¿Por qué no tenemos hijos?

La tasa de natalidad en España está en su momento más bajo desde que se conservan registros y se ha reducido a más de la mitad en los últimos cuarenta años. En 2016, por primera vez, murieron más personas de las que nacieron —sin mencionar la trágica cifra de más de 90.000 abortos al año—. Las excusas son muchas: sueldos más bajos, incremento de costes de vida, menos tiempo disponible, incorporación de la mujer al mundo laboral…todas son aceptables, aunque no de forma absoluta. El hedonismo y el cambio en las prioridades sociales están por encima de las anteriores.

El brillante sociólogo Alejandro Macarrón, en su obligatorio libro Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo: ¿A la catástrofe por la baja natalidad? nos explicó todos los motivos del número tan bajo de nacimientos y señaló una que, por corrección política o social, está fuera del debate público: no estamos teniendo hijos, sobre todo, por puro hedonismo, y lo que nos espera, a este ritmo, es una sociedad marchita, envejecida y destinada a desaparecer.

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Los que somos xennials (nacidos entre el 79 y el 86) y estamos ahora teniendo vástagos, somos responsables directos de esta falta de ganas en concebir. Pero también lo son nuestros queridos padres. Ellos tenían sólo buenas intenciones, es verdad. Hijos del baby boom, fueron protagonistas de la gran expansión económica occidental y experimentaron lo que era la prosperidad, mientras nuestros abuelos les contaban que dura era la posguerra y la miseria.

Y captaron el mensaje. << Nuestros hijos deben estar superprotegidos, no pasarlo mal bajo ningún concepto y tener solamente una preocupación: ganar dinero.>> Eso debieron pensar cuando nos dijeron que lo más importante de todo era el trabajo, por encima de la familia o de nuestra conexión con ellos. Si teníamos que mudarnos al otro lado del mundo por una buena oportunidad, no podíamos pensarlo dos veces. Una vez allí, nos prohibían volver para visitar a los abuelos si se ponían enfermos, ya les metían ellos en un asilo y nosotros a lo nuestro. Si fallecían, no íbamos a alterar nuestra rutina diaria por acudir al entierro.

Así, concienciados desde pequeños, en nuestras vidas, agitadas por el ritmo salvaje de crecimiento del que somos esclavos, nuestros mayores esfuerzos y nuestros mejores años los dedicamos a asegurarnos un sustento; pensamos que, sin ese sustento, no podremos emular a nuestros padres y formar una familia. Pero nuestros abuelos tenían menos sustento y menos seguridad que nosotros y aun así lo hicieron. No pasa nada, eran otros tiempos.

Cuando llega la edad de casarnos, si hemos tenido una pareja que nos ha soportado, y si no nos divorciamos antes, demoramos concebir porque “no es el momento”. En cambio, seguimos invirtiendo cientos y miles de horas en el trabajo y en formación. Cuando por fin nos decidimos, a nuestras mujeres les cuesta más porque siguen diseñadas biológicamente para tener hijos antes, y no entrada la treintena.

Y, cuando nuestros hijos nacen, el mundo se nos vuelve del revés. Ya no podemos tomarnos un gin tonic al salir a horas intempestivas de la oficina, ya no podemos ir tanto al gimnasio o dormir a pierna suelta. Ya no puedo darme caprichos materiales porque tengo que ahorrar para alimentar a la familia. Ya no podemos desconectar en el trabajo de lo que pasa en casa. Ya no podemos disfrutar las vacaciones. Nuestros hijos se han convertido en nuestros amos y encima cuestan mucho dinero. Nos parece un suplicio, una cuesta hacia arriba que no tiene final.

Los que pueden permitírselo, delegan rápidamente la crianza en niñeras que van y vienen y nunca pueden sustituir el cariño de los padres —aunque más vale el adquirido o fingido de las niñeras que el inexistente y perezoso de los padres—. Un besito por la noche antes de dormir y me voy ya, que tengo cena de empresa. Los que no pueden permitírselo, entre cambios de pañales, figuritas caras de salón rotas, paredes pintadas o noches en urgencias por una bronquitis, lo ven claro antes: con uno basta. Quiero recuperar mi vida cuanto antes.

Cuando los retoños empiecen el colegio, actividades por las tardes, que lleguen cansados y que no tengan tiempo de incomodarme, que yo también llego cansado y quiero verme una serie en Netflix sin tener que estar pendiente de los críos.

Los desórdenes afectivos de los niños en el futuro que los trate un psicólogo, a ser posible que no me cueste pasta, y si no funciona, con la Play Station o los teléfonos móviles ya tengo la tranquilidad asegurada. Dentro de poco ya no oiremos a ningún niño en un restaurante familiar un domingo porque todos estarán pegados a una pantalla.

Encima, por si fuera poco, a los amigos que se están animando a tener hijos, les advertimos constantemente, despeinados y con la ropa manchada de potitos, el vía crucis que supone atreverse a dejar descendencia.

Y este es el proceso, siempre jugando en el terreno de las generalizaciones, de tener críos en nuestra sociedad actual. Es un coñazo, es caro y no es prioritario.

Macarrón tiene razón respecto al hedonismo, pero otro factor importante es que hemos quitado el valor a las responsabilidades para con nuestros semejantes y sólo se la hemos dado al dinero. Está muy bien visto ser un gran profesional en una empresa, a la que dedica todo el tiempo y el esfuerzo del mundo; en esa misma empresa, ese gran profesional será desacreditado si un día sale antes porque es el cumpleaños de su hijo.

La escala de valores es la que es, y tener hijos, o pasar tiempo con los que ya tenemos, desciende vertiginosamente. No estamos teniendo hijos, en suma, porque no queremos, no porque no podamos.

¿Qué haremos cuando no sea posible lograr el reemplazo generacional? ¿Qué haremos cuando la inversión, el emprendimiento y el desarrollo, los lleven a cabo sociedades más jóvenes? ¿Qué haremos en un país envejecido?

No lo sabemos todavía, mientras tanto, lo mejor de nosotros se lo estamos entregando al trabajo y no a nuestras familias.