Francia y el islam: comunidad de supervivencia

Mientras Francia se cubría con un gran manto amarillo, el islam radical y su brazo armado terrorista han atacado de nuevo. Son ya innumerables los muertos, heridos y atentados frustrados que ha perpetrado desde 2012. Sin embargo, en la euforia de los preparativos para la Navidad, casi nos hemos olvidado de la amenaza que nos rodea. A pesar de que la inmensa mayoría de los franceses ya no practica la fe católica, la Navidad sigue siendo, también en su acepción cultural, una fiesta cristiana. La fiesta cristiana por excelencia, llena de símbolos para unos islamistas que ven, en los franceses, un pueblo de “infieles” que hay que someter o matar.

Una paradoja sorprendente dado que dos tercios de los franceses se autodenominan ateos o agnósticos, que las escuelas prohiben que se pongan árboles de Navidad en sus locales y que el Estado persigue con prontitud a los ayuntamientos que se atreven a instalar un belén en su patio. Aunque a menudo se invocan razones geopolíticas para justificar los asesinatos en nombre de Alá, nuestro pueblo, infiel muy a su pesar, es ante todo injuriado porque es percibido como un pueblo cristiano. Recordemos las palabras del Estado islámico en su comunicado de prensa tras la masacre en el Bataclan: “Bendito ataque contra la Francia Cruzada”.

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¿Qué queda, entonces, de esta Navidad cristiana a la que aluden los islamistas? Muchos se lamentan de que la Navidad haya quedado reducida a un hecho puramente material, al consumismo, a una simple ganga comercial, a un impulsor de crecimiento despojado de toda dimensión espiritual o caritativa.

Desde hace ya varias semanas, los franceses parecen desmentir este sombrío análisis. Vuelven a la pregunta primordial: ¿cuál es la base de nuestra vida en sociedad? Hablo de esos “chalecos amarillos” que se declaran dispuestos a pasar la Navidad juntos, en las rotondas, afirmando que se limitarán a lo esencial: su familia y sus amigos, la solidaridad de los compañeros de infortunio y el apoyo de una gran parte de sus compatriotas.

Para ellos, lo esencial en este periodo navideño no es, por consiguiente, la abundancia de comida o el número de regalos, sino la presencia cálida de la familia, comunidad de vida, y de la nación, comunidad de supervivencia. Estas comunidades naturales e inmateriales que dan cuerpo al tercer pilar de nuestro lema: la fraternidad. A diferencia de los dos primeros, la libertad y la igualdad, la fraternidad no se decreta, no está impuesta por la política: la fraternidad se siente. La fraternidad se siente de manera espontánea al estar en contacto con una persona o una comunidad de personas que comparten contigo suficientes vínculos culturales, morales, espirituales y de memoria para que yo me reconozca a través de ellos. Una nación sana y viva engendra, de manera natural, la fraternidad, garante de la armonía.

Debemos, sin embargo, admitir que esta fraternidad y esta armonía están siendo gravemente dañadas por las numerosas fracturas que sufre nuestra nación, que cuestionan incluso su existencia: hablo de la secesión cultural de muchos barrios en los que viven una mayoría de inmigrantes, de la expansión del islam radical y su corpus político, de la brecha entre los territorios urbanos beneficiarios de la globalización y los territorios rurales olvidados y empobrecidos por la falta de protección, del individualismo exacerbado de nuestra sociedad moderna que empuja al individuo a actuar y a votar desde el punto de vista exclusivamente de sus intereses personales.

A pesar de la convergencia de estos fenómenos, la nación ha resurgido de manera repentina en este periodo de Navidad a través del apoyo masivo de los franceses al movimiento de los “chalecos amarillos”, despreciado y caricaturizado por el poder. Ya no hay ni ricos, ni pobres, ni urbanos, ni rurales; sólo hay la compasión natural hacia esas personas con las que construimos una historia común, compartamos o no sus dificultades materiales. A pesar de nuestras dudas, descubrimos que la nación aún vive.  Y esta nueva certeza permite la esperanza. Sin embargo, como hemos dicho con anterioridad, este equilibrio es frágil y está amenazado. El espíritu de la Navidad debe guiarnos hacia un esfuerzo de caridad política adicional, que es tomar la decisión de luchar, cueste lo que cueste, para reducir las fracturas que amenazan uno de los sentimientos humanos más poderosos y fundamentales: la fraternidad, base común indispensable de toda vida en sociedad. Nuestra nación no debe avergonzarse de su pasado cristiano. Al contrario, de él debe sacar lecciones de esperanza, caridad y justicia social.

Tomemos los cientos de miles de personas que se manifestaron en el marco del “matrimonio para todos”, en su mayoría jóvenes católicos practicantes y procedentes de las clases media y alta. Ellos se alzaron para defender una sociedad justa salvaguardando el derecho más elemental de un niño: el de tener un padre y una madre. Esos franceses, sin aún no lo están, deben estar al lado de los “chalecos amarillos”. Si una sociedad que convierte en un derecho tener un hijo no es justa, tampoco lo es una sociedad en la que una parte de nuestros compatriotas no consigue vivir dignamente de su trabajo.

El destino nacional se construye con una visión global y compartida del hombre en todos sus componente vitales. Los “chalecos amarillos” han surgido de manera inesperada, repentina, con una fuerza colectiva de la que ya, hace tiempo, no nos acordábamos en Francia. Aunque con el tiempo se quede sin aliento, este movimiento ha marcado de manera duradera nuestro inconsciente nacional, despertando en nosotros ese dulce sentimiento de fraternidad nacional que creíamos olvidado. Gracias a ellos, de ahora en adelante, ya no hay resignación que valga. Feliz Navidad.

Publicado por Marion Maréchal en Valeurs Actuelles; traducido por Elena Faccia Serrano para elDebate.es.

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