Glaciación demográfica

“Sólo la experiencia completa de esta capacidad [procrear] puede conceder fe y esperanza a los asuntos humanos”. Hanna Arendt

Siguiendo con los asuntos sobre los que difícilmente se debatirá en la campaña maratoniana que nos espera, un tema capital para nuestro futuro como sociedad, como país y, ya puestos, como especie, es el invierno demográfico. En virtud de los datos y predicciones actuales, deberíamos hablar de glaciación demográfica.

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En el libro de Alejandro Macarrón Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo: ¿A la catástrofe por la baja natalidad? (2017), al cual ya recurrimos cuando intentamos dar respuesta a por qué no tenemos hijos, se nos previene de lo que se avecina en España y en todo Occidente si no le ponemos remedio al decrecimiento constante y agigantado de la natalidad. El futuro apunta desolador, es cierto, pero la situación actual tampoco está muy lejos del desastre.

Los datos hablan por sí solos

Hoy nacen 276.197 menos niños que en 1975, un descenso de un 40%, mientras que, en mismo período, la población española aumentó en 11 millones de personas y el PIB per cápita creció un 78 %. En 2016 ya murieron más personas de las que nacieron. Si vamos más atrás, la caída de nacimientos es más abrupta: 100.000 nuevos nacimientos menos que en 1939, cuando concluyó la Guerra Civil; en 1858, con 15 millones totales de habitantes, nacían en España 546.000 niños, en 2017 nacieron 393.181.

Ya desde 1985, el índice de fecundidad, actualmente en 1,31 hijos por mujer, ha estado por debajo de la tasa de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer). En la actualidad, España tiene el quinto peor índice fecundidad de todo el mundo, estando muy lejos de la media mundial (2,45 hijos por mujer) y ostentado el más bajo de toda Europa (1,60 hijos por mujer).

España necesita 240.000 nacimientos más al año para asegurar el reemplazo generacional, y ni siquiera con la aportación de las madres extranjeras se puede alcanzar esta cifra.

Estas deprimidas cifras sobre natalidad nos llevarán de forma inexorable a la glaciación demográfica que nos ocupa. El informe sobre la Evolución de la Familia en España en 2019, elaborado por el Instituto de Política Familiar, nos aporta unas predicciones para el año 2050 nada halagüeñas. Para entonces, 1 de cada 3 españoles tendrá más de 65 años, lo que está bien si se compensara con el número de jóvenes, pero la proyección es distinta: por cada 3 personas mayores de 65 años, habrá 5 personas en edad activa. Las consecuencias de ello no son difíciles de vislumbrar: una quiebra del sistema de pensiones, una sanidad insostenible, un nuevo modelo de trabajo (sin mencionar automatización), un descenso de la productividad y del emprendimiento, una caída de la demanda interior, etc.

De los aspirantes a la Moncloa, sólo Santiago Abascal y Pablo Casado han hablado del problema; éste último, a cuenta de las alarmantes cifras de aborto en España (94.123 en 2017) y de la búsqueda de una solución para las pensiones. Ambos, por ello, han sido calificados, como cabía esperar, de machistas, de extremistas y sí, de fachas. Que Hitler o Mussolini fomentaran el aumento de la natalidad no significa que todo aquel que lo haga piensa igual que Hitler o Mussolini. Estos dictadores también leían, y no todos los que leen están afiliados al partido nazi o al partido fascista. A pesar de todo, las etiquetas no deberían asustar a los demás líderes políticos a la hora de afrontar uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, si es que de verdad están metidos en política para mejorar las cosas. Es curioso, además, que no todos articulen sus propias soluciones al problema; es un debate que no debería quemar y que debería interesar a todos los espectros del electorado.

La izquierda, por ejemplo, sabemos que ampliaría, si cabe, el acceso al aborto (esperemos que nunca llegue la locura que aprobaron recientemente en Nueva York) y para paliar los pocos nacimientos fomentaría la inmigración. Aun así, tienen supuestamente una agenda social, y podrían promover ayudas a las familias o directamente a la natalidad. No obstante, todo indica que obviarán este tema y se centrarán en la sempiterna causa del feminismo y azuzarán el miedo a la derecha.

En cualquier caso, los partidos políticos que se tomen en serio el acuciante problema deberían incluir en sus programas electorales propuestas realmente efectivas dirigidas a aumentar la natalidad, entre otras, campañas de sensibilización -el primer paso para solucionar un problema es reconocerlo-, dignificación de la familia y del nacimiento, programas de ayudas a las familias para que tengan más hijos -aumento del mínimo exento por hijos menores, creación de nuevas deducciones o bonificaciones fiscales, incremento de ayudas por paternidad y maternidad o ampliación de beneficios por familia numerosa-, estrategias integrales para evitar que el aborto siga siendo un método anticonceptivo -incremento de ayudas a las madres solteras, así como su protección social-, o extensión de la red de guarderías públicas. Todas estas medidas, de llevarse a cabo, supondrían un gran avance en la senda del crecimiento demográfico.

Por desgracia, los debates estériles, la política de trincheras y de guerracivilismo, y el mercadeo de zascas y exclusivas en las redes, nublarán nuestra vista y ocultarán los grandes desafíos que tenemos que encarar para no marchitarnos como sociedad.