Gayumbos rosas

Sobre de 300 gramos, color mantequilla de Dinamarca (que no se enfaden los sorianos) dan ganas de ponerle mermelada de naranja y darle un mordisco. Compruebo bien los apellidos (se saben hasta el decimosexto los muy bastardos). Hago un par de llamadas; no, no se han equivocado. Me han invitado adrede: «Están locos estos ingleses», reflexiono, acordándome de Obélix y la demencia romana: «Tener amigos para esto»,  regurgito indignado, nada de peor gusto que una invitación que no se puede rechazar. No es propio de caballeros. Los gentlemen ya sólo bautizan las puertas de los servicios.

«Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo» decía Groucho Marx, pero ni siquiera es para eso. Me vienen a la cabeza el Reform Club y Mr. Phileas Fogg, de Verne, pero tampoco voy a hacerme whig a cambio del usufructo de un Chester mullido, y Radical ya lo soy bastante, de modo que no me hace falta pagar cuotas adicionales.

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Flaco favor me han hecho. Se me antoja que va a ser como una suerte de carnaval a la inglesa, en blanco y negro, con tipos flemáticos vestidos con pajarita y monóculo, pero sin enmascaradas beldades misteriosas escondidas en la biblioteca de caoba. Atroz escenario auguro. De la clase turista en low cost a un infierno de estricta etiqueta. Si al menos tuviese un mess dress de lancero bengalí, me ahorraría ponerme bow tie.  No me gusta tener el cuello preso de los convencionalismos de doble lazo.

Me dirijo a mi armario: unos cuantos vaqueros oscuros, dos trajes de mercenario de oficina y uno de acudir a entierros. No es un funeral, tampoco son cuatro bodas, pero me acuerdo del morning dress de Hugh Grant en la celebérrima peli noventera. No es el caso, menos mal. El chaqué nunca me ha gustado, sólo Churchill podía llevarlo sin parecer que iba disfrazado. Además, desde que el secretario general de Izquierda Unida lo usó para casarse, me parece un atuendo más ridículo todavía. Los comunistas de antes ni se casaban, ni se ponían prendas burguesas, eran tipos peripatéticos (aficionados a los paseos para que me entiendan) ataviados con gorras Thälmann y monos azules, pero al menos, no se pasaban el día probándose chalecos grises, rodeados de videojuegos.

Black tie, es decir, es necesario esmoquin (pésima traducción al castellano, se ponga como se ponga la RAE). La palabra en español resulta demasiado absurda para que yo me disfrace de James Bond. Especialmente para ir a un sarao de anglos en Albión. Pienso en cómo será el uniforme de gala de los ujieres palatinos, miro la agenda, no tengo ninguno de mi talla. De pequeño me gustaba disfrazarme del Zorro y de romano. Vuelvo a consultar el móvil, para ver si alguien puede prestarme un pilum de viaje, tampoco ha habido suerte. Debí de aprender más esgrima cuando estaba en Trinity College, ahora me haría pasar por húsar de la muerte o por guardia urbano de Barcelona. ¿Dónde está Mortadelo cuando se le necesita? La TIA vs Scotland Yard.

No queda otra opción, Numancia está asediada, se me agotan las ideas. Hay que ir a un sitio de agentes secretos en prácticas y alquilar indumentaria de Anacleto, o de 009 (el de 007 viene con chaqueta blanca y Bombay pilla muy lejos, York no tiene temperaturas adecuadas para llevar chaqueta de camarero del Café Gijón). Dinner Jacket por collons. No quiero acabar pareciéndome a Elio Di Rupo, belga de mentirijilla.

La Red de redes y el ojo que todo lo ve, me dirigen a un barrio acaudalado, ciudad importante, comercio especializado en el alquiler de ropajes de ex banqueros snobs divorciados de alguna heredera de Dowton Abbey para lumpen advenedizos en apuros. Estoy dispuesto a pagar mis treinta piezas de plata por lucir unas horas de ceniciento, ya se sabe que en las tierras de los anglosajones todas las borracheras buenas son de etiqueta, suplen así, con sobrio protocolo de gala formal, la falta de imaginación.

Me detengo helado delante del escaparate, entre chaqués y tuxedos de alquiler, venden gayumbos de seda rosa. Calzoncillos blandos para tipos ociosos. No, no es un sex-shop de fetichistas, me vuelvo a frotar los ojos, es real, está pasando. El abismo, sobre el que escribía brillantemente José Manjón la semana pasada, ha cobrado forma material en calidad de tacto suave. No es el fin del heteropatriarcado, meta soñada por la Duquesa Roja, que mezclada con blanco da rosa. Es, simplemente, el final de la inteligencia. Tenemos tantas necesidades creadas que hay que diversificar el consumo. No se trata de los niños de azul y las niñas de flor, sino de que no seamos todos tan gilipollas.

Calzones rosas para aristócratas sin espada y burgueses con billetera de caimán de granja. El rey sin caballo, Inglaterra sin rey. El hijo de Edward I de Inglaterra, en la película de Braveheart, se compraría varios pares. España en bragas, rosas y de seda. La dulce muerte de Occidente. No hay solución posible. Nuestras élites visten rasos pimpollos con lazos, esa es la verdadera crisis de valores; se pesan en gramitos la mansedumbre. Suavecito el ocaso.

El tablero de ajedrez ha dado la vuelta: somos nazaríes en La Alhambra, a la espera de que vengan los Reyes Católicos a ganarnos la partida. El problema es que ahora, los de los satenes escrotales y las gasas rosáceas en la entrepierna somos nosotros, y los menos limpios y con más afán de conquista en este siglo, son los otros, los malos, que no llevan sedas unidas a los bajos y avanzan con ventaja, liberados, a pierna suelta, por nuestras sociedades; quitando torres, eliminando alfiles y matando peones a su paso.  

Tenemos mujeres en el ejército, afortunadamente, porque los varones que consumen desatino son de poco fiar. De nuevo, no es una cuestión de elección de colores o telas, sino de sistemas de valores y prioridades vitales. Helena olvidó al bello e insulso Paris.

Occidente en llamas, hombres con ropa interior como los algodones de feria. No puede ser que de esta manera solucionemos los problemas que acontecen. Es un símbolo de nuestra decadencia. Ni a Dorian Gray se le hubiese ocurrido a pesar de ser fruto de la imaginación de un genio irlandés que caminaba por ambas aceras— y es que se puede ser un dandy sin trocar la sensatez por el absurdo. Homero con cardiopatía.

¿Usaba gayumbos rosas Leónidas? Tampoco creo que los llevase el Cid, ni Alejandro Magno (se acostase o no con Hefestión, que parece que no lo hacía, por mucho que se empeñen en que sí algunos profesores de Oxford). En cualquier caso, la homofobia no mola, tengo un par de amigos homosexuales muy enteros, con la lucidez de Sócrates y la energía de Alcibíades. Los devotos del raso rosáceo escrotal tienen mujeres y novias.

Nuestra civilización ya ha caído en esa decadencia patricia en la que sucumbieron los romanos. De este pozo no nos saca ni la Guardia Civil. El rosa es un color blandito, de democratacristiano mantecoso (la dulce de Soria esta vez), pepero y golfista golfo, con gorrita y borla, de los que cierra chanchullos entre hierros del 8. Detesto todas esas cosas y acaban de ser sintetizadas en una pieza de seda castradora de cojones. Náusea.

Europa tiene un inmenso problema con la bajísima natalidad de su población autóctona, tiene además una peligrosa situación con la porosidad de sus fronteras marítimas, aéreas y terrestres. Como sociólogo y politólogo, llevo años analizando y ofreciendo explicaciones multifactoriales y buscando formas de atajar estas gravísimas deficiencias, para contribuir a salvaguardar nuestra civilización, pero han bastado unos segundos para percatarme de que estaba equivocado, el problema estaba a flor de piel.

Gayumbos rosas para capar a las élites y hacer que la pirámide se convierta en un coulant de nata batida. Porque, no tengan duda, eso son calzones de oligarca, cacique, banquero, ministro de fomento o heredero de un marquesado. La seda no es textil proletario. Suavizando así a los dirigentes, los demás se irán doblegando y domeñando, imitando a los que están en lo alto las modas siempre van de arriba abajo, peldaño tras peldaño, como nos recuerda Georg Simmel vendrá así el derrumbe total de lo que fue una civilización seria. Todos barbilindos, depilados integrales y cubiertos de satén fucsia.

¿Dónde quedó Felipe IV y el luto obligatorio entre los Grandes de España? ¿Qué se hizo de la sobriedad castrense de los humildes hidalgos españoles? No es un ¡Viva la muerte y Millán Astray!, es un ¡Viva la cordura, abajo los encefalogramas planos y el consumismo de los simples!, que se preocupan más por el vello de sus piernas y el remilgado color de sus prendas interiores, que por su alma, valores, cuerpo y neuronas.

Nuestros aristoi son una pandilla de flores, con más puntillas que Francisco de Asís de Borbón el día de la boda con su prima (Isabel II de España). Así, no podemos levantar ni el país ni el continente. Este artículo es una llamada de emergencia. Detrás de ese símbolo de tonos pálidos se muestra una forma de concebir la vida, como una existencia meliflua de algodoncito suave. Detrás del biombo de rosas hay un patricio romano orondo, incapaz de levantar la espada de sus antepasados cuando vengan los bárbaros. La solución vendrá de la mano de las mujeres que se mofen al verles en paños menores.

Sin Arístides, no habrían existido ni John Stuart Mill, ni Emilia Pardo Bazán. Mantener la paz requiere preparase para la guerra, no se trata de estereotipos machistas absurdos, sino de discernir cuales son nuestras prioridades en una sociedad superficial, donde el consumismo se constituye en ley de mercado, y el gusto unidimensional por lo externo  ha remplazado a lo transcendente. Una civilización rendida a una imagen blanda, vanidosa, que de tanto mirarse al espejo, no puede reconocer el rastro de sus ancestros.

por Alberto Valenzuela.

Licenciado en Sociología y Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Complutense de Madrid, amplió estudios de Relaciones Internacionales en The University of Birmingham. Obtuvo un Master en Trinity College Dublin y realizó estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ha estudiado y trabajado varios años en distintos países europeos.