De cómo el mundialismo ha favorecido el islamismo

El proyecto mundialista en Occidente no puede comprenderse sin acudir al concepto de multiculturalismo, que a su vez gravita políticamente sobre el eje de la recepción en Europa del islamismo en el mismo plano de igualdad que el cristianismo. Sólo en este marco, que pretende crear un ser humano universal desligado de cualquier arraigo comunitario y el desmantelamiento de Europa como empresa civilizacional, es inteligible que las autodenominadas fuerzas progresistas prediquen un laicismo beligerante que elimina cualquier referencia cristiana de la vida pública mientras exigen que nuestras sociedades tienen que acomodarse a las prácticas y costumbres musulmanas.

Pretenden que admitamos una visión de la religión con un carácter eminentemente totalitario que choca con la tradición filosófica occidental. Lo demuestra el hecho de que ningún país musulmán haya suscrito la Declaración Universal de Derechos Humanos porque, según sus propios representantes, se trata de una «interpretación secular de la tradición judeocristiana» y que por tanto no podía ser puesta en práctica por los musulmanes sin infringir la ley islámica. La Organización para la Cooperación Islámica, popularmente conocida por Conferencia islámica, que agrupa a todos los estados islámicos, en su lugar elabora su versión de la Declaración de los Derechos Humanos en el islam, que fija la sharía como su fuente principal.

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El islam es la única religión en la que su fundador aúna la condición de guia religioso, jefe militar y líder político, aspiración a la que ninguno de sus sucesores ha renunciado, en una constante y deliberada confusión de la autoridad espiritual y la autoridad terrenal. Peculiar es también que el triunfo del islam no solo se refiera al ámbito espiritual, sino que se asocie con la aparición de Al-Mahdí como gobernante universal, evidenciando que la umma, la comunidad de los creyentes, es una realidad religiosa y política a la vez. Tampoco es baladí que el Corán contenga nada menos que 255 versículos que, no sólo reivindican a Alá como único Dios y a Mahona como su verdadero profeta, sino que justifican la violencia contra los infieles, contra todos los que no creen en el islam, y en particular contra los judíos y cristianos. Ningún otro libro sagrado contiene semejante cantidad de pasajes con un mensaje tan visiblemente intolerante.

El Corán va más allá de lo religioso y lo moral. No sólo se trata de un texto revelado por la divinidad que articula la vida espiritual de la persona, además constituye un cuerpo cerrado de normas que regulan cualquier aspecto de la vida social del individuo. En este sentido no cabe distinguir entre islamismo moderado o islamismo radical. Ya se trate de la escuela safi’í  o la salafista, todos los islamistas consideran que la ley coránica debe regir, a través de la sharía, el sistema legal de cualquier país musulmán. Por tanto, el islamismo no es una desviación integrista de la religión, al contrario, se trata de la tradición ortodoxa musulmana que encierra una concepción político-social total en torno al Corán. Ahora bien, esta realidad no convierte a cualquier musulmán en una amenaza, tan sólo en un extremo de las corrientes islamistas nos encontramos con los yihadistas, que no sólo aspiran a que en los países musulmanes rija la sharía, sino que tratan de imponer a sangre y fuego el islam y la ley coránica por todo el mundo. Pero lo que tampoco se puede negar es que el islamismo es un elemento extraño en Europa de muy difícil, por no decir imposible, integración, a no ser que sea contemplado como un instrumento al servicio del mundialismo y su empeño en borrar las naciones europeas desdibujando la identidad de sus poblaciones.

Si apartamos nuestros ojos de lo que hoy sucede en Europa para volverlos retrospectivamente hacía el mundo musulmán, sin duda coincidiremos en que durante siglos la civilización islámica chocó en torno al Mediterráneo con la civilización cristiana. Innegable también resulta que a partir del siglo XV asistimos al imparable auge de las naciones europeas, a la vez que el islam alcanza su máxima expansión política para luego caer en el estancamiento y seguir un progresivo declive que llega a su punto más bajo al fin de la Primera Guerra Mundial con el desmantelamiento del imperio otomano.

La preocupación por la postración de la civilización islámica ya había suscitado durante el siglo XIX la reflexión de pensadores musulmanes que preconizaban la vuelta al origen (salafiya) como renovación, en el viejo sentido unitario de la umma como única estructura político social aceptable, pero en los inicios del siglo XX, son los reformistas que estructuran sus ideas en torno al panarabismo o el nacionalismo regional quienes representan las tendencias en alza dentro del mundo musulmán.

No es casual que sea en la Turquía humillada en la Primera Guerra Mundial donde los Jóvenes Turcos abrazan un programa modernizador que veía en la tradición islámica y el califato un lastre para el desarrollo de la sociedad turca, que se había mantenido apartada de los sistemas más avanzados y cultos de las naciones europeas. Las ideas que inspiraron a Atatürk para sus reformas secularizadoras se encuentran principalmente en el nacionalismo alemán de finales del siglo XIX, en el laicismo de la república francesa y en la profunda creencia occidental en la ciencia como motor de desarrollo. Parecía que el nacionalismo abriría en el mundo musulmán la puerta para entrar en la modernidad. Los procesos descolonizadores que se suceden tras la Segunda Guerra Mundial en Argelia, Túnez, Marruecos y especialmente el ascenso del nacionalismo árabe al poder en Egipto, Siria e Irak, junto a la introducción de la ideológia socialista, contemplan el islam como una seña de identidad social y cultural, pero no confesional. El islamismo quedaba así relegado a un segundo plano dentro de las monarquías petroleras del golfo y al nuevo estado de Pakistán, surgido de la división de la India británica. En el nuevo contexto de la guerra fría será el conflicto árabe-israelí el principal elemento en torno al que gire la política en el mundo musulmán. En Occidente, dominado por el consenso capitalismo-socialdemócrata, el fenómeno religioso no es más que una anécdota y el islamismo se considera un anacronismo medieval que el progreso y la educación acabaran por arrinconar.

Pero llegado el final de la década de los 70 se comienza a resquebrajar la confianza popular en los regímenes nacionalistas árabes que, pese a la ayuda de la URSS, han sido incapaces de lograr salir airosos en su enfrentamiento con Israel. Paralelamente en Irán se hace patente que la occidentalización del mundo musulmán conduce a una mala imitación que esconde detrás un desarraigo que genera descontento, no en las incultas clases populares y el clero chiita, sino en la clase media, universitarios e intelectuales.  La ceguera mundialista, empeñada en exportar a todo el orbe su forma de entender el gobierno, sus valores relativistas y su proyecto de poder económico global, provocan el levantamiento contra el régimen del Shaa para reivindicar las propias raíces. Jomeini inmediatamente después de la revolución muestra ese rechazo visceral al sistema liberal que viene de Occidente: “Vosotros, que queréis libertad, libertad para todo, la libertad de los partidos, vosotros que queréis todas las libertades, la libertad que corromperá a nuestra juventud, la libertad que preparará el terreno para el opresor, la libertad que arrastrará a nuestra nación hasta el fondo”.

La revolución en Irán muestra el “legítimo” camino al mundo musulmán, la solución es el islam, la genuina identidad de los musulmanes es la identidad religiosa. El abandono de la recta doctrina islámica había conducido a la comunidad a un estado de decadencia y aquellos que veían en la modernidad y en la occidentalización de las sociedades musulmanas la solución, habían contribuido a corromper al pueblo privándole de su vitalidad.

Impregnado de tercermundismo y resentimiento hacía Occidente el fundamentalismo salafista de los Hermanos Musulmanes adquiere popularidad no sólo en Egipto y entre muchos palestinos desesperados, también entre musulmanes sunitas que creen posible un resurgimiento de la civilización islámica. Sayyid Qutb, el principal teórico de la organización islamista a mediados de los años 50, decía que “el hombre blanco de Europa o América es nuestro enemigo número uno. El hombre blanco nos aplasta bajo sus pies mientras nosotros enseñamos su civilización a nuestros niños… Infundimos a nuestros hijos asombro y respeto hacia el amo que pisotea nuestro honor y nos esclaviza. Plantemos en cambio las semillas del odio, la repugnancia y la venganza en las almas de esos niños. Enseñemos a esos niños cuando sus uñas son todavía blandas que el hombre blanco es el enemigo de la humanidad, y que deberían destruirlo a la primera ocasión”.  Para muchos musulmanes el tiempo había dado la razón a Qutb, ya que creen que la debacle de los países árabes frente a Israel sólo era explicable gracias al apoyo de los EE. UU y Occidente a un país de infieles creado a la fuerza en medio del territorio del islam.

Estos islamistas radicales sunitas nunca habían sido admitidos por los regímenes nacionalistas árabes y muchos se refugian en Arabia Saudí, donde el wahabismo imperante les considera hermanos en la lucha de la fe.  Los islamistas sunitas no podían quedar a la zaga de los chiitas y la guerra de Afganistán será una oportunidad para demostrar que, si los chiis han sido capaces de derrocar a un gobierno prooccidental, ellos serán capaces de derrocar a un gobierno prosovietico.  Estados Unidos se vale de sus aliados, Arabia saudí y Pakistán, para reforzar a los muyahidines sin reparar en que está apoyando, frente al islamismo moderado de líderes locales como Masud, el león del Panshir, al islamismo más radical inspirado por el salafismo y financiado por el wahabismo de Arabia Saudita, cooperando inconscientemente a sentar las bases para el ascenso de los talibanes al poder.

El resto de la historia ya lo conocemos, pero no podemos dejar de señalar que el juego geoestratégico de EE.UU e Israel frente a Rusia, Siria e Irak y los conflictos bélicos que ha generado tras la caída de la URSS, no ha hecho más que reforzar un estado de ánimo que confiere al islamismo un nuevo atractivo como solución para revitalizar la comunidad musulmana frente a la falta de valores de Occidente y el fracaso del marxismo.

Para terminar, regresemos a casa. A la vez que todos estos acontecimientos se sucedían conformando una nueva conciencia islámica, un número cada vez mayor de musulmanes comienza a emigrar a Europa atraídos por las expectativas de mejora económica, magrebíes a Francia, turcos a Alemania y pakistaníes a Gran Bretaña, después al resto de países de la Unión Europea. Arabia Saudí se encarga de financiar las mezquitas y centros religiosos para atender a toda esta grey, por supuesto bajo el control del islamismo wahabí.  En Europa, en aras del multiculturalismo y el buenismo planetario o las más prosaicas razones del rejuvenecimiento de la pirámide poblacional o el crematístico cálculo de contar con una mano de obra más barata, son recibidos con los brazos abiertos, sin control alguno y con la fruición del mundialismo. Es la tormenta perfecta que se cierne sobre Europa.