Se vende ninot de Soros para quemar

Antes, los horteras y los nuevos ricos ponían a sus amantes un palco en la ópera; ahora las llevan a ARCO para que compren cositas con las que decorar el dúplex en que las aparcan. Otra prueba de que era mejor el mundo de antes. En Madrid se ha inaugurado una nueva edición de ARCO. Si aceptamos el aforismo de Nicolás Gómez Dávila de que “Toda obra de arte nos habla de Dios. Diga lo que diga”, podemos reprochar a ARCO que no contenga nada que conmueva el alma, sino solo la cartera. En vez del soplo divino, el tintineo de las monedas.

¿Y qué es una edición de ARCO sin su escándalo? Después de una figura de Franco en una máquina de Coca-Cola o algo así (no tengo ninguna gana de comprobarlo), el mismo artista o uno inspirado por él (me siguen faltando ganas) ha presentado un ninot de cuatro metros del rey de España que el comprador debe comprometerse a pegarle fuego dentro de un año. El precio, que es lo que indica la originalidad y la excelencia de la obra, 200.000 euros.

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El arte verdadero turba al espectador, se trate de tallas babilónicas, mosaicos romanos, arcos románicos, sepulcros góticos o cuadros de C. D. Friedrich. El actual, o el que se llama así, por el contrario, causa risa, asco, indiferencia y bostezos. El artista, para provocar esa turbación, de alguna manera debe apartarse del mundo a fin de tocar la belleza y traérnosla, o, al menos, alejarse de las modas, sean las que sean, estéticas o políticas.

En ARCO, por el contrario, los creadores y los marchantes saben muy bien cuáles son los límites que no deben cruzar para mantenerse dentro de la jaula del hámster y seguir haciendo caja, es decir, los tabúes de la opulenta sociedad occidental de 2019.

Supongamos un ninot del papa Francisco para quemar. ¿Provocaría algún escándalo en los policías del pensamiento? Ninguno. Ofrézcase a la hoguera, en cambio, un ninot de ese filántropo llamado George Soros, que alimenta con su fortuna ganada en la especulación financiera cientos de asociaciones y fundaciones, a ver qué les ocurre al artista y a su marchante. Caerían sobre ellos las acusaciones de delito de odio, de antisemitismo, de aliados del populismo.

Haga el mismo ejercicio con una monja de clausura, del estilo de la Madre Maravillas o Santa Teresa de Jesús, o sea, de las auténticas, y con Lucía Caram. Ésta es inatacable porque es la monja que le gusta a ese enemigo del alma que es el mundo: niega dogmas marianos, reduce la Iglesia a una ONG, se pasea por los platós de las televisiones, se enfanga en política, apoya la eliminación de fronteras y la destrucción de España como nación…

¿No sería verdaderamente provocador un ninot para quemar de una feminista en posición de orinar, de un banquero, de una drag-queen, de una musulmana con velo, de un inmigrante africano, de un ecologista, de un oso panda…? Entonces los mismos que sonríen ante el muñeco de Franco negarían la libertad de expresión artística y reclamarían la censura.

Porque Franco, el rey Felipe, el Papa o Trump, ya sean ellos o ya lo que representan, no son políticamente correctos. La feminista, el inmigrante, la musulmana, el ecologista, Obama y Soros, sí lo son.

Cuando las pintadas callejeras que ensucian nuestras ciudades se han convertido en arte oficial y, por tanto, objeto de mercadeo, la provocación consiste en ir a misa en latín, llevar corbata (¡ah, los trajes de Tom Wolfe!), tratar de usted a los desconocidos y otras conductas que se consideraban normales en tiempos de nuestros abuelos.

¡Qué aburrido es un artista que va de original y se limita a inspirarse en los telediarios! Lo mismo que le ocurre el Wyoming: siempre los mismos chistes de sal gorda sobre los mismos personajes. Sin riesgo o sin sufrimiento no hay gloria. Quizás dinero a paladas, pero gloria y eternidad, ninguna.