San Foucault

No, no es de la vida heroica y apasionada del mártir Charles de Foucauld, morabito cristiano, de quien trata este artículo, sino de El puto San Foucault, así denominado (y con abundantes razones para ello, incluso en nuestra etimología castiza) por el filósofo François Bousquet. En su obrita, recién publicada por Ediciones Insólitas, Bousquet procede a una breve y demoledora deconstrucción del filósofo que está en las raíces del pensamiento postmarxista de nuestra era, de ese extraño machihembrado entre el anarquismo de raíz stirneriana y el neoliberalismo libertario de un Hayek o un Friedman. Este pensador, arquetipo de intelectual francés del 68 y personaje privado que no desmerecería del género bizarre más duro, encarna mejor que nadie la evolución de las izquierdas occidentales desde el Mayo francés de tan infaustas consecuencias.  

Recordemos que en aquella primavera del 68, entre París y Praga, murió el marxismo, aplastado por los tanques soviéticos en Checoslovaquia y por el divorcio entre la clase obrera y los universitarios en Francia. Sí, en ese mayo en el que el general De Gaulle huyó a Alemania presa del pánico y en el que el comunismo soviético demostró que era incapaz por su propia naturaleza de mostrar un rostro humano, los niñatos bon chic-bon genre trotskistas, maoístas, guevaristas y sartrianos de la Sorbona y Nanterre descubrieron que a los obreros les bastaba con una subida del salario y con unos buenos servicios sociales para renunciar a la Revolución y para gozar de sus múltiples y unidimensionales alienaciones. El viejo Marx pasaba de moda y era sustituido por los teóricos a los que el fundador del socialismo “científico” sometió a escarnio en La Sagrada Familia y en La ideología alemana. Resucitaban los socialistas utópicos, desde  Fourier y Babeuf hasta Stirner y Bakunin. Peor aún, la crisis de valores encontraba poderosos auxiliares en su obra de demolición con el comunismo nihilista de Sartre, el feminismo de la Beauvoir (¿En serio la gente se lee el centón aburridísimo de El segundo sexo?) y con el freudomarxismo extremadamente reduccionista, aunque de alambicada lectura, de Marcuse y su Eros y civilización.

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Es en ese medio de universitarios burgueses, ebrios de utopía y abstemios de praxis, donde surge la French Theory, la constelación de intelectuales hipercríticos que nos ha llevado a los europeos por la senda del nihilismo teórico y la dictadura de las minorías. En esta gran industria de disolventes culturales que es la Academia posmoderna, pocos tienen efectos tan corrosivos como Michel Foucault, perverso producto de una élite ahíta de sensaciones y necesitada de nuevos y más fuertes experimentos. La obra de Foucault es una gran negación, un rechazo de las estructuras básicas de toda sociedad civilizada, de cualquier mínima estructura de orden y de cordura: el antípoda de Charles Maurras y de lo que el gran Pol Vandromme denominó L’Église de l’Ordre.   Es un Rousseau desprovisto de genio literario, un marqués de Sade  sin más prisiones que los cuartos oscuros, un ersatz de Marx para uso de doctorandas, el Andy Warhol del  pensamiento débil, que carece de la verdad criminal de un Genet, del malditismo  genuino y barriobajero de un Joe Orton, de la entereza y la belleza radical de un Pasolini; si pensamos en Foucauld, sólo se nos puede venir a las mientes un Des Esseintes sociólogo: un burgués fatigado y estéril, aburrido hasta de sí mismo y con una muy freudiana pulsión de muerte. Un pensador tanático. Su terrible destino fue acabar en el Collège de France como rebelde con cátedra.

Hoy Foucault es santo y seña, alfa y omega, tótem sin tabú, fetiche y máscara de todo lo que vuelve irrespirable lo que queda de la cultura europea, de las fuerzas que se confabulan para el reino final del nihilismo, para la apoteosis de una humanidad sin atributos, entregada al culto del ego y de lo inane y transitorio, de lo líquido.  ¿En qué consiste su mérito? En poner la civilización europea del revés. Sin demasiado talento, con la automaticidad de un espejo, con datos discutibles y hoy ya desacreditados. Da igual: cien años después de Marx, la izquierda occidental encontraba otro profeta, aunque menor. Y muy distinto del doctor de Tréveris, pues el parisino era tan asiduo de los clubs de ambiente como el alemán de la Biblioteca Británica. Esto también se nota en el calado de sus obras. Triste tiempo el nuestro, que frecuenta tales referencias.

Pero la tierra de promisión de este burgués masoquista no se encontrará en ninguna revolución genocida de las que tanto gustaban a Sartre, como Camboya, China o Argelia, sino en los Estados Unidos. Y aquí, sin duda, reside la gran originalidad de Foucault; fue el primer miembro de la gauche caviar en descubrir que el paraíso estaba en América, que Nueva York o Las Vegas eran la Tierra Santa del progresismo europeo y no La Habana o Pekín. Así llegó a las mecas y medinas yankis la French Theory, convertida hoy en dogma y religión oficial de todo el tinglado universitario mundial. Como escribe Bousquet, “lo que a la vez le llama la atención, agudiza su curiosidad y estimula sus fantasías es que el neoliberalismo se presenta como la más prometedora de las obras: terra incognita experimental y caldo de cultivo hostil a todo encuadramiento, a toda restricción, a todo principio de precaución […] He ahí lo que le ofrece el neoliberalismo: una promesa de atomización social, de inseguridad cultural, de desorden. Entropía y caos: imposible soñar nada mejor”. La igualación radical de la sociedad de mero consumo e intercambio de Hayek se encuentra con los ideales de deconstrucción cultural de la nueva izquierda europea de los sesenta. Foucault, el anarquista BDSM, descubre la cuadratura del círculo, la piedra filosofal de la que saldrán la corrección política, el hembrismo, las teorías de género, el animalismo y toda la ingeniería social de la Open Society: la izquierda radical capitalista, sin lucha de clases ni emancipación de las mayorías, sino burguesa-bohemia, ultraindividualista, defensora de las minorías y partidaria de un mercado mundial que no estorben pueblos, estados, soberanías, culturas o religiones.    

En eso estamos.