Por qué el comunismo no pasa de moda

El pasado domingo tuvo lugar una manifestación contra el Racismo en Madrid. Los manifestantes pedían la derogación de la Ley de Extranjería y el cierre de los CIE. Al terminar, acabaron todos con el puño en alto. Después de todo, el marxismo sigue estando de moda.

Más allá de la coyuntura líquida occidental, o de los motivadores de la manifestación, hay razones de peso que explican esta anomalía (la tolerabildad del comunismo en la batalla política del siglo XXI)

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En primer lugar, como en otros casos, está la educación recibida.

Antes de ser defenestrada, Cristina Cifuentes intentaba, a diario, ganarse la simpatía de sus enemigos. En una entrevista dijo que tenía “un grandísimo respeto por los comunistas”. Tras una vista de pájaro por la historia del siglo XX, ser anticomunista debería ser un deber moral. Un deber con el que varias generaciones no han cumplido aún, ni siquiera dirigentes políticos como lo era Cifuentes.

Después de la Segunda Guerra mundial, crecimos pensando que los nazis suponían la representación del mal absoluto mientras tolerábamos el comunismo. Que en nuestros libros de texto la bandera soviética ondeara sobre el Berlín nazi reducido a cenizas, distorsionó aún más el concepto que se tenía del comunismo y de la Unión Soviética. La hoz y el martillo debieron igualarse a la esvástica y no fue así.

En segundo lugar, por la indulgencia de Occidente ante el palmarés sangriento del comunismo.

Relacionado con el anterior motivo, la diferente vara de medir aplicada al comunismo clama al cielo.

Los 100 millones de muertos, de los que tanto se mofan los de la caterva podemita, es una cifra ante el abismo de la historia, un grito silenciado por la indiferencia de todos aquellos que bendijeron lo que ocurría detrás del muro de Berlín; “la risa y los 20 millones” de los que habló Martin Amis en su Koba el temible, como mejor definición de la condescendencia de los intelectuales occidentales hacia el comunismo. Una condescendencia que, al menos en política, sale hasta rentable; Jean François Revel, la definió como La Gran Mascarada.

En tercer lugar, por la fuerte motivación que provocan sus ideas.

En ese sentido, fue el historiador marxista Eric Hobsbawm quien dio con una de las claves de la permanencia del comunismo como ideología viva en Occidente tras el desastre provocado durante el pasado siglo: “el comunismo como experimento ha fracasado, como motivación continúa vigente.” Hobsbawm tenía razón. Si el comunismo continúa siendo una idea loable y en expansión es porque, como señaló Imre Kertész, “es el diablo vestido de Dios”; nos ofrece el mundo que suponemos ideal cuando somos adolescentes: recursos para todos, el fin de la escasez y las penurias, la desaparición del egoísmo y la codicia, la igualdad de todos los seres humanos por encima de cualquier condición, etc…y es que suele florecer en mentes inmaduras. A Winston Churchill se le atribuye -posteriormente la cogió prestada Willy Brandt- la cita que mejor atina en el problema: “Quien a los 20 años no es comunista no tiene corazón, y quien a los 40 lo sigue siendo, no tiene cabeza”.

En cuarto lugar, porque es una religión laica.

Siguiendo la línea de su fuerte motivación, el comunismo debe su longevidad, también, a haberse constituido como religión. Con sus sacerdotes, sus dogmas, sus rituales, su lenguaje, su proselitismo y su fe. Una religión que ha creado una conciencia pura en el creyente por la cual todo mal en nombre de la religión es soportable. El marxismo, pues, ha sido un sustituto de Dios, y muchos intelectuales americanos de izquierdas se pasaron al otro lado por esta misma razón, tal como nos contó George Packer.

En quinto lugar, por la creencia de que fue mal aplicado.

Es cierto, en el plano teórico, y bien presentado, puede hasta sonar bien. Gene Roddenberry le dio una vuelta de tuerca a la idea en el universo Star Trek, en donde la humanidad, al estar todas las necesidades básicas cubiertas, ya no se movía por la búsqueda de beneficio económico. Pero eso era ficción. En Good Bye Lenin!, nos creímos que el comunismo no tenía por qué ser malo per se. El relato sobre el comunismo se enquistó con la excusa de que fue una buena idea mal aplicada. Curiosamente, en todos los países se aplicó mal.

El comunismo ha sido y es aterrador en todas sus dimensiones prácticas, ya sea en la gestión o en la moral.

En la administración de los recursos, el comunismo necesita la represión para apropiarse de los medios de producción, y al no tener una aspiración de eficiencia motivada por la búsqueda de rentabilidad, propicia las burocracias corruptas -véase desde las dachas de verano en el Mar Negro de los dirigentes soviéticos hasta el barrio de los altos cargos en Pyongyang- que son caras, confiscatorias e ineficientes.

En el plano moral, además de la desaparición de partidos con ideas distintas o de la supresión de una justicia independiente -siempre mediante la violencia represora- la ingeniería social del comunismo es malvada: que dos personas reciban la misma recompensa por distintos niveles de esfuerzo y de talento es injusto. Además, esta igualdad material impuesta no acaba con la estratificación de la sociedad en clases, lo que hace es crear dos bien diferenciadas: la clase dirigente y el pueblo empobrecido y desprovisto de aspiraciones.

El comunismo es una idea no ya imposible de aplicar sin generar injusticia, corrupción, represión y asesinatos en masa; es, por ello mismo y además, una ideología malvada, con una praxis que llevó a Kim Jong Il a declarar cuando la gran hambruna de los noventa en Corea del Norte, que no le importaría que sobreviviera sólo el 30% de la población para lograr una sociedad victoriosa . Pol Pot, por su parte, proclamó que todo lo que hizo fue por su país.

 

Es un sistema, en suma, que priva a los seres humanos de todo lo que poseen, hasta de sus pensamientos. En el cómic Hijo Rojo de Mark Millar, un Superman soviético que ha dominado el mundo lo observa desde el espacio y piensa, orgulloso, que “nadie se queja, ni siquiera en privado”. Hay millones de ejemplos reales, éste de Vera Lengsfeld, siendo espiada por su propio marido, es un caso paradigmático.

Ignoro si los que levantaban el puño el domingo tienen idea, no sólo de que están equivocados, a lo cual tienen todo el derecho, sino que el comunismo no es la mejor respuesta a sus inquietudes y a sus problemas.

En cualquier caso, los comunistas han hecho algo muy bien: que, pese a todos los horrores en su nombre, el comunismo siga siendo una ideología aceptable.