Relaciones de amistad

Hemos insistido en estos artículos en las nefandas consecuencias antropológicas del capitalismo, que deteriora hasta el extremo las relaciones humanas. Así, éstas ya no se fundan en el encuentro personal con el otro, con un sujeto semejante a nosotros, sino en la enfermiza búsqueda de objetos que sacien nuestras necesidades y apetitos. Por obra del capitalismo, percibimos al prójimo como un medio del que podemos disponer, y no como un sujeto al que debemos amar.

Quizá los efectos de este cambio de mirada sean más evidentes en las relaciones de pareja o conyugales, pero también se extienden, como indómita mancha de aceite, a las relaciones de amistad. De modo cada vez más frecuente, nos topamos con amistades, en apariencia vigorosas, tras las que subyacen intereses inconfesables, ya sean profesionales, económicos u otros incluso más oscuros. Ya no se trata de un encuentro interpersonal – fundado necesariamente en el mutuo reconocimiento como sujetos –, sino de un velado intercambio comercial.

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Ello explica la naturaleza incompleta de las amistades de nuestro tiempo. Paradójicamente, cuando convertimos el placer, la prosperidad o la satisfacción personal en fines de una relación de amistad, éstos se vuelven tan inaccesibles como cualquier ensoñación quimérica. En cambio, cuando no pensamos en ellos, sino sólo en entregarnos al otro, se dan por añadidura, como frutos de un árbol cuidado con celo. Los efectos naturales de la amistad (el gozo, la prosperidad o la satisfacción personal), por decirlo de modo más explícito, dejan de producirse cuando los tornamos en fines.

El abrazo incondicional

Este ambiente hostil no impide, en cualquier caso, que florezcan amistades verdaderas, igual, del mismo modo casi milagroso, que emergen edificios bellos en ciudades inequívocamente horrendas. Al final, el hombre está hecho para salir de sí mismo, trascender sus límites corporales y espirituales, y vincularse amorosamente al otro. Es su vocación más natural, y ésta acaba imponiéndose a cualquier experimento ideológico.

El verdadero amigo se acerca a nosotros por afinidad o casualidad, sí, pero permanece a nuestro lado incluso cuando la afinidad se ha desvanecido y las circunstancias no le obligan a hacerlo. Aunque en primera instancia le atraigamos por el modo en que pensamos, por nuestra popularidad, por nuestro conocimiento o por todo lo contrario, acaba envolviéndonos en un abrazo incondicional, plenamente desinteresado. Se compromete tácitamente con nosotros, que no somos para él medio sino fin.  

Y de ese inexpugnable compromiso brotan los hermosos frutos de la amistad. Nuestros amigos nos ayudan superar los trances más amargos, nos impulsan con su inasequible aliento, porque antes nos han abrazado como sujetos encarnados. La amistad, para ser verdadera, nos exige trascender el ámbito del cálculo de oportunidad; nos exige, en fin, amar al otro en tanto que otro, amarlo hasta el punto de anteponer su bien al nuestro.

El mito de la independencia

Existe la tentación, no obstante, de encerrarnos en nosotros mismos, de creer que basta con nuestro propio esfuerzo para alcanzar lo que deseamos. Pero esto es enteramente falso: necesitamos al otro; sin él jamás podremos saciar nuestros anhelos. Ni los más superficiales, como la prosperidad económica, ni los más íntimos y peculiarmente humanos, como la felicidad.

Los restos del pecado original siguen causando estragos. Todos percibimos el vasto abismo que media entre nuestros deseos y lo realizable, abismo que, en los instantes más luctuosos de nuestra existencia, se nos antojará insalvable y paralizador. Sin embargo, si dejamos de mirar bulímicamente nuestro propio ombligo, nos percataremos de que la desproporción no es insalvable, de que hay un asidero al que nos podemos aferrar.

Ese asidero es, como ya hemos sugerido, el prójimo. Nuestro inherente anhelo de felicidad es satisfecho en el encuentro con una persona que nos abraza incondicionalmente. Al lado de esa persona hallaremos la plenitud que el hombre contemporáneo busca infructuosamente tras la pantalla de su teléfono móvil, en una web pornográfica cualquiera. Al lado de esa persona comprenderemos, en fin, que nuestra presencia en el mundo no es casual o penosa, sino una ofrenda de amor.