Estructuras patriarcales

El pasado martes lamentábamos la muerte de Laura Luelmo, una profesora onubense brutalmente asesinada por un tipo, de nombre Bernardo Montoya, cuyo flirteo con el mal venía de lejos. Entre los estremecedores antecedentes del victimario, mencionaremos sólo algunos: dos robos violentos y el asesinato a machetazos de una anciana (por el que cumplió una pena de diecisiete años de cárcel).

Mientras algunos llorábamos la pérdida y condenábamos el nefando crimen, otros, expertos en convertirlo todo en motivo de trifulca ideológica, aprovechaban para hacer propaganda. Así, tuiteros (porque son, ante todo, tuiteros) de orígenes variopintos responsabilizaban a los votantes de VOX – machistas, claro – del asesinato cometido, señalaban, como Carmena, que la violencia se halla incardinada en el ADN del hombre o culpaban de todo a las estructuras patriarcales.

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Para que vean que no mentimos, citaremos el título de un artículo publicado en La voz del sur – ‘Tú también eres el asesino de Laura’ – y un tuit del periodista Antonio Maestre, que es tan tolerante que responsabiliza a quienes no piensan como él de todo lo repudiable que hay en este mundo: ‘Los que defendéis a VOX sois responsables de que muertes como las de Laura sucedan. Sois cómplices’. Nosotros podríamos replicar que los responsables de estas muertes son quienes se oponen a la cadena perpetua, pero no lo haremos.

Tampoco renunciaremos a mencionar un tuit de Juan Carlos Monedero que expresa vigorosamente la esencia del feminismo pompier: ‘Los asesinatos a las mujeres tienen que ver con el culto a la violencia escrito en estructuras profundas’.

Repartir la culpa

En todas las afirmaciones del feminismo sistémico subyace, en verdad, una negación de la naturaleza del hombre y de la sociedad. Quien imputa los crímenes más abyectos, como el asesinato de una joven, a estructuras abstractas existentes sólo en la desquiciada imaginación del hombre contemporáneo (o a grupos nutridísimos de personas) rechaza la premisa sobre la que se asientan nuestras comunidades: que la persona es un ser autoconsciente capaz de responsabilizarse ante otros de sus actos, precisamente porque son suyos, expresiones de su libertad.

Si Montoya ha perpetrado el crimen por influjo de una estructura social milenaria (el patriarcado), o si comparte la culpa con muchos otros hombres (los votantes de VOX), ¿por qué debe ingresar en prisión?, ¿por qué lo convertimos a él, de facto, en único responsable de sus actos? En realidad, la experiencia nos muestra que para preservar el orden social necesitamos que cada uno cargue con sus propias acciones, como el pollino abnegado carga con su dueño.  La vida comunitaria es una constante rendición de cuentas (el vecino ante mí, yo ante el vecino; yo ante ti, tú ante mí), y no podemos rendir cuentas si no nos apropiamos de nuestros actos.

El que arroja basura en lugar inapropiado no lo hace porque esté predeterminado a hacerlo por una configuración social fantasmagórica, sino porque lo ha elegido; el criminal no delinque movido por una fuerza cósmica que escapa de su control, sino porque ha optado libremente por ese modo de vivir. Si no reconociésemos esto, el culpable dejaría de ser culpable para tornarse víctima. Es más, todos nos tornaríamos víctimas de un destino caprichoso.

El pecado original

Llegados a este punto, si hay forma de liberarse de esas opresivas estructuras que determinan, según el pensamiento sistémico, nuestro comportamiento hoy. El feminista responde que sí (lo que ya supone una contradicción, pero lo dejaremos pasar), que la forma de acabar con la violencia contra las mujeres, perpetuada por esas opresivas estructuras, es la educación. Educando a los jóvenes desde una perspectiva de género, argumentan, pueden erradicarse el machismo y todas sus expresiones, incluso las más brutales.

En este sentido, el observador más sagaz se percatará de que el discurso del feminismo sistémico se ha construido sobre los escombros de una verdad arrasada. Su relato – porque no merece ser llamado ‘doctrina’ – se refiere a una estructura ancestral transmitida de generación en generación, heredada. Esa estructura, aunque los feministas lo ignoren, se llama pecado original y no la podremos superar confiándonos a un educador de género, sino a la gracia. A Dios.