Por qué deberíamos estudiar neerlandés

Yo me enamoré de los Países Bajos gracias, entre otras cosas, a un libro, “El otoño de la Edad Media”, que en España editó Revista de Occidente y cuyo subtítulo me sedujo cuando lo vi en una biblioteca universitaria el siglo pasado: “Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y los Países Bajos”. Su autor, Johan Huizinga, era para mí un completo desconocido. Lo había publicado en 1919 en Leiden. Buena parte de Europa estaba entonces arrasada por la guerra.  Los Países Bajos, que habían permanecido neutrales, eran una isla en medio del marasmo. Allí escribió el profesor Huizinga esta monografía que, partiendo de la pintura de los hermanos Van Eyck, se adentraba en la civilización occidental de la Baja Edad Media y el primer Renacimiento y, más en particular, en la alta cultura cortesana. Por sus páginas desfilaban los torneos y los bailes, la poesía del “Roman de la Rose” de Guillaume de Lorris y Jean de Meung, la corte de borgoña y los poemas alegóricos. Con el paso del tiempo, la obra ha recibido duras críticas, pero hablamos del amor y ya sabemos – Pascal no perdona- que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Si el corazón te lo traspasa el flechazo de los hermanos Van Eyck, los caballeros borgoñones y las damas flamencas, no hay remedio. Gracias a un diligente librero de Utrecht – ¡Dios bendiga a este gremio! – atesoro un ejemplar de la segunda edición en neerlandés que está como nuevo.

En Europa, todos deberíamos estudiar la importancia que los Países Bajos históricos, desde Bélgica hasta Groninga, han tenido en la conformación de nuestra civilización. La llamada Misión Anglosajona del siglo VIII llevó la cultura cristiana hasta el último rincón de la frontera del antiguo Imperio romano. Yo he encontrado sus frutos desde Utrecht hasta Eichstätt. Una red de iglesias, monasterios y conventos alumbró las joyas del arte medieval que pueden contemplarse, por ejemplo, en el museo del convento de Santa Catalina, el famoso “Catharijneconvent”. El viajero no perderá el tiempo que dedique a visitarlo.

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El fondo común de la cultura grecorromana, la tradición griega y las influencias de los pueblos mal llamados “bárbaros” dio un tesoro valiosísimo que corre el riesgo de caer en el olvido o, peor aún, en la indiferencia. La belleza del ciclo artúrico, por ejemplo, recorre toda la literatura medieval y se cultiva en las lenguas del Occidente cristiano desde España hasta Alemania. La historia de “Lanzarote y el ciervo del pie blanco”, por ejemplo, se prodiga por el continente con modificaciones inevitables, pero con un evidente fondo común narrativo y lingüístico. Cuando uno pasea por Gante o Maastricht, no deja de estar en un espacio cultural compartido. Si uno, además, es español, se encuentra sin más en un pedazo de su propia historia.

El neerlandés y su hermano flamenco son parte de ese legado que merece ser preservado y cultivado. Hay grandes escritores desde Hugo Claus hasta Cees Noteboom que han dado libros bellísimos y desafiantes como “La pena de Bélgica”, una novela inolvidable. Recuerdo la colección de canciones que grupos de música antigua como la Camerata Trajectina ha grabado durante años; por ejemplo, el dedicado a villancicos y canciones de Navidad de 1995 que editaron con el título “Cantiones Natalitiae: kerstliederen uit de tijd van Rubens”.

Por eso, he leído con gran tristeza que apenas hay en Holanda 222 alumnos que quieran cursar la carrera equivalente a Filología Neerlandesa. La Universidad Libre de Amsterdam (Vrije Universiteit Amsterdam) ha dejado de ofertar los estudios de Neerlandés porque ya no son sostenibles económicamente debido al bajo número de alumnos que los cursan. Sólo quedan cinco universidades en las que estudiar esta carrera: Utrecht, Groninga, Leiden, Nimega y la propia Amsterdam. No es un caso aislado. En toda Europa, las filologías o sus equivalentes sufren un terrible descenso en el número de alumnos. La excepción son casos como la española o la inglesa, que estudian lenguas de comunicación internacional. Sin embargo, la desaparición de títulos como Filología Bíblica Trilingüe en la Complutense o Filología Románica en la Autónoma de Barcelona dicen mucho de la crisis que atraviesan las humanidades. La lógica economicista y el utilitarismo están matando el alma de Europa.

En efecto, las humanidades no sólo sirven para aprender cómo hacer cosas, sino que sirven sobre todo para comprender por qué hacerlas. Ayudan a interrogarse, a buscar respuestas y a formular preguntas. Gracias a ellas, exploramos el sentido del mundo, del ser humano y de la propia vida. El ideal del humanismo bebe de la filosofía, la literatura, la historia, la lengua y el arte y reivindica la dignidad intrínseca de todo hombre. Sin las humanidades, quedamos desorientados y confundidos. Así nos va.

Yo no sé qué puedo hacer para invitar a los jóvenes a estudiar neerlandés. Sin duda, puede haber una “utilidad” en hacerlo –por ejemplo, es una lengua que se estudia en otros países- pero me niego a que todo se tenga que hacer porque “sirve para algo” en el sentido económico de la expresión. El neerlandés es bello y antiguo. En él, se expresaron poetas, novelistas y viajeros. Resuena en baladas y canciones que ya estaban aquí mucho antes que nosotros. Dice algo de nosotros y del mundo. Sirve para enriquecer nuestro pensamiento, conocer nuestra civilización y transmitírselo a las generaciones futuras.

Creo que todo esto debería ser suficiente.