Los verdaderos culpables del tráfico humano

En África, actualmente, hay cerca de cuatro millones de personas en manos de mafias de tráfico humano. La mitad de ellas son menores de edad, y no existen cifras del número de mujeres embarazadas. 

Estas mafias, estos traficantes de carne humana, ponen en peligro las vidas de gente desesperada, que consiguen una suma de dinero -no sabemos cómo lo hacen, pero lo podemos imaginar: esclavitud, prostitución, etc.- para buscar en Europa una vida mejor. Comercian con sus vidas y también con sus aspiraciones. Luego, cuando una barcaza repleta de esta pobre gente desaparece en el mar, la culpa recae sobre los países europeos, por insolidarios, por xenófobos o por cualquier otra excusa para levantar conciencias. Eso sí, las mafias, lleguen o no a salvo a costas europeas los migrantes, se embolsan un buen dinero porque lo han cobrado previamente. 

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Ciertamente, en la rica y quejica Europa, en la muy solidaria Europa -los Estados Miembros gastan el 50% del gasto social de todo el mundo mientras sólo representan el 5% de la población mundial-, en la judeocristiana y compasiva Europa, no sabemos cómo gestionar semejante drama humano. Es muy fácil que los sempiternos movimientos sociales y las legiones de milenials en las redes sociales se dediquen a soltar lágrimitas, mientras ninguno sea capaz de afrontar el problema y mucho menos de asistir a esos inmigrantes que llegan a sus costas. Niños pijos y bien alimentados que piden soluciones, pero ellos no tienen ni la valentía ni el coraje requeridos para corregir una situación que lleva demasiados años tiñendo de sangre las aguas del Mediterráneo. Los dirigentes políticos, reflejo de su electorado, tampoco se muestran contundentes ante el verdadero problema: las mafias y los países en donde operan. Éstos son los verdaderos culpables de lo que sucede, y no lo es, ni remotamente, ni el sistema capitalista ni el cambio climático ni la pasividad de Occidente. 

Con todos los medios humanos, materiales, financieros y tecnológicos que poseen los países europeos, se podría llevar a cabo una acción más determinante contra las mafias y contra los Estados africanos que las toleran. Estados que, además, utilizan la carnaza humana como método de presión política contra sus homólogos europeos. No debería ser, en teoría, tan difícil. Recientemente, el periodista italiano especializado en inmigración, Giampaolo Musumeci, junto con el criminólogo de la Universidad de Trento, Andrea di Nicola, llevaron a cabo una profunda investigación sobre las mafias, que cristalizó en el libro Confesiones de un traficante de personas. Musumeci afirma que los mafiosos son más rápidos que la policía europea, y no debe ni puede ser así. Al menos, no en una Unión Europea con más osadía para poner fin a este delito continuado que desgarra las vidas de los más desfavorecidos y pone a todos los Estados Miembros bajo una crisis migratoria de la cual no saben salir. 

¿Cuánto tiempo llevamos viendo en las noticias gente desesperada que muere ahogada en las aguas del Mediterráneo? No hay que remontarse a 2015, sino, por lo menos, a 1995. En el mes de agosto, no es casualidad, siempre se intensifica el tráfico de personas hacia Europa. Y por muchos bits que generen hashtags, comentarios y noticias, que sólo intentan lavar conciencias y no acudir a la verdadera problemática, el flujo de tráfico de personas no se va a frenar hasta que se actúe contra las mafias y contra los Estados que las amparan y toleran.