logrado hacer cosas que no creeríamos, como cantar como una drag queen el himno nacional en un acto organizado por conservadores en la Universidad del Estado de Louisiana.

Ha sido expulsado permanentemente de Twitter por meterse con la actriz Leslie Jones con argumentos racistas. Nunca fueron tan racistas como los de la propia Jones, pero qué más da eso. El activista lleva dos años y medio fuera de la red social.

Está habituado a que le expulsen de casi todos los lados por su capacidad de generar polémica. Yiannopoulos había realizado una gira por las universidades estadounidenses que, extraoficialmente, se conocía como El tour del maricón (faggot) peligroso, y en muchas de ellas le cerraron las puertas: Universidad DePaul, UCLA, Universidad de Miami, Universidad Vilanova, Universidad de Alabama, NYU, UC Berkeley entre otras.

Acudió a la Universidad de California, Irvine, con un uniforme de Policía sin mangas pero con gorrito. En la UC San Diego, con un poncho y un mariachi al completo, para criticar la idea de la apropiación cultural. En la Universidad del Estado de Michigan fue de emperador romano. Se postuló para decorar una caravana el día del orgullo gay por un barrio de Estocolmo de mayoría musulmana, pero aquél proyecto no llegó a realizarse pues su vida corría un verdadero peligro. Cualquiera que sepa que hay tiroteos casi todas las semanas en los barrios más conflictivos de la capital sueca no se extrañará.

Se mueve con comodidad en la grieta del discurso progresista entre la defensa de los derechos de los homosexuales y la defensa del Islam como alternativa a nuestra decadente sociedad. Yiannopoulos ha ido tan lejos como para decir que el problema no es el terrorismo islámico, sino el islamismo todo, cuya presencia pone en peligro la libertad de quienes, como él, se inclinan sobre el propio sexo. Azota sin piedad estas y otras contradiciones progresistas, y considera que “para ser subversivo hoy, hay que ser conservador”.

Su personalidad, que es la que le ha catapultado, también le impuso límites a su influencia. En mayo de 2016, Mark Zuckerberg se reunió con varios líderes de opinión conservadores, como Glenn Beck, Brent Bozell o Jim DeMint, entre otros, para intentar convencerles que el sesgo anticonservador de (su) invento no era tal, y que en Facebook caben todos, y también ellos, cómo no, por muy conservadores que sean. Yiannopoulos, entonces editor de la sección de Tecnología de Facebook no fue porque Zuck declinó cortesmente su invitación a debatir entrambos. Privado de ese protagonismo, con la altura moral y política de un niño, dijo que no iba a reunirse con el resto de conservadores (con Zuck sí estaba dispuesto), y los puso a parir por verse con el dueño de la red social.

Las últimas noticias sobre Yiannopoulos se refieren a una fantasmal aparición en la Universidad de Nueva York para hablar de Halloween, y las noticias sin confirmar sobre su patrimonio, también fantasmal pues debería dos millones de dólares. Para acabar con el fenómeno Yiannopoulos, la izquierda sólo tenía que hacer una cosa, ignorarle. Pero fue incapaz. Y, al final, su opinión más abyecta es la que ha hecho que todo el mundo lo ignore. Él se ha revuelto contra sus propios seguidores porque no le dan dinero ni consuelo. Se ve que, en contra de lo que también decía en la entrevista concedida al NYTimes, Yiannopoulos tiene sentimientos, después de todo.