Monarquía y despotismo

La irrupción de Podemos en el panorama político español avivó el debate, otrora marginal, sobre la forma de Estado ideal; así, son numerosas las ocasiones desde 2014 en que republicanos y monárquicos han confrontado sus visiones públicamente, siempre con la vehemencia precisa para enardecer a sus respectivas parroquias. Y aunque no simpaticemos con la causa republicana, hemos de reconocer que sus defensores nos resultan mucho más convincentes que los monárquicos. La razón es sencilla: aquéllos son honestos y éstos no lo son.

De esta forma, mientras los apologistas republicanos esgrimen argumentos con vocación universal, los apologistas monárquicos no logran sino balbucir argumentos circunstanciales y utilitarios. Aquéllos aseguran que la república es el mejor régimen político posible en cualquier contexto; éstos señalan que la monarquía es buena hoy para España, pero que puede no serlo mañana. Aquéllos profesan un credo, aunque sea erróneo; éstos sólo hablan de conveniencias.

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Así, cuando los tertulianos derechistas han de defender la institución monárquica de los ataques de los tertulianos izquierdistas, no aciertan sino a canturrear ufanos un puñado de consignas economicistas: “¡La monarquía española es más barata que cualquier república europea!”, “las dos repúblicas que ha habido en España han terminado en fracaso”, “la monarquía es el régimen que nos hemos dado”.

En realidad, la mayor parte de los monárquicos que hay hogaño en España son republicanos, pues la única monarquía que defienden – la actual – es casi tan republicana como cualquier república: aunque entronizado por nacimiento y no por elección, el rey de España goza de un poder escasísimo; tanto, que su función se limita, de facto, a cacarear paparruchas sobre la Constitución cada 8 de diciembre y a dirigirse a los españoles antes de la cena de Nochebuena. Los principios sobre los que se asienta el régimen político español son, en fin, los mismos que los de cualquier república moderna.

Unidad y pueblo

Que la defensa de la monarquía española por parte de la derecha oficial española se antoje lastimosa no debe invitarnos a pensar que la institución monárquica es indefendible. De hecho, ingentes filósofos la han considerado el mejor de cuantos regímenes políticos se han pensado. Desde Robert Filmer, que equiparaba la relación del monarca y sus súbditos a la del padre con sus vástagos, hasta el moderno Immanuel Kant, que creía la monarquía menos proclive al despotismo que cualquier otra forma política.

En este sentido, y aunque las élites contemporáneas se afanen en mostrarnos lo contrario, no ha habido institución política más estrictamente popular que la monarquía. Durante siglos, el rey fue el asidero al que se aferraban los hombres menos pudientes, la fortaleza en la que se refugiaba el pueblo llano para protegerse de los desmanes de los aristócratas, sempiternamente ávidos de poder y dinero.

Algún paladín del pensamiento democrático rechazará, en cualquier caso, la posibilidad de que un gobernante sea popular entre sus gobernados si no ha sido votado por ellos. El problema de esta objeción, como el de casi todos los productos del ‘pensamiento democrático’, es que es falaz. Del mismo modo que Macron es impopular entre los franceses pese a haber sido elegido en un proceso irrefutablemente democrático, los reyes medievales podían gozar del favor de sus súbditos aun habiendo sido entronizados y no ‘votados’.

En realidad, la monarquía no es buena a pesar de su carácter hereditario; es buena debido a él. Frente al inevitable conflicto entre las diferentes facciones de un reino o a la natural volubilidad del mandato popular, el monarca garantiza unidad y permanencia.

Sobre el absolutismo

Para desacreditar la institución monárquica como tal, la intelectualidad contemporánea tiende a presentar el absolutismo como su lógica consecuencia. La realidad, sin embargo, es que durante los siglos medievales el ejercicio del poder por parte del monarca estuvo estrictamente limitado tanto por la nobleza como por la ley natural. Recordemos aquella famosa sentencia de san Isidoro de Sevilla, que sintetiza vigorosamente el espíritu de la época: ‘Rey eres si gobiernas justamente’.

El origen del absolutismo no se halla, en verdad, en la propia institución monárquica, sino en un factor exógeno: la ruptura protestante. Negándole al hombre la posibilidad de aprehender la verdad y la ley natural, Lutero rechazó también la posibilidad de que la acción de los reyes – la ley positiva – estuviese constreñida por una norma superior, de carácter universal y permanente. Los monarcas ya no tenían que adecuar su gobierno a los designios divinos; su gobierno mismo se tornó en designio divino.

Lo cierto es que los intelectuales contemporáneos que condenan aspaventeramente el absolutismo deberían condenar también la teoría de la democracia; pues ésta se asienta, al fin y al cabo, sobre idénticos apriorismos filosóficos: no hay orden moral objetivo que constriña el poder del pueblo, que decide por mayoría lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo e injusto.

Paradójicamente, el dogma constituye el más vigoroso valladar frente al despotismo, que echa raíces allí donde lo permanente es reemplazado por lo voluble, allí donde la responsabilidad es arrasada por el capricho.