La violencia de género y ultraje de la identidad

Uno de los más poderosos caballos de Troya de la ingeniería social es sin duda las llamadas “políticas de identidad” (Identity politics). Se trata de un sistema de clasificación puramente ideológico mediante el cual el sujeto es despojado de sus cualidades individuales y transformado en un ser unidimensional, al que una sola característica (como el sexo o la sexualidad, la etnia, la nacionalidad o el color de la piel) le enclavaría en un grupo predeterminado.

La creación del término “políticas de identidad” se remonta a la década de 1970 y se atribuye a la socialista y activista Barbara Smith. Una década después, en 1980, alcanzará una notable influencia en las iniciativas legislativas para, después, tras la reacción liberal de los 90, prácticamente desaparecer.

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Sin embargo, finalizado el periodo del “espejismo liberal”, las políticas de la identidad emergerán de nuevo con una fuerza inusitada en 2000. Y pronto no sólo alcanzarán el estatus de proto-ideología, sino que distorsionarán la representación política al sustituir el viejo principio de “un hombre, un voto” por el de “un grupo, una ley”. Este cambio supondrá el principio del fin de la “igualdad ante la ley” y la consiguiente conversión de las leyes en privilegios.

Los activistas que no amaban a los hombres

De todas las políticas de identidad destacan las asociadas al Feminismo de tercera ola o Feminismo corporativo. Éstas son hasta la fecha las más abundantes, las más costosas (económica y socialmente), las más represivas y, sobre todo, las que con más rapidez se han impuesto en la sociedad. De hecho, el Feminismo corporativo es la cabeza de puente de una invasión de políticas de identidad, cuya mayor victoria hasta el momento es la imposición del falaz concepto de “violencia de género”, mediante el que se somete a la mita de la población.

En efecto, a pesar de que la “ley de violencia de género” fue promulgada en 2004 (hace apenas 14 años), parece que fue hace un siglo que existían profundas discrepancias entre los partidos políticos a propósito de su conveniencia. Sin embargo, estas discrepancias súbitamente cedieron el paso a un consenso sospechosamente abrumador.

Hoy, cualquier acto de violencia de un hombre contra una mujer es automáticamente calificado de “violencia machista” por todos los políticos, sean del signo que sean, sin la menor matización. Incluso políticos conservadores y liberales parecen haber asumido como propia la creencia de que la sociedad española es una sociedad enferma de “violencia estructural”.

Esta repentina desaparición de la crítica no parece corresponderse con ningún cambio gradual y espontáneo de la opinión pública, sino con la emergencia de poderosos incentivos y desincentivos que nada tienen que ver con el altruismo o el amor a las mujeres.

Los planes integrales de Violencia de Género, como el de 2008-2012, han supuesto en efecto un poderoso incentivo, un pastel a repartir de 3.600 millones de euros de dinero público. Para hacernos una idea de este derroche, sólo la Comunidad de Madrid gastó entre 2006-2015 más de 326 millones en Violencia de Género e Igualdad… Y tenemos ni más ni menos que 17 comunidades autónomas.

Por si no fuera suficiente, el reciente Pacto de Estado contra la violencia de género ha supuesto un incremento del gasto de 1.000 millones de euros repartidos en cinco años, que se desglosan en 100 millones de euros adicionales destinados a las Entidades Locales, 500 millones de euros adicionales destinados a las Comunidades Autónomas y otros 400 millones de euros adicionales destinados a competencias estatales. No cabe duda: el incentivo económico es una realidad.

En cuanto al desincentivo, fundamentalmente radica en unos medios de comunicación sabedores de que estas políticas de identidad se traducen en ingresos añadidos por la vía de campañas de publicidad institucional. Además, muchos periodistas ven en la promoción de las políticas de identidad un ascensor profesional particular. No es de extrañar, por tanto, que no duden en destruir la reputación de quien ose manifestarse en contra de tan rentable “altruismo”.  

Violencia, suicidios y negocio

Los mass media no sólo informan de cada asesinato, con abundancia de detalles escabrosos, van numerándolos de forma consecutiva, como si fueran obra de una organización criminal o una banda terrorista, cuando lo cierto es que se trata de episodios inconexos, cuya responsabilidad debería ser determinada individualmente por los jueces, nunca estableciendo una causa general contra la mitad de la población.

Con todo, lo peor no es que tras derrochar miles de millones de euros los casos de violencia no disminuyan, sino que se genere en muchos hombres la sensación de fracaso vital, una circunstancia que podría estar relacionada con el aumento de los suicidios.

Así, mientras que, en 1999, antes de la ley se suicidaron 17 mujeres y 72 hombres, en el 2005, después de la ley se suicidaron 89 mujeres y 638 hombres. Para hacernos idea del desastre, en 2009 el tráfico generó 2.600 muertes por accidente; ese mismo año, 1.732 hombres se suicidaron. Curiosamente, conforme las estadísticas desvelaban que algo iba realmente mal, los datos oficiales empezaron a desaparecer.

Pero ¿qué más da que la gente se suicide si sigue manando el maná? Aún no se han gastado los 1.000 millones de euros adicionales y ya hay quienes demandan una mayor dotación presupuestaria para erradicar el mal.

Lo que nos hace humanos

Seamos serios, ayudar a las víctimas implica concederles nuestro apoyo incondicional, afirmar que hombres y mujeres somos iguales ante la ley, ciudadanos con los mismos derechos, y ser coherentes con estos principios. No promover legislaciones aberrantes, fomentar el odio entre grupos o criminalizar a la mitad de la población para obtener réditos políticos y económicos. No hay un sexo bueno y otro malo: la bondad y la maldad, lo mismo que el buen juicio y la estupidez, están repartidos de forma equitativa entre hombres y mujeres.

No, una persona no es sólo una identidad; tampoco nace víctima o verdugo. Poder elegir entre hacer lo correcto o hacer lo incorrecto es lo que nos hace humanos. Y aunque en ocasiones esta libertad de elección nos convierta en miserables, no somos tan malvados como algunos pretenden. Si así fuera, hace tiempo que nos habríamos extinguido. Sin embargo, aquí seguimos.