Estar en lo cierto

Algún día tengo que probar lo de cambiar de bando. Vivir en perpetuo error ya cansa. Bastaría con una semana, un mes quizá si le cojo gusto. Un periodo para probar qué se siente al tener sistemáticamente razón, al estar en el lado correcto de la historia. Unos días, sólo unos días para poder ir con mi opinión por delante y con la tranquilidad de pensar lo que corresponde. Y no este callar hasta en familia, este disimulo hasta que tu interlocutor muestra señales de estar tan equivocado como tú. Cambiar de bando y ser transparente y ser bueno, esa es la idea.

De hecho ya lo probé, entre los catorce y los veinte años. No sabría decir si por entonces era comunista sentimental, progresista difuso o antifranquista de brocha gorda; lo que sí recuerdo es que tenía razón cada minuto de cada hora de cada día de la semana. Era glorioso: vivir en la verdad a pensión completa. Ni dudas ni titubeos, sólo la razón resplandeciente.

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Lamentablemente, con el paso de los años me entró no sé qué enfermedad ideológica y la certeza se me caía a cachos como a un leproso. El mundo y su problemática dejaron de estar claros y mis ideas empezaron a parecerme fruto de la tosquedad soberbia y estúpida de quien, sin haber alcanzado la veintena, anda con el mundo resuelto como si fuera una división sin decimales. Desde entonces, desde que abandoné la adolescencia y me hice –con perdón– hombre, soy un exiliado de la verdad y, que yo recuerde, no he vuelto a acertar en nada.

Pero ya estoy cansado y envidio la desfachatez de los de enfrente. Me gustaría estar por encima de todo y ver cómo los jueces se equivocan hasta que coinciden con mi veredicto –a veces hay que achucharles un poco–. Me gustaría poner la tele y ver cómo los famosos están tan en lo cierto como yo, o yo tan en lo cierto como ellos. Me gustaría, en suma, ser bueno y lamentar, si hace falta desgarradoramente, que haya gente mala y errada caminando por nuestras calles; calles, que si por ellos fuera, aún estarían sin empedrar.

En una ocasión advertí a mis alumnos que, cuando llegaran a ser profesores, tuvieran mucho cuidado de no adoctrinar, antónimo, según lo entiendo, de educar, o de instruir si lo prefieren. Entonces preguntaron, con verdadero interés, cómo se hacía eso. Quedé dudando hasta que se me ocurrió: “Una buena forma de evitarlo es considerar que aquello que pensáis no es correcto por necesidad. Contemplad la posibilidad de estar equivocados”. No me entendieron. Normal: no conciben el error porque están en el lado correcto de la historia, en el lado al que yo, aunque fuera por un ratito, quisiera pertenecer… aunque me conozco y sospecho que acabaría metiendo la pata. Según parece, el error me corre virulentamente por las venas.