Demonios

¿Qué se cobija tras las performances, el expresionismo brutal y la fealdad de las vanguardias?

Una de las cosas más sorprendentes de nuestro tiempo es lo poco que nos sorprende ver que el discurso dominante en la cultura, la política o la vida cotidiana es el de la extrema izquierda más  enragée, aquella que hace menos de dos décadas ocupaba la franja lunática de la academia, las instituciones y la vida cotidiana. Y aún causa más sorpresa comprobar que ideas de puro sentido común, que son evidentes por sí mismas y conforman el núcleo de cualquier sociedad medianamente cuerda, son perseguidas y proscritas incluso por aquellos que pretenden llamarse conservadores. ¿Qué ha pasado en Occidente para que los sectarios de la izquierda más extrema sean ahora los que imparten certificados de respetabilidad ética e intelectual?

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Cuando uno habla en conversaciones privadas con académicos y hasta con políticos, todos reconocen que esta epidemia de radicalismo, que esta peste foucaultiana, es una enfermedad del espíritu europeo, una muestra de decadencia extrema que puede asimilarse a una demencia senil de la civilización occidental, que se empeña en el suicidio. Y cuando un cuerpo muere, las funciones esenciales acaban por deteriorarse y destruirse. No otra cosa es lo que nos sucede con estas ideologías terminales, desde el “género” al animalismo o la memoria histórica: son negaciones radicales de la civilización cristiana occidental,  verdaderas pulsiones de muerte cuyo fin reconocido es liquidar todos los valores en los que se ha cimentado Europa, incluyendo el propio humanismo. Esta inversión de los valores tradicionales de nuestra cultura, además, no surge de entre las masas desposeídas, sino que ha florecido entre los estratos más favorecidos del establishment, entre catedráticos, escritores, artistas y demás elementos de la clase ociosa, aquella que dispone de más tiempo para las ocupaciones del espíritu. Curiosamente, son las clases populares y trabajadoras las más reacias a este tipo de experimentos elitistas de la casta universitaria: los nihilistas son los ricos.

Decía Toynbee que cuando una civilización muere destruye a sus propios dioses. Si Nietzsche, enamorado de la Grecia antigua y de la Italia del Renacimiento, viera todo lo que se deconstruye en su nombre y hasta qué punto la transvaloración de todos los valores está corroyendo los núcleos vitales de la civilización europea, tendría motivos más que sobrados para refugiarse en su locura final. La deconstrucción de Occidente no nos lleva al superhombre sino al infrahombre, al ser carente de atributos y personalidad, mero juguete de unas fuerzas emotivas, subjetivistas, irracionales y delirantes —delirio es razonar sobre lo que no existe, como el “género”, por ejemplo—. No en vano, son cada vez más las voces que anuncian una nueva posthumanidad, ya sea equiparando al hombre con el animal o buscando una mejora del mismo mediante la ingeniería genética, la informatización de su anatomía o la mecanización de su fisiología. Se nos anuncian prometeicos cyborgs con alma de golem.

En tales circunstancias, debería producirnos verdadero pánico el leer noticias como la que esta semana hemos conocido: en China, un científico ha modificado el ADN de unos gemelos y ha decidido a jugar a Frankenstein  con dos vidas humanas. Como, gracias a las campañas abortistas de la ONU y los multimillonarios que las financian, ya nos hemos acostumbrado a equipararnos con las bestias y a no valorar la diferencia entre el hombre y las otras criaturas, como ya nos hemos animalizado en cuerpo y alma tras dos siglos de progreso científico, somos incapaces de indignarnos, de protestar o de llamar criminal al autor de semejante aberración.  

Desde los tiempos de La Mettrie, una de las ideas esenciales de la Ilustración radical es la conversión del hombre en máquina. Cada paso en la desespiritualización humana se consideraba una señal de avance en la lucha de las luces contra la superstición. Como en los viejos mitos, los  titanes vuelven a rebelarse contra los dioses. No en vano, marxistas, jacobinos y anarquistas hicieron de Prometeo su arquetipo, su referencia mitológica, su encarnación del desafío a la divinidad. Y no es muy difícil pasar de Prometeo a Lucifer y sus legiones. Tras el triunfo de las luces nos está invadiendo la más densa oscuridad.

Vivimos una era demoníaca. Basta con ver las manifestaciones de las vanguardias ideológicas del progresismo para comprobarlo, para ver que se extiende un verdadero culto por lo elemental y subhumano en esta sociedad tan aparentemente refinada: ¿Qué es el feminismo abortista sino una nueva forma de los viejos aquelarres brujeriles? ¿Qué se cobija tras las performances, el expresionismo brutal y la fealdad de las vanguardias? No son sólo expresiones de pedantes hastiados de la belleza de su propia cultura; algo subconsciente, más profundo, late tras tanta transgresión; un no sé qué repulsivo que ya Dostoievski detectaba en el guapo e inteligente Stavroguin de Demonios, antepasado primordial de todos los niñatos progres.

Pero cuando hablamos de daimones no nos referimos sólo al espíritu del mal, al mercurial Mefistófeles que todo lo niega y nada construye. El viejo tentador de Fausto es casi uno de los nuestros al lado de lo que ahora corre suelto por las calles. El demonio es la fuerza atávica, irracional, instintiva, que se encarna en el Gran Cabrón de las pinturas negras de Goya y que hoy se hace patente en esta especie de carnaval grotesco en que se han convertido el arte, la política y las costumbres. Bajo una fina capa de racionalidad extrema y de asepsia científica, palpita la irracionalidad involutiva de las masas, el emotivismo imbécil de millones de televidentes y la degradación sistemática de todo espíritu.  Algo muy repelente impregna nuestra era. Hace siglo y medio, Dostoievski ya entrevió esto en sus grandes novelas: personajes como Verjovenskii y Stavroguin son los héroes de nuestro tiempo, de nuestra triste época.