Reivindicar la patria

A mediados de diciembre, el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid, Íñigo Errejón, acudió al plató de No te metas en política, el teatro late-night que el bufón de Pablo Iglesias, Facu Díaz, lidera junto a su escudero Miguel Maldonado. Díaz le preguntó a Errejón, algo asustado, sobre esa reivindicación que ha hecho de la bandera española —“el fantasma de la bandera española” en sus propias palabras—. Errejón contestó sin ninguna pirueta y sin ningún tapujo.

– “No podemos ser la única izquierda del mundo que no tiene patria. No salen las cuentas. La gente necesita pertenecer a algo”.

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Díaz respondió: – “joder, bueno, Miguel pertenece al barrio del Carmen”- “esa es mi patria” -afirmó Maldonado. – “Y yo, desde hoy, a Mazarrón” continuó Díaz.

Luego, la entrevista se fue por otros derroteros, indagó en los cotilleos endogámicos que gustan al mundo podemita, y perdió todo el interés político o intelectual, pero, siendo justos, este breve diálogo es oro puro: nos da un fotograma de la repulsa que la extrema izquierda le tiene a la bandera y a España. Una repulsa que, veremos más adelante, también se extiende a otros espectros sociopolíticos.

Ya comentamos, con motivo del hostigamiento a Ortega Lara en el mitin de VOX en Murcia, que la extrema izquierda no ha aceptado nunca a la España salida de la Transición. El mito sobre el que se ha sustentado este rechazo es que la Transición fue un apaño entre las élites franquistas. Lo que salió de ese momento histórico vertebral en nuestra historia es, por tanto, una legitimación histórica del franquismo. Especialmente, la bandera, la Corona y la Constitución, están contaminadas del régimen anterior. Por eso, nunca las han aceptado, aunque Carrillo y González sí lo hicieran. Ni siquiera se acogieron al patriotismo constitucionalista de Habermas, porque la Constitución para ellos tenía un pecado original. Sobre esta enmienda a la totalidad gira toda la narrativa y toda la estrategia de influencia política de Podemos y de parte del PSOE. Nunca, jamás, hay que olvidar que quien hizo que estos mitos estén ahora en expansión es el anterior Secretario General del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero.

A partir de aquí, y teniendo en cuenta la necesidad humana de pertenencia, que subrayó Errejón, la extrema izquierda cambió la patria, es decir, España, por otras localizaciones y por otros conceptos. “Mi tierra”, “mi barrio”, “mi calle”, “mi asociación de vecinos”, “mi universidad” etc., fueron los territorios de cobijo sociopolítico que la izquierda dio a sus bases ciudadanas. Hicieron bandera de los espacios comunes obviando al mayor de ellos, “mi país” porque España les daba alergia y, como confesó en una ocasión Pablo Iglesias, “es un agregador político de la derecha”. Desde estas nuevas fronteras sociológicas hasta alinearse con los nacionalismos vasco y catalán, la distancia fue muy corta. El gobierno actual es el fiel reflejo representativo de la anti-España que, durante los cuarenta años de democracia, fue creciendo progresivamente hasta gobernar el país.

Debe producirse, estimo, un alineamiento de planetas masivo en el Universo para que vote a Errejón, es cierto. Su defensa de la dictadura venezolana, los escraches contra Rosa Díez en la Complutense, la formación a la que representa, son insalvables. No obstante, es de agradecer que alguien dentro de ese mundo se haya percatado, por fin, que España no es, y no debería ser, patrimonio de ninguna formación política sino el espacio común, la patria, por la que todos los partidos deben trabajar.

Sin embargo, tenemos que ser justos. No podemos circunscribir la alergia a España y a sus símbolos a la izquierda y a la extrema izquierda. En abril de 2016 la BBC publicó una encuesta a nivel mundial, elaborada por GlobeScan, con la siguiente afirmación. “Me siento más ciudadano del mundo que ciudadano de mi país”. Los resultados en España fueron reveladores: un 59% estaba muy de acuerdo o de acuerdo con esta afirmación. Nos faltarían dedos en la ciudad para contar cada vez que hemos escuchado de un amigo, de un familiar, de un compañero de trabajo o de un conocido, que no pertenece a la base social de la extrema izquierda, la expresión “soy ciudadano del mundo”. Theresa May, la primera ministra británica, en medio de la resaca que sucedió al referéndum del Brexit, se mostró determinante a este respecto: “Si crees que eres un ciudadano del mundo, en realidad eres un ciudadano de ningún sitio. No entiendes lo que significa la palabra ciudadano”.

Tenemos por delante un largo proceso pedagógico para que la afección de los españoles, no sólo los de izquierdas o los de extrema izquierda, hacia su ciudadanía y hacia su nación vuelva a resurgir y puedan reivindicarlas sin pedir perdón. Hay que reivindicar la patria, y Errejón lo ha entendido perfectamente.