Afrancesados

Emmanuel Macron

Los afrancesados de ayer y de hoy no toleran a los bravos españoles del 2 de mayo porque no se detuvieron a hacer cálculos, porque antepusieron el honor a la prosperidad

El jueves pasado, 2 de mayo, conmemorábamos el levantamiento de la España popular contra la ocupación napoleónica. Bueno, algunos lo conmemorábamos, agradecidos, y otros lo lamentaban en la pocilga tuitera, con esa inclinación a la bajeza tan suya. Este texto, cuyo autor no desvelaremos porque no viene al caso, es paradigmático: ‘Ojalá un Bonaparte en el trono desde 1808. Ojalá un Estatuto de Bayona. Ojalá Ilustración en lugar de Inquisición. El 2 de mayo es la historia de un drama. De un pueblo que se equivocó de rey. Tiempo tendrían de lamentarlo’.  

PUBLICIDAD

Aunque injusto, parece comprensible que uno se vea a sí mismo como epítome de todo lo virtuoso y, al tiempo, proyecte en su antagonista todos los males que han asolado este mundo. Pero resulta incomprensible que alguien – este español de Twitter y otros tantos – se perciba a sí mismo como putrescente despojo y atribuya a su enemigo un bien que ni por asomo le corresponde. A primera vista, contemplándolo en lontananza, podríamos pensar que se trata de una heroica expresión de humildad. Pero no. Es una humildad delicuescente, degenerada, desligada de la razón y de la realidad. Es servilismo. 

Podemos identificar, no obstante, la raíz de ese servilismo, de ese afrancesamiento de ayer y de hoy: por un lado, una mentalidad utilitaria que desprecia la nobleza, el honor y el sacrificio rebajándolos a la condición de atavismo, de reminiscencia folclórica; y, por otro lado, una delirante aversión a lo propio.   

La mentalidad utilitaria 

Nos hemos referido en ingentes ocasiones en esta tribuna a los nefandos efectos de la mentalidad economicista, que sustituye los viejos criterios de moralidad – el bien, la verdad y la belleza – por el pragmatismo. La utilidad se torna, así, en el fin que debe inspirar todas las acciones humanas, que ya no tenderían a la perfección, sino a un bien inmediato, palpable, tangible. 

En los afrancesados de ayer y de hoy subyace esta mentalidad. Son incapaces de comprender el levantamiento del 2 de mayo, la sublevación contra el invasor galo, porque han reducido al hombre a la condición de hombre de negocios. Francia traía consigo el progreso, la prosperidad, el desarrollo… ¡No había nada que objetar! España se habría convertido en una colonia, sí, pero en una colonia próspera. Hay veces, piensan para sí los afrancesados, que la opresión es deseable, que, como reza el famoso verso de Leopardi, “naufragar es dulce en este océano”…  

Los afrancesados de ayer y de hoy no toleran a los bravos españoles del 2 de mayo porque no se detuvieron a hacer cálculos, porque antepusieron el honor a la prosperidad. Preferían vivir libres, aunque esa libertad implicase penurias inefables, a vivir subyugados, aunque esa subyugación conllevara una prosperidad jamás imaginada. Entre España y el progreso, se decantaron por España. Entre la certeza de la dignidad y una promesa de prosperidad, eligieron la primera. No querían regalar al enemigo lo que les pertenecía, por mucho que esa determinación suya supusiese perder el ‘tren de la historia’, que pasaba ligero ante sus ojos. 

Odio a lo propio 

Hay, no obstante, otro tipo de afrancesado, quizá más burdo e instintivo. Es el que detesta el levantamiento contra los franceses porque, en realidad, detesta todo lo que desprende el limpio aroma de lo español. Su problema no es con el honor o el sacrificio – él mismo se sacrificaría para defender cualquier causa, ya sea la capitalista, la proletaria o la animalista -, sino con España, con sus ancestros.  

Antes descartábamos la posibilidad de que el afrancesamiento tuviese algo que ver con la humildad. Deberíamos decir más. Tras este afrancesado que enaltece lo ajeno porque aborrece lo propio se esconde una inconfesable soberbia. La soberbia que le impide al hombre contemporáneo reconocer los logros de las generaciones pretéritas, la soberbia que le hace incapaz, en fin, de recibir y agradecer. Nada que proceda de alguien distinto a él mismo merecerá su elogio.  

El recuerdo del 2 de mayo de 1808 no debería despertar en nuestros corazones sino gratitud y esperanza. Por un lado, gratitud hacia esos españoles que se resistieron a rendir la patria a su tradicional enemigo. Y, por otro lado, esa esperanza que se funda en la conciencia de que a la lóbrega noche de la opresión le sigue siempre, es ley de vida, el esplendor de la alborada.  

por Julio Llorente.

Periodista y casi graduado en Relaciones Internacionales. He pasado por La Gaceta, esRadio y Radio María. La belleza es verdadera y buena, el bien es verdadero y bello, y la verdad es bella y buena.