No sé Rick, parece falso

«No importa cuál sea la verdad, sino lo que la gente crea que es verdad» (Paul Watson, patrón de Sea Shepherd)

Andan muy nerviosos últimamente los gurús del pensamiento único y la corrección política. Se les nota. No hay más que abrir los periódicos o encender la televisión, para darse cuenta de su nerviosismo.

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Se las veían muy felices hasta ahora, de los logros obtenidos en nuestra sociedad capitalista occidental a base de adoctrinamiento constante, buenismo y mediocridad autodestructiva. Sin embargo, tras una larga travesía en el desierto del progresismo impuesto, algo parece que está ahora cambiando entre la gente; como una especie de rebeldía contestataria y disidente que hace que, la mentira progre imperante, acabe mostrando, a regañadientes, su talón de Aquiles.

La ciudadanía comienza a perder el miedo a hablar o ir a la contra de ciertos temas hasta ahora incontestables o políticamente incorrectos; lo que hace, claro, que los manipuladores se defiendan, pues ven peligrar su posición de dominio ideológico y lobotomía social. Hasta ahora nadie les había hecho frente. Temas tabú como la inmigración ilegal, el independentismo, el hembrismo supremacista, el ecologismo, las minorías LGTBI, la memoria histórica, el vegano/animalismo o la ideología de género, eran y son asuntos a los que últimamente una gran parte de la población -hasta ahora silenciosa-, les empieza por fin a levantar una voz discordante. Y entre todos ellos, el tema estrella, quizá la canción del verano, haya sido y siga siendo, seguramente, la del cambio climático y su apocalíptico calentamiento global.

La izquierda, inquieta como digo ante ese gigante que despierta, parece que se nos rearma poniéndose la venda antes que la herida, con un batallón de mensajes evangelizantes en los distintos medios de comunicación, a la vez que también, manipulando impunemente a una menor (lo que ya es el colmo). Buen ejemplo de ello es por un lado el último artículo de Íñigo López Palacios de 22-IX-2019 para El País titulado «Apóstoles del negacionismo», y, por el otro, el sobreactuado y dirigido discursito de la pobre Greta Thunberg en New York. Dice el tal López Palacios en el texto aludido que:

– “Los enemigos de la teoría del calentamiento global desdeñan el consenso científico y conforman una amalgama que une a extremistas religiosos con ultraliberales, cargos políticos, científicos solitarios y grandes empresas”.

¡Miente, López, como un bellaco! Ese supuesto “consenso científico”, ¡no existe! En realidad, no ha existido nunca. Es una mentira repetida mil veces hasta convertirla en verdad. Falso de toda falsedad, vamos. De los cacareados 2.500 científicos del IPCC de la ONU (muchos ni siquiera expertos climáticos), sólo una cuarta parte corrigen los documentos de su área y de ellos, el 90%, están moralmente invalidados para dicho menester por mantener conflictos de intereses al ser, o asalariados, o colaboradores del negocio verde del carbono y sus derivados. Que por eso son contratados por el IPCC: por ser de la cuerda. Sólo un 10% serían personas limpias e independientes para poder valorar. Pero aún dice más, el brillante redactor de PRISA:

“Los científicos están de acuerdo de forma prácticamente unánime en que la actividad humana es la causante del ascenso de la temperatura del planeta (…) con una seguridad del 95%”.

Redunda en la falsedad el periodista de El País y, lo que no dice, es que el resto de científicos, meteorólogos y climatólogos independientes de este planeta y ajenos al IPCC (es decir, todos los que no cobran de la ONU), están diametralmente en contra de ese repetido mantra de Naciones Unidas sobre la responsabilidad antropogénica en el calentamiento de la Tierra. Asegura López, además, “que si el 98% de la comunidad científica dijera que existe el cambio climático (lo cual, repito, es mentira), pero se encontrara a cinco que defendieran que no, mucha gente pensaría que en realidad hay un 50% de posibilidades de que una de las dos posturas fuera la correcta”. Y que eso, unido al sentimiento de culpa que genera el asunto del cambio climático en la población, sería el caldo de cultivo ideal para que florecieran los negacionistas, que lo único que buscarían sería sembrar la duda y negar la mayor. Según el retorcido periodista de El País, eso ya está pasando, y por ese hueco del relativismo contrario al dogma, se cuelan hoy los científicos negacionistas deseosos de sembrar la duda; según la izquierda ecologista, además, negacionistas todos ellos muy bien pagados por las multinacionales de los combustibles fósiles como el gas, el carbón y el petróleo. Difama que algo queda, vamos…

En su delirante explicación sobre el supuesto mecanismo negacionista, dice el reportero que, éste, funciona desdeñando claves. Esto es, o el problema no existe, o, de existir, el causante no sería la Humanidad. Lo que yo decía pues: los manipuladores se colocan la venda, antes que la herida. Y pone López el ejemplo del reconocido físico Nir J. Shaviv, cuya conocida postura respecto al cambio climático no es negar su existencia, pero sí, su origen antropogénico (aquí vuelve a mentir el tal López, pues Shaviv no está solo sino que, su opinión, es apoyada por una abrumadora mayoría de científicos independientes, incluidos algunos Premios Nobel como por ejemplo el físico noruego Ivar Giaeber, el ingeniero chileno Douglas Pollock, treinta y un mil expertos y doctores norteamericanos que definen la teoría como “científicamente débil” y fracasada en la mayoría de sus predicciones, o los ochenta y tres sabios italianos firmantes del último manifiesto de julio del 2019 contra la mentira del cambio climático, entre otros). Nir J. Shaviv atribuye al sol y su actividad solar la responsabilidad del calentamiento de la Tierra que, por otro lado, no olvidemos que es cíclico. Esto es, ha habido calentamientos en la historia del planeta anteriores al ser humano, y también anteriores al boom industrial de los años cincuenta del pasado siglo. En un párrafo determinado el autor del artículo dice:

– “Cuando la comunidad científica refutó la argumentación de Shaviv”…

Los lectores leen esto, y claro; creen que es verdad (como el resto del texto). Lo cierto es que la comunidad científica jamás ha podido rebatir a Shaviv ni a nadie la responsabilidad del sol, la radiación cósmica, las nubes y sobre todo los océanos, en el calentamiento de la Tierra. Ni tampoco, demostrar científicamente que los gases de efecto invernadero sean los responsables del cambio climático, por más que la Humanidad adoctrinada occidental pueda pensar lo contrario gracias a la publicidad engañosa disfrazada de ciencia, con la que es bombardeada cada minuto de cada día.

Finaliza el artículo de El País, como viene siendo habitual en el movimiento de izquierda verde (no existe el ecologismo de derechas), disparando a la industria energética como chivo expiatorio de la supuesta emergencia climática. Acusa a las petroleras de conocer su responsabilidad en el calentamiento global desde nada menos que los años setenta -ocultándolo al ciudadano desde entonces-, y apunta a los dueños de Koch Industries, Charles y David Koch, como los primeros y principales generadores de informes alternativos al supuesto consenso científico. Tiene narices tengo que decir, que los ecologistas denuncien a las petroleras como monstruos contaminantes cuando, ellos, desde sus orígenes, no han hecho otra cosa que estar siempre financiados por dichas multinacionales del combustible fósil. Empezando por el WWF, y acabando por Greenpeace. Muy coherente todo.

Según los ecologistas denuncian a través de su vocero El País, en el año 1991, los Koch, a través de su ultra-liberal Cato Institute, hubieran sido los promotores en Washington de la primera convención conocida de los negacionistas. Lo hacen, tras conocerse la bajada de pantalones de George Bush -padre- al “consenso científico”, y su primer intento de limitación legal a las emisiones de carbono; lo cual, hubiera ido en contra de los beneficios del negocio de los Koch y la industria de los hidrocarburos. Es decir, teoría de la conspiración en estado puro.

En aquella conferencia, cuyo título era «Crisis ambiental global: ¿ciencia o política?», habló por primera vez un científico contrario a la teoría consensuada sobre el cambio climático antropogénico: Richard S. Lindzen, meteorólogo profesor del MIT de Massachusetts, que dijo que apenas existía evidencia (no ya pruebas) de que el cambio climático fuera o fuese a ser catastrófico. El verso libre de Lundzen, que era uno de los sabios del IPCC, en el año 2017 llegó en forma de carta firmada por trescientos científicos nada menos que hasta el presidente Trump. En ella, se recomendaba al mandatario estadounidense abandonar las teorías climáticas de la ONU por no estar científicamente demostradas. Por supuesto, los ecologistas, fieles al grito de “conmigo o contra mí”, intentaron desacreditar el curriculum de los trescientos firmantes. Y desde entonces, no han parado de vomitar descrédito contra cualquiera sospechoso de pertenecer a eso que ellos llaman el “lobby energético”: una suerte de corporación mafiosa y conspiranoica cuyo único objetivo, sería, al parecer, el enturbiamiento del debate y la paralización de la acción gubernamental ante el mensaje catastrofista de la ONU y su IPCC.

¿Cómo es posible -se preguntará mi querido y paciente lector-, que ni siquiera los sabios se puedan poner de acuerdo en algo aparentemente tan simple, como es el clima y la temperatura de la Tierra? La respuesta es obvia: “porque poderoso caballero es Don Dinero”. Toda esta historia, que es política y no científica, comienza en los años ochenta cuando, Margaret Thatcher, acosada por las brutales huelgas del carbón y la crisis del petróleo, se encuentra dispuesta a implantar la energía nuclear en Gran Bretaña. Algo, muy mal visto por los verdes de la época debido a su peligrosidad. Ecologistas éstos hay que decir, la mayoría, jóvenes socialistas desencantados que tras la caída del Muro de Berlín, vieron en el ecologismo un buen disfraz con el que seguir atacando al imperialismo capitalista desde un frente más de moda, más aceptable socialmente y, sobre todo, más eficaz que la tradicional imposición económica marxista, que era ya un modelo fracasado.

Pero la señora Tatcher, para convencer al mundo de las bondades del uranio, necesitaba un buen aval. Y lo encuentra en un meteorólogo sueco, Bert Bolin, que años atrás y basándose en los descubrimientos de otro sueco y Premio Nobel en 1903, Svante Arrehnius, afirmó que el incremento de CO2 en la atmósfera podría calentar el clima. Eran los años setenta y el Mundo, se preocupaba entonces por el enfriamiento global continuado y no por el calor. Ahí aparece Bolin, profesor de la Universidad de Estocolmo, que dice que de seguir incrementándose los niveles de CO2, la Humanidad no tendrá que preocuparse de seguir pasando más frío. Un frío, recordemos, que mata veinte veces más que el calor. Aunque apostilla el sueco: “Pero no estamos seguros. Bolin, era amigo y compañero de tenis del primer ministro Olof Palme. Cuando éste decide implantar la energía nuclear en Suecia, los ecologistas, preocupados ya por el calentamiento global debido al consumo de combustibles fósiles, se echan encima del premier sueco. Éste, responde a los verdes:

– “No se preocupen ustedes: la energía nuclear no genera CO2, y por tanto, no hay peligro de un supuesto calentamiento global”.

Margaret Tatcher toma buena nota de la estrategia de Olof Palme, y ofrece a los científicos del Mundo que subvencionará con millones de libras a quien le demuestre que, el CO2 antropogénico y resto de gases efecto invernadero descubiertos por Svante Arrehnius y David Keeling, son los responsables en efecto de un alarmante calentamiento global. Ante zanahoria tan grande, la ONU crea a imagen y medida de la señora Tatcher el famoso Panel Intergubernamental por el Cambio Climático (IPCC), dirigido, oh casualidad, por Bert Bolin… el sueco. A continuación, los 2.500 científicos integrantes del Panel, le “demuestran” a Miss Tatcher, que el CO2, el metano y el dióxido nitroso, son los malos malísimos de todo el cuento, y cobran su millonaria recompensa. Con estas profecías obtenidas a través de modelos informáticos, y los datos recién descubiertos respecto al agujero en la capa de ozono, Dña. Margaret da luz verde al aumento de la energía nuclear en Gran Bretaña, bajo la máxima de no ser responsable del calentamiento global. Los ecologistas se la envainan (rezando por lo bajo) y la Dama de Hierro alumbra, sin ser consciente de ello, al mayor monstruo del marxismo cultural de nuestros tiempos. Una bola de nieve que no ha parado de crecer desde entonces, a base de miles de científicos viviendo a costa de millonarias subvenciones, y que ha acabado convirtiéndose en la mayor estafa y fraude de la ciencia universal desde el descubrimiento del Hombre de Piltdown.

En realidad, no hacían falta 2.500 científicos para demostrar nada. Cualquier niño de primaria conocedor de la función clorofílica hubiera podido hacerlo. La vida en el planeta Tierra se construye y articula en base al carbono. Sin carbono no hay vida. Así de simple. El carbono es un elemento de la tabla periódica. Y el CO2, es el gas de la vida, no un contaminante. Cuanto más CO2, más se reverdece el planeta y aumenta la superficie forestal. Lo mismo pasa con el calor. Todos los periodos cálidos por los que ha pasado la Tierra, han sido siempre los más provechosos para la vida. Desde el llamado Húmedo Holocénico, en el que desiertos como el Sahara eran verdaderas selvas, pasando por los periodos cálidos del imperio egipcio, el griego, el romano, el medieval (donde el Hombre levanta todas sus catedrales) hasta llegar a hoy, el calor, sólo nos ha traído beneficios. El Homo sapiens triunfó y conquistó el Viejo Mundo gracias al calor. Su pariente, el Neanderthal, morador de los hielos glaciales, sucumbió ante el frío. Pero decir esto, es políticamente incorrecto. Los gases de efecto invernadero, es decir, con capacidad de absorción calorífica, componen tan sólo menos del 1% de toda nuestra atmósfera. Imposible, por tanto, el que tengan capacidad de modificar el clima o ni siquiera, de influir en él. Y representa un acto de extrema arrogancia el pretender que el ser humano, pese a contar una población de 7.500 millones de individuos, pueda ni siquiera cambiar o impedir los ciclos climáticos de la Tierra, de la misma manera que no puede impedir los huracanes, terremotos o erupciones volcánicas. Eso es algo que sobrepasa al Hombre. Es potestad tan sólo del sol, además de la forma cíclica de orbitar de la Tierra (redonda o elíptica), así como del grado de inclinación del planeta (teoría de Milankovitch). Los humanos, por más que quieran, son incapaces de aumentar los porcentajes de CO2 en la atmósfera hasta el punto de convertirlo en un gas determinante en la temperatura terrestre. Eso, es pura ciencia ficción. Pero una ficción que genera un negocio millonario en subvenciones, del que viven cientos de empresarios, políticos y científicos.

El mensaje es alarmista hasta la médula. ¡Los océanos se elevarán de diez a treinta metros debido al deshielo, muriéndose todos los osos polares! Mentira. El supuesto deshielo ártico no elevaría nada, de la misma manera que los cubitos al deshacerse, no rebosan el vaso de agua que los contiene. Bendito Arquímedes, oiga. La mejor prueba de esto que digo, quizá sea la lujosa mansión que Obama acaba de comprarse por 15 milloncitos en primera línea de playa en la exclusiva isla de Martha’s Vineyard, pese a ser, el presidente, un bravo defensor de la teoría del deshielo Ártico. En cuanto a los glaciares antárticos, que están sobre tierra y fuera del agua, los casi cuarenta científicos y topógrafos españoles de la Isla Livingstone (no a sueldo del IPCC), acaban de manifestar recientemente que gozan de buena salud y creciendo (los glaciares, no ellos -que también-), pese a los catastrofistas informes del resto de bien pagados equipos investigadores. Y resulta que precisamente el hielo, es el mejor registro que tenemos para saber las temperaturas y atmósferas del pasado. De hecho, el estudio de bloques árticos helados y prehistóricos obtenidos a gran profundidad, ha demostrado una verdad, esta vez, sí que muy incómoda y no la de Al Gore: la curva de la temperatura sube en la gráfica a través del correr del tiempo y, ¡ochocientos años después!, avanza la del CO2. Es decir, que el CO2 es una consecuencia del calor y no al revés. Y esto, es una verdad incuestionable. Es más, las gráficas geológicas de todos los tiempos muestran que, cuando la temperatura está arriba, el CO2 siempre está abajo. Así pues, la verdad climática del CO2 antropogénico del IPCC, más que lagunas, tiene verdaderos océanos. Mares estos, por cierto, los cuales tienen encima la desfachatez de afirmar que se acidifican debido a que el porcentaje de CO2 emitido por el hombre, es absorbido por las aguas, perdiendo oxígeno y, por tanto, poniendo en peligro a los corales y especies sensibles. Esto es, que demostrada la mentira del famélico oso polar de Al Gore (cuya fortuna se la amasó el muy zorro tras meterse en el negocio político del carbono), ahora, hay que ponerse a rezar por los corales y las sardinas del fondo del mar.

Que los océanos, ocupantes del 73% de la superficie terrestre, son junto al sol, las nubes y la radiación cósmica los responsables de la mayoría del CO2 y el oxígeno de la Tierra, es una realidad incuestionable. El Hombre ahí, ni pincha ni corta. El vapor de agua es el mayor y más potente gas de efecto invernadero. Sin embargo, ninguna de estas verdades figura en el discurso de los gurús del cambio climático. Ni tampoco, en el de esa pobre y manipulada niña de 16 años llamada Greta Thunberg, cuya voz acaba de escucharse hace poco en Naciones Unidas con una dicción inglesa perfecta e increíble para su edad, y para su manifiesto síndrome de Asperger. Una intervención esta, global, y expuesta con estudiada espontaneidad (no hubo ni siquiera un titubeo, ni una sola interjección entre tanta emocionalidad). Niña sueca cuya bisabuela, por cierto, era prima del propio Svante Arrehnius, el psiquiatra y químico que descubrió el poder calentador de los gases efecto invernadero (GEI), que ganó el Nobel en el 1903, y que fue presidente de la Academia Sueca hasta el 1905. Es decir, que la niña y el papá de los GEI, resulta que son familia. Muy curioso.

Pues bien, la pequeña en cuestión ha sido convertida en una marioneta, en una bandera, en el símbolo de un gigantesco y lucrativo negocio verde. Verde por inmoral, no por sostenible. La última prueba, sin duda, del nerviosismo de los manipuladores del buenismo progre como apuntaba al principio, aunque desgraciadamente, no la primera. Antes que Greta Thunberg, ya hubo otras. Como por ejemplo Severn Cullis-Suzuki, quien, con tan sólo 12 años, pronunció un discurso en la Cumbre de Río de Janeiro del 1992 en pro de la defensa de la Naturaleza y la reparación del, preocupante por aquel entonces, agujero en la capa ozono; sí sí, aquel boquete troposférico del que hoy ya nadie se acuerda, pese al catastrofismo informativo imperante de aquellos años. Su padre, el genetista y cineasta David Suzuki, anda ahora, por cierto, pidiendo que se encarcele a todo aquel que niegue el cambio climático. Más o menos -salvando las distancias-, como lo que quiere hacer aquí en España Sánchez Castejón, con quien hable bien de Franco.

Thunberg (hija de un actor que la dirige hasta en el más mínimo detalle y de una madre vegano/activista de izquierdas y cantante de lírico), y que lleva un año en absentismo escolar, viaja ahora por el Mundo arropada del lobby de la energía verde, profesionales del marketing, relaciones públicas, managers, grupos ecologistas y hasta la consultora de un ex-ministro socialista sueco financiador de las principales empresas energéticas de Suecia. Quien dirige sus actos públicos a través de la plataforma We Don’t Have a Time, Ingmar Rentzhog, descubre, a preguntas de la prensa, toda la tramoya tras la niña. Su famosa huelga, sola, frente al Parlamento sueco, no fue un acto improvisado: estaba cuidadosamente planeado y Rentzhog, andaba al corriente desde una semana antes. Un activista contra los hidrocarburos, Bo Thoren, que llevaba tiempo buscando caras frescas para sus campañas verdes, descubre a Greta a través de un premio periodístico por una redacción escolar de corte ecologista. De inmediato la ficha junto a otros niños, para una huelga escolar inspirada en la del famoso tiroteo de Parkland (Florida), que acabó con la vida de varios menores. El “día D”, ninguno de los niños fichados para la acción reivindicativa se presenta frente al Parlamento. Sólo Greta con su pancarta. La prensa la saca en primera plana. Acababa de nacer un ídolo. Con los pies de barro, pero ídolo al fin y al cabo.

La fecha elegida tampoco es al azar: coincide con la de la publicación de un libro ecologista escrito por sus padres, tal y como reconoce su madre, que es quien en el

fondo, ayudó a su hija a meterse en el activismo. Prácticamente, es un acto publicitario al cien por cien. El manager, Rentzhog, originario del sector financiero al más altísimo nivel y ex-miembro de la ONG medio-ambiental de Al Gore, Climate Reality Project, dirige una consultoría relacionada con las mayores fortunas y más altos cargos políticos de izquierda de toda Escandinavia: la Global Challenge, y entre los que se encuentran Anders Wijkman y Frithjoj Finkbeiner, altísimos jerarcas ambos del Club de Roma. Entre las actividades de Rentzhog, se cuenta el intercambio de “derechos de emisión de CO2” con fines lucrativos, y, entre sus íntimos, el señor Bill Gates. Uno de los miembros de su equipo en We Don’t Have a Time, David J. Phillips, además, es nada menos que el responsable del desarrollo de una técnica de oratoria que estimula la generación de oxitocina. Casi nada. Asimismo, el jefe de prensa de la niña, Daniel Donner, tampoco es un cualquiera: pertenece al lobby climático con sede en Bruselas European Climate Found, financiado por los más importantes grupos bancarios y empresariales.

Sin embargo, la pregunta del millón en el asunto Greta Thunberg es: ¿Qué posibilidades había de que una niña que iniciaba una huelga escolar con una pancarta en la puerta del Parlamento sueco, hubiese podido lograr que los escolares de todo el mundo se unieran a su causa y lucharan por el clima? Pues seguramente ninguna pero, es que la pequeña Greta, contaba con ayuda secreta y desde hacía mucho tiempo atrás (extremo este, negado por la familia y toda al izquierda). Concretamente, la de su orientadora de cabecera, la activista climática alemana Luisa-Marie Neubauer, quien aparte de no separarse de Greta en ninguna de sus acciones de protesta alrededor del Mundo, era y es miembro de la organización One Foundation, (o ONE Campaign), compuesta por personajes tan conocidos como Bono, Bill Gates y, como no (redoble de tambor)… ¡George Soros!, el oligarca multimillonario húngaro, perejil de todas las salsas, y padre de la red mundial de activistas y del lobby global radical de izquierda liberal Open Society

Gracias a este pequeño detalle, se comprende mejor que la niña se hiciera famosa de la noche a la mañana, que los medios no la abandonaran nunca, que se encontrara con el Papa de Roma, que Schwarzenegger la invitara a una cumbre en Viena, que cruzara el Atlántico a bordo de un velero ecológico de BMW, que le financiara el viaje un banco suizo (EFG) junto a la familia real monegasca, que hablara en la ONU, o que fuera nominada para el Nobel de la Paz (que de momento, ya le han concedido el Nobel alternativo, premiado con un millón de coronas suecas). Por cierto: en la ONU, la niña cargó durísimamente en su discurso de odio -que no de paz-, contra todas las poderosas personas y grandes corporaciones de este Mundo, mientras leía un texto escrito por otros. Curiosamente, las mismas personas y corporaciones que la están financiando. No sé Rick, parece falso”, que dirían en la televisiva tienda de empeños.

En fin, que a día de hoy tenemos a un montón de negociantes mundiales del buenismo -muy nerviosos ellos por si se les acaba descubriendo el lucrativo y mentiroso chiringuito del que viven-, desacreditando a todo científico disidente del pensamiento único, y muy ocupados en meter el miedo en el cuerpo a la Humanidad con la llegada del Armageddon. Amenazas climáticas estas, que ni son nuevas, ni mucho menos catastróficas, sino que su existencia ha sido algo periódico durante todas las épocas de la Tierra anteriores a la aparición del ser humano… y después también. Y si un meteorólogo hoy no es capaz de predecir el tiempo que hará más allá de los siete o diez próximos días, cuanto menos podrá hacer con una predicción climática a cincuenta años vista, por muchos modelos informáticos que tenga a su disposición. Esa, es la razón de todas las predicciones fallidas de los últimos cincuenta años, como por ejemplo la terrible hambruna que para el 1975 pronosticaron casi diez años antes, la extinción por nube de vapor azul para el 1989 predicha dos décadas atrás, la Edad de Hielo del 2000 pronosticada en el 1970, los racionamientos de agua y comida en América de los ochenta predichos en los setenta, el agujero de ozono del 1974 que a todos nos iba a achicharrar, la subida del nivel de las aguas que a finales del 1989 iba a destruir la mayoría de países costeros en el año 2000, la nueva Edad de Hielo para Gran Bretaña 2020 vaticinada dos décadas atrás, etc, etc… La lista completa, es interminable. Ah, y sin olvidar por supuesto, la gran mentira del deshielo del Ártico, que es renovable año tras año. Primero se iba a descongelar en el 2018, dijeron diez años antes; luego un año después, que en el 2014; después, que en el 2015, y, finalmente, vaticinaron que sólo quedaban quinientos días para el deshielo final. De eso, han pasado ya cinco años, y la población ártica de focas y osos polares sigue aún gozando de buena salud.

Alguien se está llenando los bolsillos a costa del miedo y la ingenuidad de la gente. Siempre, desde la aparición del Homo sapiens, hubo un listo, dentro del clan, de la tribu, de la aldea (brujo, sacerdote o chamán), que supo aprovecharse de sus semejantes a base mentiras y falsedades, para vivir como un cura sangrando a los demás. No hemos avanzado nada. Sigue el chamán metiéndonosla doblada. Y si te mueves, ya no sales en la foto. Lo malo es que, esta vez, el chamán viaja disfrazado de verde eco/veggie/animalista, y utiliza a una niña de dieciséis años como instrumento publicitario de su miserable negocio. Lo curioso es que, hasta ahora, ni la ONU ni el propio Gobierno sueco, han censurado esta deleznable manipulación. ¿No tienen nada que decir al respecto las ONG’s internacionales de defensa de la infancia o la propia Convención Internacional de los Derechos del Niño? Greta Thunberg debería de estar en la escuela, en su instituto, estudiando, y no recitando dictados ante la ONU. ¿Van a permitir entre todos con su inacción, el convertir a Greta Thunberg en otra muesca en la culata? ¿En un juguete roto? ¿En otro más?

por Álex N. Lachhein.

Naturalista de campo, articulista en prensa, y divulgador medio-ambiental en programas de radio como «Caza, Pesca y Naturaleza” (Intereconomía Radio), o «Cuarto Milenio» (Mediaset). Álex N. Lachhein ha trabajado en varios parques biológicos de nuestro país y participado en infinidad de producciones tanto de cine como televisión, en calidad de “Animal Trainer”, siendo a día de hoy, uno de nuestros más acérrimos paladines por la supervivencia del mundo rural. Gran experto en el trabajo de comunicación conservacionista tras más de treinta años de profesión trabajando con animales de todo tipo, es hoy una de las figuras públicas más combativas y polémicas frente al alarde de analfabetismo medio-ambiental y objetivo prohibicionista, del nuevo movimiento eco/vegano/animalista que parece invadir nuestra sociedad occidental de la mano de la corrección política y el marxismo cultural.