Criptomonedas, Blockchain y el fin de las naciones

El 17 de diciembre de 2017 el Bitcoin, la criptomoneda más conocida, alcanzó su máximo de valoración hasta la fecha: 19.666 dólares. El precio más alto que alcanzó Bitcoin en su primer año de circulación fue 39 centavos de dólar y actualmente, a las 16:23 del 8 de enero de 2019, su valoración es de 4.079,01 dólares.

Desde 2009, año de su creación, no han dejado de emitirse nuevas criptomonedas —la más famosa después de Bitcoin es Ethereum— y la literatura creada sobre el futuro del dinero, de las transacciones y de las regulaciones tras esta irrupción es inagotable. Mucha gente ha ganado mucho dinero con la pura y simple especulación. Ésta, hasta ahora, ha sido un elemento incuestionable de los constantes auges y caídas de las criptomonedas, es cierto. Pero su surgimiento ha traído una tecnología de la cual aún no podemos predecir cómo va a transformar nuestra sociedad: blockchain (cadena de bloques), un registro inmutable, abierto, anónimo, descentralizado y global que arroja funcionalidades en todos los sectores económicos.

PUBLICIDAD

Como ejemplo ilustrador para entender el funcionamiento de la cadena de bloques, pensemos en la compra de una casa. Registrar una propiedad (el concepto administrativo de la publicidad es esencial para mantener un sistema de propiedad privada) requiere de trámites, costes e intermediarios: grosso modo, escritura pública ante Notario con su coste e inscripción en el Registro de la Propiedad previo abono de tasa. Con la cadena de bloques, todas las transacciones que se realizan sobre una propiedad, desde que se ha terminado la obra hasta la adquisición de su actual propietario quedarían grabadas, permanecerían intocables sin necesidad de intermediarios y costes y estarían al alcance de cualquiera con acceso a internet. La información estaría dividida en varias bases de datos deslocalizadas por el mundo. Blockchain se erige así como un gran registro inalterable a la vista de todos; como un generador de verdad absoluta (lo que está en la cadena de bloques es la verdad) y todo lo demás está sujeto a la manipulación de organismos certificadores.

Los Estados y las grandes organizaciones reguladoras están desorientadas ante tal potencial. El dinero y las transacciones empezarían a estar emitidos y registrados en muchos sitios a la vez, ninguna autoridad nacional o central los controlaría. Este sistema, a priori, ahorraría dinero, proveería a la ciudadanía una transparencia jamás alcanzada en la gestión y administración pública y privada, y generaría más confianza. No obstante, y sin entrar en las actividades ilegales y criminales, abre la puerta al fin de las naciones tal como las hemos concebido.

Las criptomonedas y el blockchain aspiran no sólo a cambiar el dinero, uno de los ejes vertebrales de la Humanidad, sino también la forma de pagar por bienes y servicios, la forma de registrar cualquier transacción o evento, y la forma de gestionar todo tipo de organizaciones humanas. Y lo hacen diseñando un nuevo escenario de operaciones: el mundo entero, sin fronteras ni ataduras.

Nos encontramos, pues, ante nuevos instrumentos propios del mundo líquido, herramientas posmodernas que azotan las costuras de las estructuras establecidas. Una expresión más de la ciudadanía mundial predicada por el globalismo. Un paso gigante hacia la “aldea global” teorizada por Marshall Mcluhan. Un camino, en suma, en donde las naciones y sus controles e instituciones empiezan a sobrar.

Y es que, si los Estados pierden el control sobre el dinero que se emite y que se usa, si Hacienda ya no puede encontrar dinero alguno con el que financiar las instituciones del Estado, ¿cómo podrán pagar a los policías, a los jueces, a los funcionarios? ¿cómo podrán pagarse carreteras, hospitales y escuelas? Si los Registros públicos ya quedan obsoletos ante el blockchain, ¿qué sentido tiene que sigan existiendo? Una cosa es reducir el peso del Estado y la carga impositiva; otra cosa muy distinta, es hacerlos desaparecer.

Todo este proceso de volatilidad y extensión del dinero no es nuevo, ni se inició en 2009 con el nacimiento del Bitcoin. El origen es el día 15 de agosto de 1971, cuando el entonces presidente de EE UU, Richard Nixon, abandona el patrón oro como sustento del dólar (divisa sobre la que se sustentaban todas las demás) y comienza la era del dinero fiduciario: basado en algo intangible como la confianza. El valor del dinero fiduciario depende de la declaración por parte de un Estado o de un Banco Central de que es precisamente dinero. Abandonar el patrón oro hizo saltar por los aires los techos del gasto público, el endeudamiento, la devaluación de la moneda y la expansión del crédito. Como todo gran cambio disruptivo, trajo efectos positivos y también negativos.

Visto con perspectiva, las criptomonedas son una evolución lógica: también se basan en la confianza (el precio lo establecen los usuarios mediante el juego de la oferta y la demanda) y más allá de los aspectos positivos, no hay que tener una bola de cristal para vislumbrar lo que se ve al final del túnel: monedas globales, registros globales, transacciones globales y relaciones globales.

Hace diez años nadie hubiera pensado que una moneda digital y no regulada iba a funcionar; mucho menos, que un sistema global de estructura de información de datos como blockchain adelantaría a todos los sistemas de almacenamiento de información preexistentes. Hoy ambos aspiran a convertirse el nuevo modelo transaccional en la economía mundial. Los Estados y las autoridades regulatorias, si no quieren desaparecer, tendrán que encontrar un modelo para poder adaptarse y alzar la cabeza ante este cambio. Muchos ya lo están haciendo, como Suiza.

Las naciones deben luchar por su supervivencia y, en lugar de ver todo invento de la posmodernidad como una amenaza, encontrar, no sólo formas de coexistencia, sino también oportunidades para prosperar. De lo contrario, la extensión de las criptomonedas y del blockchain dejarán a las naciones, a lo sumo, en meros conceptos culturales.