Las criaturas del señor

Al principio, supongo que por ejercer un poco de filólogo enfurruñado, me arañaba las mejillas con cada una de las ocurrencias lingüísticas de nuestra administración. Pero ya no; en parte porque estoy convencido de que sus esfuerzos son en vano y en parte porque su mecanismo, por previsible, ha empezado a resultar tedioso. Me he cansado de verlos desmigar, desbravar y capar el lenguaje. Apenas me llaman ya la atención sus retrocesos perifrásticos y su manía por colocar dos palabras donde antes sólo había una. Pretenden que hablemos como concejales: una tontería porque no hay cosa más tonta que un concejal hablando (quien los escuchó, lo sabe).

Según la Junta de Andalucía, por ejemplo, he ido descomponiéndome poco a poco. Si primero era “padre”, luego fui “progenitor A”, y finalmente, en la última fase de mi desparramamiento, “persona guardadora”. Mis hijos, por tanto, son las “personas guardadas”, con lo que da la impresión de que los tengo encerrados en un arcón a la espera de un tiempo propicio. ¿Ven? Una estupidez insulsa.

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Sin embargo, desenrollando Twitter el otro día me encontré con una grata sorpresa en Aragón que reavivó mi interés. Javier Lambán, el lidereso de allí, presentaba un manual con un título que se evapora conforme avanza: Lenguaje inclusivo con perspectiva de género. Parecía lo de siempre, pero no, porque al niño, en lugar de “niñ@” o “humanoide reciente”, proponía llamarlo “criatura”. Criatura. ¡Qué sorprendente precisión, qué densidad! Porque puede que en su primera acepción remita al niño pequeño, pero cualquiera que se eche la palabra a la boca percibirá otros matices mucho más interesantes.

Basta con acercar la nariz para detectar, primero, su “monstruosidad”. Godzilla era una criatura, también King-Kong. A los insólitos y aberrantes peces de las profundidades les llamamos “criaturas abisales”. Por eso resulta tan adecuado llamar “criatura” al niño, especialmente al recién nacido, que llega al mundo desprovisto de armonía o belleza, mezclando sin orden ni concierto rasgos propios de un anciano con otros característicos de un niño. Ni “bebé” ni “neonato” le aciertan como lo hace “criatura”. Por ejemplo, yo tengo dos niños y ya no son “criaturas”, pues han crecido y se han redondeado, pero Dios sabe que, durante unos meses, lo fueron de forma incontestable.

El segundo matiz no lo recoge el DRAE hasta la cuarta acepción, pero se percibe con facilidad: criatura es aquello que ha sido creado. Así, si llamamos “criatura” a un niño, estamos señalando su deuda trascendente. Puede que nuestros padres nos concibieran, pero sólo Dios pudo crearnos; por eso somos sus criaturas, las criaturitas del Señor.

Supongo que este matiz pasó desapercibido a los especialistas de Lambán I, el sabio; no creo que entre sus intenciones estuviera subrayar nuestra condición religiosa. Les propongo por tanto que, para esquivar ese componente clericaloide, en lugar de “criaturas” llamen a los niños “engendros”. Así, además de conservar lo monstruoso, incidirían en el hecho de que fueron engendrados, no creados, por un “humanoide con un palitroque llamado pene” y un “humanoide con una hendidura llamada vagina”.

“Este engendro tiene los mismos ojos que la persona guardadora de su persona guardadora”, diríamos para afirmar que el niño tiene los ojos azules, como su abuelo.