Por un ecologismo católico

El problema del ecologismo, como ocurre con las demás ideologías, radica en su incapacidad para definir las verdaderas causas de la situación que denuncia y proponer las soluciones adecuadas para superarla.

La derecha liberal tiende a juzgar con excesiva ligereza el ecologismo. En su imaginario, se trata de un movimiento integrado por personas a las que atávicos prejuicios ideológicos, así como una inconfesable añoranza de la vida cavernaria, impiden valorar positivamente el desarrollo económico. No obstante, la realidad no es tan simple. El ecologismo se subleva contra una situación irrefutablemente dañina (la explotación ilimitada de los recursos naturales) y, por tanto, no puede ser despachado con semejantes afirmaciones.

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El problema del ecologismo, como ocurre con las demás ideologías, radica en su incapacidad para definir las verdaderas causas de la situación que denuncia y proponer las soluciones adecuadas para superarla. En este sentido, los ecologistas, en sintonía con el maltusianismo rampante, pretenden persuadirnos de que el responsable de la degradación del medio ambiente es el hombre como tal. O, para ser más exactos, el exceso de hombres. Recordemos un titular del periódico El País en esta línea: ‘Hazte vegetariano, deja el coche y ten menos hijos si quieres luchar contra el cambio climático’.

Como ya hemos sugerido, las soluciones que propone tampoco son las idóneas. Quizá haya un problema de enfoque: ¿cuántas reuniones entre países se han organizado a propósito del cambio climático?, ¿cuántos acuerdos internacionales encaminados a combatir la contaminación atmosférica se han alcanzado? Muchísimos. Y, sin embargo, éstos no han alterado ni un ápice la realidad. Las ciudades continúan intoxicando el aire que respiramos y las industrias alimentarias siguen arrasando bosques en beneficio propio.

Las causas

Cuando los ecologistas aseguran que el principal motivo de la degradación del medio ambiente es el exceso de población, se revelan títeres del capitalismo, que anhela una disminución de la población global y es, además, el verdadero causante de esa degradación medioambiental. Así, convirtiendo la tierra en una simple mercancía y exaltando la eficiencia como criterio último de todo, este modelo económico ha modificado drásticamente la relación entre el hombre y la naturaleza. Mientras las comunidades previas consideraban la realidad natural como un don que debían cuidar con mimo, la sociedad capitalista la percibe como un mero objeto que puede ser explotado sin límite.

Ernst Friedrich Schumacher, en su genial obra Lo pequeño es hermoso, ilustra vigorosamente esto que acabamos de señalar: ‘Al granjero se le considera simplemente como un productor que debe disminuir sus costes e incrementar su eficiencia por cualquier medio posible, inclusive si haciéndolo destruye (para el hombre que consume) el estado del suelo o la belleza del paisaje, y aun si el efecto final es la despoblación del campo y la superpoblación de las ciudades’.

El capitalismo, que establece el lucro como fin último de la acción humana y el crecimiento económico como principal propósito de la política estatal, es responsable de ese cambio moral en que se halla el origen de la degradación del medio ambiente. Sustituyendo los antañones criterios de ‘bien’ y ‘belleza’ por los de ‘utilidad’ y ‘eficiencia’, ha permitido que las grandes empresas perpetren desmanes por doquier. Los desastres ecológicos provocados por ellas constituyen, en fin, la consecuencia lógica de la entronización del lucro y del triunfo de la ética utilitarista, indiferente por naturaleza a la idea de ‘bien’.

Las soluciones

Cuando descubrimos las verdaderas causas de los desastres ecológicos, nos percatamos de que las soluciones propuestas por los ecologistas (reducir la población global o celebrar obsesivamente foros internacionales) carecen de validez. En realidad, son tan poco efectivas como los esfuerzos del hombre que se embadurna de perfume barato para disimular su hedor.

Para combatir efectivamente la destrucción del medio ambiente, habremos de recuperar el equilibrio de la doctrina católica, distante tanto del panteísmo animalista, que niega la primacía del hombre, como de la rapacidad capitalista, que acaba reduciendo la realidad natural a mero instrumento. Habrá de restaurarse, pues, una suerte de concepción dualista de la naturaleza; una concepción que, al tiempo que asuma que podemos utilizar la naturaleza en nuestro propio beneficio, la reconozca como don que debemos transmitir, vigoroso, de generación en generación.

Precisamente en esto último se asienta una visión ecológica responsable: en aquella idea burkeana de que las comunidades humanas son mucho más que la oligarquía que por casualidad habita la Tierra en un determinado momento; de ellas participan también, en fin, las generaciones pretéritas y las generaciones que están por venir. Si reconocemos esta fundamental verdad, comprenderemos que debemos desvelarnos por el entorno natural como nos desvelaríamos por una casa heredada de nuestros padres, haciendo lo necesario por preservarla en el mejor estado posible para que nuestros hijos puedan gozar también de ella.