La catequesis catódica

¿Funciona la catequesis catódica? Hasta cierto punto, sí. Pero ir contra la naturaleza humana tiene siempre un efecto boomerang.

Su función es entretener. Y lo hacen. Su objetivo es dominar la audiencia. Y lo consiguen. Su fin es colonizar tu mente. Y lo logran… algunas veces. No se trata de colmilludos aliens, de posesiones diabólicas ni de hackers rusos que se apoderan de la voluntad de los rústicos electores de la América profunda. Eres tú  mismo el que les abres las puertas a diario, con la necesidad de relajarte después de un día de trabajo y de dos horas de atasco.

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Las series de televisión son las herederas de los folletones de los periódicos de antaño, cuando, semana a semana, los lectores de la prensa del XIX seguían los avatares de los héroes de historias que iban desde los mosqueteros de Dumas hasta los hermanos Karamazov y que, en sus formas inferiores, se plasmaban en los delirantes dramones impresos de Fernández y González. Los hombres siempre hemos necesitado que nos cuenten algo y que, en cierta manera, esa historia quede en suspenso y nos enganche.

Pero las series también son un producto demasiado tentador para quienes están embarcados en un proyecto de ingeniería social a escala planetaria. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de entrar en las casas de la gente y transmitirles los valores de la casta dominante? ¿No es esa la mejor manera de educar deleitando, de domar al reaccionario ciudadano de a pie? Y mejor aún si el lavado de cerebro produce beneficios.

No es ningún secreto que los mandamases globales utilizan los canales de su propiedad, que para eso los pagan, con el fin extender los principios de un neoliberalismo de corte maltusiano entre las muchedumbres. Rara es la serie en la que los valores tradicionales no se pongan en solfa, en la que la figura masculina no sea ridiculizada, en la que no se visibilicen hasta el empacho (perdona, lector, los palabros en neolengua) los sectores empoderados por la corrección política y en la que no sea demolido mediante la sátira, el sentimentalismo o la moralina eso que la incurable pedantería postmarxista llama el heteropatriarcado. La televisión es la vanguardia del combate por modificar las conductas mediante unos ejemplos que no son reales, pero que aspiran a serlo por la imitación de esos comportamientos propuestos en la pantalla. Los simulacros se encarnan y crean tendencias, como sucedió con las petardas milfs de Sexo en Nueva York o con la inaguantable Ally McBeal.     

En el mundo de los niños esto se agrava con los dibujos animados. Los que vivimos el inicio del régimen vigente pudimos disfrutar de los inolvidables productos de la Warner: Bugs Bunny, el pato Lucas, el odioso Piolín o el estúpido Correcaminos, sin olvidar al Coyote y al gato Silvestre, tan heroicos, ingeniosos y constantes en el infortunio. Entretenimiento del bueno en apenas unos minutos de intensa e hilarante actividad. ¿Ubi sunt aquellos divertidísimos dibujos de nuestra infancia? Ahora se consideran violentos y sexistas y han sido desterrados de las pantallas para ser sustituidos por monigotes aburridísimos y correctos. Haz la prueba, lector, y coloca a tu hijo delante de un DVD con Tom y Jerry o Correcaminos y verás cómo, desde ese momento, todos los muñecos con los que bombardean a la criatura desde las catequesis catódicas le sabrán a poco.

Cenicienta, Blancanieves y la Bella Durmiente son ahora las malas de la película, porque el rol femenino debe cambiar.  Guapas y virtuosas, quieren formar una familia con el concurso abominable y heterosexual de un hombre. El modelo para las niñas de hoy es la fea, repipi y pedante Lisa Simpson, dedicada a dar lecciones de corrección a un mundo que, por fortuna, no le escucha. En uno de los episodios de la serie, Lisa se deprime al ver que los varones de su estirpe tienden al embrutecimiento y que ella probablemente seguirá el mismo camino de fracaso y frustración. Pero, para alivio de toda la audiencia progresista, resulta que la rama femenina está repleta de talentos de primer nivel. Sólo los hombres heredan el estigma de la deficiencia mental. Por supuesto, en el glorioso futuro de esta nueva Mafalda no se contempla para nada la continuidad de la especie ni la de sus privilegiados genes… femeninos, of course. La reproducción, en especial la numerosa, es una tara de palurdos desdentados. No creo que sea necesario aclarar que los estereotipos denigrantes de lo masculino no los critica ningún psicopedagogo con mando en plaza. Los yetis heteros, sin feminizar, somos la nueva raza inferior, el chivo expiatorio de la militante religión planetaria.

¿Funciona la catequesis catódica? Hasta cierto punto, sí. Pero ir contra la naturaleza humana tiene siempre un efecto boomerang. Me explico: una serie como, por ejemplo, Los Simpson ha sido diseñada como un barreno que dinamite los valores tradicionales americanos. Sin embargo —como sucedió en España con las películas de Torrente para desesperación y lucro de Santiago Segura—, Bart y Homer son los personajes más populares mientras que Lisa es sólo un contrapunto pelmazo a las divertidas hazañas de los hombres de la familia. El entretenimiento sigue siendo la base del negocio de contar historias y la corrección aburre. Los antivalores, en cambio, son la clave del éxito. Incluso contra el dogma progre. Sirva como muestra el caso de la divertidísima Dos hombres y medio, una de las series de mayor audiencia de la historia y que por su machismo y su cínico pisoteo de las convenciones vigentes se ha ganado todos los anatemas imaginables. Dos hombres y medio compartía en el fondo los valores progres de Hollywood, pero las encarnaciones de la virtud sexual y políticamente correcta eran pálidas sombras frente a la vitalidad macho del transgresor y dionisíaco Charlie Sheen, siempre excesivo en todo.

Pese a las catequizaciones, las leyes secas y los empoderamientos, los hombres seguirán yendo a las tabernas, frecuentando las mancebías y mirando a las mozas que se quieran dejar ver y que nunca faltarán. Y eso no hay Bilderberg que lo cambie. Tampoco acabará la necesidad del cuerpo social de reproducirse y de crear una estructura básica que ningún credo maltusiano logrará disolver: se llama familia y viene, esa sí que de verdad, en nuestros genes. Como el sexo, por cierto, que ahora se quiere suplantar con una entelequia raquítica llamada género.