Regresar al humanismo

Gracias a mi librero de Utrecht, he adquirido las obras completas de Johan Huizinga, uno de los grandes humanistas de los Países Bajos y el autor de ese libro maravilloso que es “El otoño de la Edad Media”. En España, esta obra maestra, que iba a ser un estudio de la pintura de los hermanos Van Eyck y terminó convertido en un precioso retrato de la mentalidad medieval, la publicó Ortega en la Revista de Occidente en 1930. Desde que la leí, me enamoré del periodo, del autor y de los Países Bajos. Son tres pasiones que aún hoy mantengo sin quebranto. 

Huizinga representa la tradición erudita y humanista a la que pertenece nada menos que Erasmo de Rotterdam -me pongo en pie para nombrarlo- y que ha alumbrado algunas de las horas más luminosas de Europa. En este sentido, admitamos que quedan pocos estudiosos totales como Huizinga, capaz de escribir con autoridad y rigor acerca de todo lo humano y buena parte de lo divino. Él mismo biógrafo de Erasmo, este profesor de la Universidad de Leiden, de la que llegó a ser rector entre 1933 y 1934 dejó una obra en ocho volúmenes -el noveno son los índices- que nos admira y nos conmueve. Este hombre escribe sobre la India y sobre Indonesia, sobre la cultura de los Países Bajos, Flandes y Francia, sobre el Renacimiento y sobre América. En sus páginas encontramos a Dante, a Durero, al siempre presente Erasmo. Su obra y, en cierto modo, también su vida, reflejan el ansia por conocer que revela al hombre de letras que no se encierra en una biblioteca, sino que parte de ella para descubrir el mundo. Estudió en Groningen y en Leipzig. Enseñó en Haarlem, en Amsterdam y en Leiden. Dominaba el sánscrito y su tesis doctoral trató sobre la figura del bufón en el teatro indio. Alertó del ascenso del fascismo en Europa y se opuso a la ocupación de su país por los alemanes. Los nazis lo detuvieron en 1942 y le prohibieron volver a Leiden. Murió poco tiempo antes de la liberación por los aliados.

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Suelo recordarlo cuando visito los grandes museos de los Países Bajos y Bélgica en busca de los tesoros del arte medieval. A veces lo imagino, por ejemplo, en el Catharijne Convent de Utrecht admirando el Breviario de Beatriz de Assendelft con su maravilloso colorido o explicando el programa iconográfico del Altar del Rin Medio resplandeciente de dorados azules y rojos. En estas obras de arte que se exhiben en Gante o en Bruselas, en Brujas y en Ámsterdam palpita la Edad Media que se prolongó en el Renacimiento. No fue tanto, nótese bien, una ruptura como una evolución. No están muy lejos los dorados resplandecientes de Duccio di Buoninsegna y de Fra Angelico.

Hay todo un tesoro del humanismo neerlandés por redescubrir en nuestros días. Frente a la barbarie de la especialización – ¡ay, Ortega! ¡cuánta razón tenías!- hemos de volver a la visión completa del ser humano en todas sus dimensiones, desde la lúdica, que Huizinga exploró magistralmente en «Homo Ludens»- hasta la religiosa que, para el hombre medieval, resultaba evidente. Scholem advirtió que «hay un misterio en el mundo». El gran humanista judío señaló que «el mundo es también lo que vemos, pero no se agota en lo que vemos. Los cabalistas eran simbolistas. […] Si el sentimiento de que el mundo esconde un misterio desaparece alguna vez de la humanidad, todo habrá acabado». Creo que esta visión no hubiese resultado del todo ajena a Huizinga -tengo que averiguar si se conocieron- que la identificó al descifrar y contextualizar el universo simbólico del «Roman de la Rose». También resuena esta visión en el C.S. Lewis de «La alegoría del amor».

Necesitamos rescatar el humanismo como actitud ante la vida. La obra de Huizinga destila esa valoración del ser humano que los grandes autores de la Edad Media, el Renacimiento y buena parte de la Modernidad reconocieron a partir de su dignidad intrínseca. Hay alternativas a la reducción de la persona a un recurso, un consumidor o un productor de datos y de contenido.

En el fabuloso Rijksmuseum se conserva una pequeña cuenta de rezo con su estuche. Es una pieza de madera de boj 9x4x2 centímetros. Por fuera, parece la cuenta de un rosario. Sin embargo, en su interior, tiene dos tallas extraordinarias que representan el Camino al Calvario y la Crucifixión. La pieza se talló hacia 1510 para una familia notable de Delft. Se empleaba para la devoción privada y nos habla de un tiempo y un lugar en que el ser humano no había vuelto la espalda al Misterio. Por fuera, sólo parece un objeto entre los objetos, pero en su interior encierra un tesoro que nos habla de un tiempo de esplendor artístico en los Países Bajos, es decir, en Europa. Me hubiese gustado poder admirarla junto a Huizinga.