Redes sociales

Hay momentos que, por su trascendencia, no deben compartirse sino con personas que significan algo para aquéllos que los viven.

Cuando comentamos hace días con un conocido nuestra orfandad de ideas para el presente artículo, nos impelió a escribirlo sobre cierta instagramer que se casa este sábado y que, al parecer, va a retransmitir su enlace en directo a través de la web de una famosa revista, de tal modo que sus ingentes seguidores no se pierdan ni el más mínimo detalle. A priori, el tema no nos entusiasmaba, pero acabamos percatándonos de que, utilizándolo como gancho, podíamos reflexionar sobre la naturaleza corrosiva de las redes sociales, que han devenido en fábricas de frustración y en verdugos de la comunicación propiamente humana.

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Según tenemos entendido, dicha instagramer comparte con sus seguidores hasta el detalle más insustancial de su vida, por lo que la retransmisión en directo de su boda, más que sorprendernos, nos apena. Quizá no terminamos de acostumbrarnos a que incluso lo que debería ser un momento de celebración con Dios y los más allegados se torne en espectáculo para consumo de las masas.

Es cierto que hogaño la mayor parte de las bodas tienen mucho de escenificación frívola, pero hay algo especialmente sórdido en retransmitirla en directo. Eso implica, en fin, hacer partícipes de ella a personas con las que ninguno de los novios ha cruzado nunca una palabra o una mirada, abrir de par en par unas puertas – las de la intimidad – que deberían permanecer cerradas. Hay momentos que, por su trascendencia, no deben compartirse sino con personas que significan algo para aquéllos que los viven; momentos que debemos reservar a nuestro círculo no tanto por recelo hacia los de fuera como por amor a los de dentro (y a nosotros mismos).

Frustración

Como ya hemos señalado, estas instagramers fotografían o graban cada uno de sus movimientos. Presentan a sus cientos de miles de seguidores una existencia idílica, libre de sufrimientos y repleta de lujos. Es como si todos sus deseos se cumpliesen; como si sus vidas no tuvieran las inconsistencias que van minando las nuestras. Puede que en el interior de la cáscara no haya nada, sí, pero su apariencia es inmejorable.

Los efectos de todo esto en los abnegados seguidores, en aquéllos que consumen las excitantes actividades de las instagramers, terminan por revelarse devastadores. Cuando, tras acercarse a la vida de una de ellas, examinan la suya propia, les invade una corrosiva frustración: la monotonía, el sufrimiento, la rutina y la tribulación duelen más cuando cerca de ti, a golpe de teclado, tienes a alguien que parece no conocerlos.

Esa frustración conduce naturalmente a la envidia o, al menos, a una suerte de propósito de imitación. Los abnegados seguidores – que gozan, a su vez, de otros abnegados seguidores – se afanan por exhibir en las redes sociales una vida tan perfecta como la de sus instagramers predilectas. Una vida que en verdad no es la suya, pero que parece serlo.

El reinado de la apariencia

En cierto modo, la sobreexposición acaba alterando nuestra forma de relacionarnos con el otro y con lo real. Así, por ejemplo, dejamos de disfrutar con una persona amada o de un paisaje estremecedor; los utilizamos, más bien, para que nuestros abnegados seguidores vean lo mucho que disfrutamos, lo gozosa que es nuestra existencia y lo tediosa que es la suya. La intención de nuestros actos cambia: ya no pretendemos reír o celebrar, sino que nuestros amigos de las redes sociales vean que reímos o celebramos.

Cuando unas líneas más arriba nos referíamos a las redes sociales como ‘verdugos de una comunicación propiamente humana’, queríamos designar precisamente esto: una supeditación del ser al parecer. Las redes sociales dañan la comunicación porque entronizan la apariencia, porque son como escaparates de una tienda cutre. Allí, mientras exhibimos desenfrenadamente nuestros logros, ocultamos nuestras vergüenzas más inconfesables y nuestras tristezas más hondas.

La comunicación verdadera requiere, en cambio, de un compromiso pleno. Para que exista, la persona debe olvidar sus ansias de gloria y poner en juego todo su ser, incluso su lado más ridículo. Sólo recuperando la conciencia de esto podremos derribar el reino de la apariencia que las redes sociales han instaurado.