Ser conservador en España hoy

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Entre salvar la hipoteca y salvar el alma, ha llegado el momento de pensar también en lo segundo. Es el futuro de España lo que está en juego.

Ser conservador implica querer preservar algo del pasado y del presente frente a un futuro de cambios, esquemáticamente hablando. En España hay pocos políticos que se auto-definan como conservadores en parte por cobardía -tan desprestigiado está nuestro pasado- pero también, por mucho que nos duela admitirlo, porque muy poco loable nos queda por conservar en un país que ha sido pasto de una mal entendida modernidad según la cual, todo lo pasado era obsoleto, represor y rechazable, mientras que lo nuevo era liberador, igualitario y avanzado.

Con todo, ser conservador hoy en España es la única opción que puede ofrecer una salida a los problemas existenciales a los que nos enfrentamos como nación y como pueblo español. A la izquierda radical que tenemos en el gobierno (Sánchez) y en la sombra (Podemos) no voy a dedicarle nada aquí hoy, ya sabemos cuáles son sus opciones: reforzar su casta empobreciendo a todos los demás, mermar las instituciones públicas nacionales, castigar a las privadas y acabar con la idea de pueblo español. Como bien se ve en sus máximos exponentes terrenales, de Corea del Norte a Venezuela, pasando por Cuba, nada bueno esconden sus ideas.

Yo querría centrarme ahora en la alternativa liberal, pues a los españoles, líderes o menos, se nos llena la boca con un liberalismo del que se espera sea la salvación de todas nuestras cuitas. Y nos equivocamos. Pues es en el liberalismo donde se encuentran las raíces de la actual desnacionalización de la nación española. Me explico: cuando se viene de una economía centralizada o muy dirigida o intervenida por el Estado, ser liberal en lo económico equivale a una bocanada de aire fresco: se privatizan empresas, se abre la competencia, se abaratan los servicios, se reducen los impuestos… todo en aras de que el ciudadano, el individuo, se sienta mejor, más rico y con mayores opciones y oportunidades. En buena medida, los 14 años de socialismo anteriores explican que de la agenda liberal-conservadora con la que el PP llegó al poder en 1996, fuesen los aspectos del liberalismo económico los más relevantes y de los que, aún hoy, sacan pecho.

Pero el liberalismo, si bien muy positivo para el bolsillo de cada uno, como materialismo y como individualismo no deja de tener sus pésimas consecuencias para el alma y para todo lo intangible y colectivo que conforma a un pueblo y a una nación. No en balde nuestros grandes liberales de hoy, desde Pablo Casado a Albert Rivera son europeístas más que españolistas. Porque el liberalismo, al fin y al cabo, es una ideología universalista que encuentra en las fronteras nacionales un obstáculo. ¿Qué más da que cierre una empresa española si puedo comprar el mismo producto, más barato, en China?

Igualmente, el liberalismo está siempre sometido a la tiranía del individuo, su sujeto y actor, dado que todo gira en maximizar las oportunidades para el mismo. Todo vale siempre que sea consensual entre las partes y no incurra en daños mayores contra nadie. Esto es, yo hago lo que quiera con mi vida, si no atento contra la de los demás. Bastaría recurrir al problema del aborto para subrayar como esa supuesta autoridad máxima de la persona acaba confundiendo una situación dramática con un derecho inalienable, pero voy a intentar evitarlo. Hay muchos otros casos de cómo el liberalismo lleva en su seno borrar la distinción entre el bien y el mal. Por ejemplo, durante el proceso a la “manada”, lo único que se discutió fue el grado de consentimiento que la chica podía haber prestado o no, a fin de poder considerarla víctima. Entiendo que es un problema jurídico, pero la prensa y los medios no son jueces y, sin embargo, nadie sacó a relucir el hecho de que un grupo de jóvenes, hechos y derechos, recurriesen al sexo en grupo, de manera sórdida y bestial, para satisfacer su necesidad de pasar un buen rato. Los abusos y violación no se derivan de la ley, sino de una ausencia de moral -o de una moral radicalmente distinta a la que nos ha hecho una sociedad-  que, al parecer, nadie se cuestiona. Y nadie se lo plantea porque, al fin y al cabo, eso es lo que se nos ha inculcado desde el liberalismo: que todo vale mientras sea consentido.

El problema de aunar materialismo e individualismo es que se cercena todos y cada uno de los elementos sobre los que se ha construido, lenta y agónicamente, España, la nación y el pueblo español. Ciudadanos se abstiene en el Congreso ante la propuesta del gobierno de instaurar la llamada “sanidad universal”, esto es, una sanidad abierta a todos pero pagada por los impuestos de los españoles, cada vez más altos, lógicamente.  Porque no entiende de fronteras (quizá su disculpa sea que entiende bien las de los separatistas catalanes, su razón primaria de existir). El nuevo PP de Casado y cía. se desentiende de la macabra exhumación de los restos de Franco, porque no entiende el valor de la Historia de España, a la que subsumiría gustoso en la europea (si ésta existiera). Y ambos recurren al humanitarismo para aceptar, albergar y costear a los emigrantes que lleguen a suelo español.

El liberalismo nos promete mejorar la eficacia y la gestión del Estado, pero poco bueno o nada nos dice sobre nuestras fronteras nacionales y sobre la cultura que nos ha hecho un pueblo distinto a los otros. Por eso los partidos que ponen el énfasis en sus aspectos liberales no entienden el doble reto al que nos enfrentamos: recuperar el estado español para los españoles primero; recuperar al pueblo español para una España  grande otra vez. Esa es la misión de todo conservador que se precie en la España de hoy. Y esa es una misión en la que no se puede tener éxito ni desde la economía ni desde el individualismo. Se trata de una revolución de la ideas y de la política, pero sólo un conservador está equipado mentalmente para verlo. Entre salvar la hipoteca y salvar el alma, ha llegado el momento de pensar también en lo segundo. Es el futuro de España lo que está en juego.