¿Mujeres en las empresas? Ni hablar

Las consecuencias del histerismo feminista y del #MeToo se notan no sólo en los colegios, sino también en el mundo laboral. El techo de cristal se está desmoronando sobre los varones y, en especial, sobre las mujeres. Éstas, gracias a sus protectoras, tienen cada vez más obstáculos profesionales. En numerosos centros de trabajo, se empieza a ver a las mujeres como futuras pleiteadoras.

El verano es siempre tiempo de sequía informativa, por lo que los periodistas saltan sobre cualquier noticia por inverosímil o ñoña que sea. Esa norma se mantiene incluso hoy, en que la estupidez ya abarca todas las estaciones. En agosto de 2017, apareció en periódicos, radios y televisiones un café en Melbourne que cobraba de más a los varones para que éstos fueran conscientes de la ‘brecha de género’ y de sus privilegios masculinos. No ha durado abierto ni dos años. El café feminista, orientado a lesbianas veganas, ha anunciado su cierre. Parece que en Melbourne la gente es feminista hasta que le toca pagar de su bolsillo.

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El plan de la izquierda de sustituir la lucha de clases por la lucha de sexos y poner en el centro del debate el ‘empoderamiento’ de las mujeres está teniendo efectos insospechados para sus impulsores, aunque no para los conservadores.

Los conservadores sabemos que los actos tienen consecuencias, no existen los almuerzos gratis y los experimentos deben realizarse con gaseosa. Reconozco que Michael Oakeshott lo expresó mejor de lo que pueda hacerlo yo (“ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo probado a lo inédito, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo abundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la dicha ideal”), pero ha quedado claro, ¿verdad?

Ante la consideración como acoso sexual de cualquier mirada, palabra o gesto que antes se podía considerar incluso síntoma de buenos modales (ceder el paso en una puerta a una mujer), en Estados Unidos los empresarios y ejecutivos varones están reduciendo la contratación de mujeres, pues temen que éstas puedan denunciarles, incluso pasados varios años, por un supuesto abuso o una discriminación laboral. Igualmente, muchos aplican ya la conducta que los profesores de instituto y universidad de no quedarse solos en despachos o aulas con alumnos del sexo opuesto. Así, por precaución, se excluye a las mujeres de reuniones, viajes de empresa y hasta fiestas.

El último episodio en los países anglosajones de esta guerra de sexos consiste en el debate sobre la prohibición de todo contacto entre los empleados: ni apretones de manos, ni palmadas, ni toques en el brazo, ni por supuesto besos. Si las empresas ya regulaban la vestimenta de los empleados y su correo electrónico, el siguiente paso puede consistir en la elaboración de un código de gestos. Un guiño, un mes de suspensión de sueldo. Una mirada que supere los cinco segundos de duración, una degradación. Un roce producido al coger un teléfono que suena o un papel en una fotocopiadora, el despido.

De esta manera, los libertadores de la raza humana podrían convertir todos los centros de trabajo en una réplica de algunos almacenes de Amazon, donde se vigila el tiempo que su plantilla pierde en banalidades como ir al baño.

El feminismo es incompatible con la vida real, por lo que solo puede sobrevivir en las universidades y la política. Este domingo tenemos la ocasión de empezar a erradicarlo al menos de la política.