Fabrice Hadjadj o la esperanza imperecedera

Descubrí a Fabrice Hadjadj hace algo más de un año, por casualidad o providencia. Me topé con un texto suyo sobre el ateísmo. Era un simple párrafo, pero me fascinó de tal modo que comencé a buscar libros suyos y a devorarlos con ansiedad bulímica, sin preocuparme de digerirlos. Es probable que mis amigos maldigan el día en que se produjo el descubrimiento, pues, desde entonces, Hadjadj es uno más en nuestras conversaciones. Pensándolo bien, creo que hablo más de él que de mí mismo.

Quizá mi fascinación se deba a que Hadjadj, francés de origen tunecino, es cualquier cosa menos un filósofo al uso. Siguiendo aquella tesis chestertoniana de que los asuntos serios son los únicos que debemos tomarnos a broma, le gusta hacer filosofía entre juegos de palabras, bromas y símiles estrambóticos. Lo que no resta ni un ápice de profundidad a sus afirmaciones, que penetran en lo más íntimo del lector a través de una carcajada.

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A Hadjadj, judío que pasó por el nihilismo y que se convirtió hace años al catolicismo, le gusta nadar contracorriente. Ése es un buen modo de resumir su filosofía, que tiene algo de profético. En tiempos rendidos al delirio transhumanista, reivindica la sencilla belleza de lo humano. En tiempos de frenético individualismo liberal, nos recuerda que sólo seremos felices cuando nos reconozcamos dependientes. En tiempos de pelagianismo, nos hace comprender que nuestros esfuerzos no lograrán despojarnos de la ridiculez que nos reviste. En tiempos de olvido de la muerte, nos invita a vivir como moribundos, como si el día de nuestro fallecimiento estuviese a la vuelta de la esquina.

Vivir en gracia

Tal y como ya he sugerido, al filósofo francés le disgusta especialmente la idea de que ser cristianos consiste en pecar lo mínimo. El cristianismo, nos enseña Hadjadj con la pertinacia del converso, es otra cosa. Es decirle ‘sí’ al Cristo crucificado, permitir que su Gracia nos inunde. Pero esto sólo ocurrirá si nos olvidamos un tiempo de nosotros mismos, dejando nuestro ego en el inhóspito rincón que le corresponde. En 99 lecciones para ser un payaso (Bibliotheca Homo Legens), descubrimos cómo hacerlo: “Te gustaría burlarte de los demás, pero adivinas que, en tal caso, tendrías que empezar por ti mismo. Y te gustaría mucho burlarte de ti, pero presientes que, entonces, tendrías que comenzar admirando a los demás. Así que, payaso, los admirarás y tu admiración será mucho más estimulante que los sarcasmos bufonescos”.

Cuando levantamos la vista de nuestro ombligo, nos topamos con un mundo que nos interpela. El primor del amanecer, la sonrisa abnegada de una madre o el abrazo de un amigo son realidades demasiado hermosas como para creerlas fruto de una sucesión de casualidades (o de calamidades). La creación nos habla del Creador; pero sólo la descubrimos en su esplendor olvidándonos de nosotros mismos, dejándonos abrazar por ella.

Vivir en gracia es salir de uno mismo. Y salir de uno mismo requiere un asentimiento previo, reconocer que el don que Dios nos ha brindado es mejor que cualquier cosa que podamos conseguir por nuestros propios medios: ‘No te tomes a ti mismo por Dios – enseña Hadjadj –, sino mejor por un papel de calco. La única potencia requerida es la del consentimiento. Sólo tienes que decir que sí. Sólo tienes que repetir amén’.

Un enfoque diferente

Se habrán dado cuenta de que Hadjadj acostumbra a interpelar directamente al lector; se dirige a él en segunda persona. Es su estilo, ácido y provocador al tiempo. Si a eso le añadimos unos enfoques inhabituales – a veces incluso malsonantes –, nos queda un resultado difícilmente tolerable para los modosos contemporáneos, ya sean católicos o ateos.

En Últimas noticias del hombre (y de la mujer), también publicado por Bibliotheca Homo Legens, el filósofo francés aboga por una ética de la crueldad: ‘Si le decimos a una amiga estéril que no es necesario recurrir a la fecundación in vitro, pareceremos malvados cerrados a la vida; si nos oponemos a la eutanasia, que pone fin a los sufrimientos, nuestra moral aparentará reducirse a la de un torturador; si ponemos límites al crecimiento, nuestra Buena Nueva adoptará el aspecto de un antihumanismo prehistórico’.

Sin embargo, no deberíamos caer en la trampa. La prosa de Hadjadj no es cruel o pesimista. Al contrario, infunde en el corazón de su lector un soplo de esperanza fundado en la convicción de que cuando, abatidos por nuestra inhumana forma de vida, gritemos ‘socorro’, ahí estará Dios para envolvernos en un abrazo sobrenatural.