Los tres intelectuales Reyes

Embobado con sus ricos atuendos, sus importantes camellos y la sonoridad de sus regalos (oro, incienso y mirra), no había caído hasta ahora en lo más característico de los Tres Reyes: su estrepitosa torpeza. Llegaron los últimos, hablaron más de la cuenta y desencadenaron una masacre. Como escribió Carlos Puyol en La casa de los santos, también ellos adoraron a Dios, pero a su manera “torpe, técnica y catastrófica”.

Recordemos que Melchor, Gaspar y Baltasar no merecieron el aviso del ángel. Vieron una señal en el cielo y, llenos de buena voluntad –hay que reconocerlo–, emprendieron un largo viaje. La estrella, compadecida de los estrafalarios cosmólogos, les indicó el camino, pero aún se despistaron y pusieron sobre aviso a Herodes, quien luego ordenaría la muerte de todos los niños menores de dos años en Belén. Con todo, llegaron finalmente. Se le adelantaron los pastores, también la burra y el buey. Atónitos por su exótica apariencia, los que allí estaban les abrieron un pasillo para que pudieran ofrecer sus llamativos e inservibles regalos; de nuevo en palabras de Pujol, “cada cual da lo que tiene, y ellos, arquetipos del intelectual, aportan su inquietud, brillantes palabras y humo de ideas”.

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En su novela Elena, Evelyn Waugh se expresa de forma parecida. Su protagonista, la madre del emperador Constantino, tras una ardua búsqueda de la Vera Cruz, declara a los Reyes Magos como sus patrones, suyo y “de todos los que han tenido que hacer un tedioso viaje para llegar a la verdad, de todos los confundidos con el conocimiento y la especulación […] de todos los que están en peligro a causa de su talento”.

Porque así lo dijo Cristo y lo recogió el evangelista: el misterio se revela a los ignorantes y se oculta a los inteligentes, pues éstos no admiten más que sus recursos para alcanzar la verdad; de ahí que lleguen los últimos cuando rara vez llegan. Lástima de intelectuales que, borrachos de palabras esdrújulas, creyentes de sus pírricas metodologías, se sustraen a la Gracia. Se trata de llegar a las estrellas y se envanecen, pobres míos, creyéndose más cerca por andar encaramados a una tambaleante escalera. Y no es que tengan mala intención, como tampoco la tenían los Reyes Magos, sólo que andan enfrascados en sus cosas y sus propios talentos les zancadillean. Tanto se esmeran en encontrar la verdad, que olvidan que, en realidad, se trata de hacerse los encontradizos.

Por eso, especialmente hoy, día de la Epifanía a los sabios de Oriente, atended el ruego de Elena y “orad por los hombres cultos, oblicuos y delicados. ¡Que no se les olvide del todo en el trono de Dios cuando los simples entren en su reino!”. Amén.