Talleyrand vive

Más de doscientos años después de la partida del único monarca francés que ocupó el trono de España, la sombra del legendario constructor de plazas Joseph-Napoléon Bonaparte (que de él se trató) todavía sobrevuela la Península Ibérica y sus risas se escuchan desde el Más Allá.

Con un cierto complejo de inferioridad hacia todo lo que surge desde allende los Pirineos cristalizado en el advenimiento del ex primer ministro de Francia -el barcelonés Manuel Carlos Valls Galfetti- como esperanza blanca para la política catalana, la influencia gala en los asuntos públicos españoles adquirió en estos últimos tiempos un tono inquietante al recibir, desde el Elíseo, una amenaza cuanto menos insolente: Se castigará a Ciudadanos en caso de concretar alianzas políticas con VOX, la bestia negra de la política española.

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Lo que en cualquier país europeo orgulloso de sí mismo y con cierto grado de autoestima provocaría una crisis diplomática, en España fue visto por amplios sectores del progresismo como la reprimenda amable que un padre estricto pero justo le aplica a un hijo díscolo. A partir de esta tesis, nuestro país debería seguir los dictados de una Francia preocupada por la deriva derechista producida a partir de la llegada de los veinticuatro de VOX al Congreso de los Diputados u así lo aceptan, sin complejos, amplios sectores de la opinión pública vernácula, configurados como los nuevos afrancesados. Resuenan las palabras de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) cuando le pedía al hermano de Napoleón que construyera en España una sociedad basada “en la razón, en la justicia y el poder”. Vale agregar, en un grotesco giro del destino, que -a diferencia de lo ocurrido hasta ahora en nuestro país- en Francia sí llegó la derecha identitaria a tener opciones claras de alcanzar el poder: nos referimos a la segunda vuelta electoral que, en 2002, sacudió los cimientos de la política francesa cuando el indómito Jean Marie Le Pen enfrentó a Jacques Chirac en un auténtico aviso para caminantes.

En este sentido adquiere singular importancia la publicación de Qué hacer con la extrema derecha en Europa: el caso del Frente Nacional (Lengua de Trapo, 2019). Eficientemente prologado por el conspicuo Pablo Simón, este preclaro texto del sociólogo, filósofo e investigador de la Universidad Complutense de Madrid Guillermo Fernández-Vázquez (Madrid, 1985) se sale de los vetustos y esquemáticos moldes de análisis propuestos por la izquierda nacional y transnacional. Fernández propone -y acierta en proponer- que para entender la consolidación de las derechas identitarias europeas.

Abjurando de un error clásico del progresismo español, que prefiere dejar de lado los motivos reales del afianzamiento de opciones representadas por VOX en España, Alternative für Deutschland (Alternativa por Alemania), el Partij voor de Vrijheid (Partido de la Libertad) en los Países Bajos, Noi con Salvini (Nosotros con Salvini) en Italia y -más precisamente- Rassemblement National (Agrupación Nacional, antes Frente Nacional) en Francia, el joven pero erudito académico madrileño pone los puntos sobre las íes acerca de por qué la derecha identitaria parece responder a las demandas de sectores de la sociedad antaño representados por la izquierda. En qué falla el progresismo, por qué se alejó de los anhelos ciudadanos y cómo dejó el camino expedito para que formaciones políticas alternativas ocupen su espacio es el nudo central de un libro indispensable.

La moraljea de la historia: es a todas luces evidente que no se realizarán los proyectos españoles siguiendo los dictados de países ajenos e, incluso, contrarios a los intereses nacionales.

Talleyrand vive. La lucha sigue.

por Eduardo Fort.

Soy porteño, es decir, de Buenos Aires. Escéptico, pero curioso y abierto a lo que pueda suceder. Defensor de la libertad -cuando hace falta- y el respeto a los valores occidentales. Amante del cine, la literatura, la música y el fútbol. Creo en Clint Eastwood, Johan Cruyff y Jorge Luis Borges. Soy licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Estudios Norteamericanos por la Universidad de Alcalá.