El sufrimiento de los inocentes

El sufrimiento de los inocentes esconde tras de sí unas razones cuyo conocimiento nos está vedado.

Quizá una de las experiencias más enigmáticas y lacerantes de la vida humana sea la del sufrimiento del inocente y la fortuna, el gozo, del malvado. Mirando a nuestro alrededor, vemos cómo el justo padece sinsabores que van desgastando su ánimo y el injusto no encuentra sino recompensas a su iniquidad. Eso nos indigna. La reacción natural a esta experiencia, de hecho, es pedirle cuentas a la vida, demandarle explicaciones: “¿Por qué has cargado sobre éste, que es justo, tan oneroso lastre? ¿Y por qué has bendecido a éste, que es injusto, con semejante dicha?”

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Se trata de uno de los interrogantes filosóficos fundamentales, pues ha turbado a los hombres de toda época y condición. Y tal vez ningún pensador haya respondido a él con tanta crudeza como De Maistre. Según el filósofo francés, “no hay nadie justo sobre la Tierra” y, por tanto, nadie que no merezca un castigo. La insignificante bondad del hombre – argumenta – contrasta con la majestad de Dios; los pretendidos méritos de aquél son eclipsados por el esplendor de Éste.

Sin embargo, la respuesta de este contrarrevolucionario no termina de satisfacernos. Puede que sea cierto que no haya inocentes sobre esta Tierra, pero no deberíamos negar la existencia de personas más justas que otras, de personas menos desvinculadas de Dios que otras. Equiparar al avaro y al austero – nos dice la conciencia, primera forma de revelación – es ciertamente injusto. Y, enunciada esta evidencia, la pregunta se cierne de nuevo sobre nosotros: ¿Por qué uno y otro, avaro y austero, sufren de igual modo?

¿Dónde estabas tú…?

Pese a su rudeza, De Maistre nos ayuda a comprender mejor una verdad fundamental: que la felicidad no deriva de nuestros méritos, que nuestros logros, considerados en su justa medida, tienen algo de ridículo. Dios se lo recordó a Job cuando éste, desesperado, le reprochó su sufrimiento:

¿Dónde estabas tú cuando afiancé la tierra?

Habla, si es que sabes tanto.

¿Sabes tú quién fijó su tamaño

 y midió sus dimensiones?

¿En qué se apoyaron sus columnas?

En cierto modo, el sufrimiento de los inocentes esconde tras de sí unas razones cuyo conocimiento nos está vedado. Nos afanaremos en descubrirlas; trataremos, en vano, de alcanzar una plena comprensión del asunto. Pero nos daremos de bruces con nuestras limitaciones y entenderemos que lo mejor es abrazar el misterio, incluso amarlo. Aunque las causas del sufrimiento permanezcan ocultas, podemos utilizarlo para el bien.

La parábola del hijo pródigo

Más allá del sentido del perdón, la parábola del hijo pródigo contiene una enseñanza que a menudo pasa inadvertida. Cuando el primogénito se entera de que su padre ha organizado un banquete para festejar el regreso del hijo menor, arde en cólera. “Hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado su patrimonio en prostitutas, y le matas el ternero cebado”, le espeta.

Imaginémonos que el mundo fuese como desea el primogénito. Un mundo en el que obedecer los dictados de la conciencia y de la ley recibiera como recompensa ilimitados bienes materiales, un mundo en el que la riqueza económica simbolizase una suerte de incorruptibilidad moral. Parece tentador; todos saldrían ganando: quien ya es justo en esta realidad imperfecta vería recompensada su impecabilidad, mientras que quien no lo es descubriría un incentivo para serlo.

Si ahondamos en la cuestión, nos percataremos de que esto no es exactamente así. Hacer el bien implica – por la propia naturaleza de éste – abnegación, sacrificio, renuncia, desinterés, generosidad. En caso de que hacer el bien conllevase un premio terrenal o palpable, ¿quién lo haría desinteresadamente? Resultaría imposible hacerlo. Justo es aquél que hace el bien aun sabiendo que ello le puede provocar sufrimientos inefables, no el que lo hace previendo un posible beneficio. En realidad, éste último hace el mal, un mal que radica en la inversión de las jerarquías, en la desnaturalización del bien: para él, éste ya no es un fin a partir del cual debe ordenar su vida, sino un medio al servicio de sus apetitos.  

Contemplado de este modo, el infortunio de los inocentes y el gozo de los culpables cobra cierto sentido. Es condición indispensable, aunque afirmarlo resulte duro, para la existencia del bien entre los hombres.