El sentido de la vida

Albert Camus lo dice abiertamente, sin circunloquios o ambages, en El mito de Sísifo. El único problema filosófico verdaderamente serio es si la vida merece ser vivida. Incluso en la persona con menos inquietudes intelectuales, incluso en el individuo a quien el constante quehacer impide detenerse a reflexionar, florece esa perturbadora pregunta: ¿por qué no suicidarme?, ¿qué sentido tiene permanecer en este mundo?, ¿qué hago yo aquí?

El origen de ese interrogante descansa en algo que percibimos todos y que Giussani denomina desproporción estructural. Existe una diferencia aparentemente insalvable entre lo que deseamos y lo que obtenemos, entre lo que demandamos a la realidad y lo que ésta nos ofrece. Aspiramos a la perfección, pero heredamos un pecado que nos privó de ella. Anhelamos una felicidad plena, pero terminamos por descubrir que los instantes de alegría son fugaces destellos que apenas mitigan la oscuridad de una noche demasiado lúgubre… Lúgubre hasta lo asfixiante.

PUBLICIDAD

Esta desproporción nos desazona, nos frustra, nos desquicia. Y de esa frustración brota el interrogante. ¿Merece la pena vivir esta vida que nos niega lo que deseamos, esta vida en que nuestras aspiraciones no acaban de cumplirse? A priori, hay dos posibles respuestas y ambas conducen a un final: la negativa, al suicidio; la afirmativa, al martirio. El que se plantee la pregunta y responda que no, que todo es fruto de una sucesión de circunstancias azarosas, habrá de armarse de coherencia y poner fin al absurdo. El que responda que sí, que la vida es digna de ser amada, habrá de amarla tanto como para estar dispuesto a entregar la suya propia (si fuese necesario).

Descubrir el sentido en lo concreto

Hay dos posibles respuestas a la pregunta, sí; pero también existe la opción de ignorarla, de acallarla. Se trata de la actitud propiamente posmoderna. Como la desproporción le provoca un sufrimiento incómodo, el hombre contemporáneo se comporta como si no existiera. Se consagra desenfrenadamente a las redes sociales, a la pornografía, al alcohol, al sexo de usar y tirar… Pero eso no le sacia. La huida sólo incrementa el vacío, y éste acaba revelándose más opresivo que la frustración de la que brota el interrogante del sentido.

Pero entonces, ¿cuál es la actitud correcta? ¿Acaso la hay? En cierto modo, ésta radica en una cierta predisposición a saborear la vida, a apreciar esos instantes de felicidad que salen a nuestro encuentro. El esplendor de un amanecer, una conversación de amigos en torno a unas jarras de cerveza o el abrazo de un padre son como tímidas epifanías de ese sentido que permanece oculto. En esas circunstancias, aunque sea tan sólo por unos segundos, descubrimos que la vida sí merece la pena, que nuestro paso por el mundo tiene un significado.

Desgraciadamente, las sombras regresan pronto. El gozo que desearíamos retener con nosotros es en verdad tan inasible como el polvo. El sufrimiento nos devuelve la frustración y, con ella, la tentación del suicidio. La vida vuelve a resultarnos absurda. Pensamos, no sin cierto tino, que esos instantes de alegría que otrora iluminaran nuestro semblante tenían más de ilusorios que de reales. Nos desquiciamos.

La religión como respuesta

La religión surge de esta certeza interior. De la constatación de que lo terrenal no basta para colmar nuestras aspiraciones, que tienden a la perfección, a la inmortalidad, a una sobre-vida (en palabras del filósofo canadiense Jean Grondin).

Cada religión afronta a su manera la desproporción estructural. El budismo, por ejemplo, opta por la aniquilación del deseo siguiendo un razonamiento impecable: si el origen del sufrimiento es el deseo jamás cumplido, la aspiración jamás satisfecha, abolirlo parece la vía más adecuada. El problema, a nuestro modo de ver, es que el deseo de eliminar el deseo devendrá ineluctablemente en frustración, pues nunca se materializará. El deseo, impreso en nuestra misma naturaleza, es indeleble. Acabar con él implicaría, en fin, acabar con el hombre.

A la inhumanidad del budismo se opone la vitalidad de las religiones paganas. En ellas, los hombres elevan plegarias y alabanzas a los dioses con la tenue esperanza de que éstos colmen sus anhelos, de que estrechen el abismo que media entre sus aspiraciones y la realidad. Pero la desazón germina de nuevo: las oraciones no terminan de surtir efecto; la vida premia a los injustos y castiga a los justos. ¿Qué sentido tiene todo esto?

El sentido corre a nuestro encuentro

Si las religiones orientales y paganas relatan el esfuerzo moral del hombre por aprehender el sentido que orienta sus vidas, el cristianismo (y, en cierto modo, el judaísmo) relata lo contrario. No es el ser humano el que se dirige a los dioses para que le descubran el significado de su existencia; es Dios el que desciende para desvelárselo. Tras la Encarnación, el sentido camina con los hombres. Ya no habremos de buscarlo entre las brumas de lo intangible, pues lo hallaremos en la relación personal con Cristo.

Cristo es, en fin, el punto en el que deseo y realidad se entrelazan, el torrente de agua viva que saciará esas aspiraciones que hoy sólo provocan frustración. Sus brazos extendidos en la cruz abarcaron nuestro dolor, nuestro sufrimiento y nuestra congoja de tal modo que ya no constituyen la expresión de un cruel sinsentido, sino el camino a transitar para un encuentro más pleno con Él.