Centinela contra misioneros

Con vidas en cierto modo paralelas, los trágicos finales de Cáncer y Allen nos recuerdan que la cruz siempre necesitó del respaldo, más o menos explícito, de la espada.

Hace algo más de un mes, la prensa mundial se hizo eco de la muerte de John Allen Chau a manos de los indios flechadores de la isla de Sentinel –Centinela en español-, enclave que constituye una suerte de cápsula del tiempo antropológico en la que viven aislados de todo contacto exterior los descendientes de los primeros humanos que salieron con éxito fuera de África hace aproximadamente 60.000 años. Bajo la coartada profiláctica, Survival International trata de preservar a esta fiera sociedad de una epidemia que pudiera poner fin a un colectivo que sobrevivió a las campañas que diezmaron a numerosas tribus en los tiempos de la ocupación colonial británica. Tal es la fragilidad de los aborígenes que, desde hace un año, el gobierno de la India prohibió, so pena de una condena de prisión de hasta tres años, la toma de fotografías o de vídeos de estos naturales. Sin embargo, la fuerza de tan severa prohibición no fue obstáculo para que el norteamericano Chau, movido por la fe en Jesús, pisara la isla en la que su figura terminó por adoptar los perfiles de un san Sebastián contemporáneo pues, en efecto, al igual que el efébico santo que tantas pasiones ha movido, el joven, de 27 años, cerró su vida protagonizando un martirologio. Asaeteado, su cuerpo cayó sobre la arena de la playa de Sentinel, sin poder siquiera comenzar su apostolado.

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Chau, integrado en All Nations Family, estaba convencido de la inminente segunda llegada de Jesús y, de algún modo, su acción suicida trató de desencadenar la parousía en la que creía firmemente. No en vano, All Nations Family, está adherida al Pacto de Lausanne en el que se afirma: «Creemos que Jesús regresará personal y visiblemente, en poder y gloria, para consumar su salvación y su juicio. Esta promesa de su venida es un estímulo adicional para nuestro evangelismo, porque recordamos sus palabras de que el evangelio debe predicarse primero a todas las naciones». A esta última tarea se aplicó ardorosamente Allen, con el resultado por todos conocido.

La muerte del misionero de Washington evoca, de algún modo, a Bartolomé de Las Casas, pues el tardío dominico sevillano, inflamado por «la voz que clama en el desierto» de fray Antonio de Montesinos, también trató de mantener a los indios –los del Nuevo Mundo- en una suerte de Edad de Oro, liberándolos de unos penosos trabajos de los que deberían ocuparse los esclavos negros, color de piel, por cierto, de quienes ultimaron a Allen. Imbuido por una armonismo y un pacifismo sin límites, Las Casas, gran proveedor de materia negrolegendaria de los enemigos del Imperio español, obtuvo un permiso para tratar de implantar una nueva sociedad despojada de los vicios asentados en la vieja Europa. El lugar en el que se le permitió implantar su particular visión fue un terreno de unas doscientas lenguas de extensión en la venezolana Cumaná. Allí, su fértil imaginación proyectó la creación de una nueva orden militar compuesta por caballeros de espuelas doradas. Sustentado por misioneros, el experimento, sin embargo, fracasó estrepitosamente.

Aquel revés no arredró a Las Casas, quien, a partir de 1537 puso en marcha otra experiencia parecida: la de la Vera Paz, con similar final, pues los indios lacandones, lejos de ser los mansos corderos de los que hablaba en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, acabaron con la vida de algunos misioneros y se resistieron a abandonar la idolatría y otras prácticas bárbaras. Años más tarde, los discípulos del Obispo de Chiapas impulsaron un nuevo ensayo. El encargado de llevarlo a cabo fue su compañero de orden Luis de Cáncer que, en 1549, encabezó una expedición a La Florida en la que encontró la muerte a manos de aquellos a los que pretendía hacer llegar la fe católica.

Con vidas en cierto modo paralelas, los trágicos finales de Cáncer y Allen nos recuerdan que la cruz siempre necesitó del respaldo, más o menos explícito, de la espada.