El libro que leer en un jardín o en un museo

Roger Scruton -profesor, escritor, esteta- ha escrito un libro que debería acompañarnos en estas vacaciones allá donde vayamos. Se titula “La belleza” y lo ha publicado en España la editorial barcelonesa Elba, a la que tan agradecidos estamos por haber editado “Los jardines de los monjes”. Algún día tengo que escribir algo sobre lo mucho que los lectores debemos a los editores, que van buscando tesoros como éste de Scruton para que no nos sintamos tan desamparados ante la fealdad, la vulgaridad y el mal gusto. 

Quede, pues, dicho de entrada: “Sobre la belleza” es una defensa de la existencia de la belleza y de su condición “objetiva” frente a la crítica moderna y, sobre todo, posmoderna que se somete a la relatividad absoluta. Nuestro autor afirma que la belleza no sólo existe, sino que tiene reglas, jerarquías, rasgos que la hacen identificable y la acercan al bien y la verdad. Esta mirada clásica rescata la antigua identificación de lo verdadero, lo bueno y lo bello que predominó hasta la modernidad en Occidente. Nuestro autor ha escrito, pues, más un libro de filosofía de la belleza que un tratado de estética.

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No nos ahorra ni referencias de autores, ni citas de sus obras ni un catálogo bellísimo -valga la redundancia- de pintura, escultura, arquitectura, interiorismo, cine, jardinería y, en general, todas las formas de elevación de espíritu y acceso al placer que el arte puede depararnos. A juicio de Scruton, la belleza puede encontrarse en la cotidianeidad siempre que uno sepa mirar con atención. Esto exige también una defensa de lo bello frente a la agresión del “kitsch”, la “disneyficacion” de la vida cotidiana y el mal gusto.

Así, este libro “desvela”, es decir, alza el velo de la belleza que encontramos cada día frente a nosotros, por ejemplo, en los jardines: “el mejor lugar para comenzar la exploración de la belleza cotidiana es el jardín, donde el ocio, el aprendizaje y la belleza se combinan en una experiencia liberadora del hogar”. En este sentido, “un jardín no es un espacio abierto como un paisaje, sino un espacio que nos rodea: lo que crece y se sitúa en torno al observador”. Todo el libro rezuma este amor por el detalle que diferencia lo bueno de lo excelente. Uno puede pasear ahora por el Campo del Moro, Hyde Park o los jardines de Alexander alrededor del Kremlin y descifrar esa belleza mágica que la falta de atención nos oculta. 

Los nueve capítulos del libro -que comienza con el titulado “Juzgar la belleza” y concluye con unas “Consideraciones finales”- recorren las distintas “bellezas”, la humana, la natural, la cotidiana y la artística, para llegar a estudiar la relación entre “arte y eros” y “el rechazo de la belleza”. Hay que añadir un aparato de notas y de bibliografía riquísimo y muy útil, así como un índice onomástico que permite apreciar de un vistazo la exuberancia de referencias que Scruton maneja. Por estas páginas, desfilan veinte siglos de reflexión estética y de creación artística. Después de leerlo, uno se adentra en el Louvre, el Rijksmuseum o la Galleria degli Uffizi con otros ojos. 

Elba nos tiene acostumbrados a unas ediciones deliciosamente ilustradas. Abundan las fotografías pequeñas pero muy claras que permiten seguir el hilo argumental sin la enojosa necesidad de ir buscando en apéndices o en notas al final del libro la obra de que se trata. Aquí se indica al pie de la foto adecuadamente dispuesta; por ejemplo, la “Anunciación” de Simone Martini de la página 72. Hablando de anunciaciones, si van a visitar la exposición “Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia”, que está en el Museo Nacional del Prado hasta el 15 de septiembre de este año, echen un vistazo antes a este libro de Scruton. Les abrirá muchas perspectivas. 

Nuestro profesor es un humanista a carta cabal y un escritor ameno, pero no es en modo alguno complaciente con sus lectores. Desafía ideas que suelen darse por supuesta como la relatividad del gusto y, por lo tanto, la imposibilidad de establecer una jerarquía en la belleza. El autor desgrana con cortesía y firmeza sus argumentos a medida que exhibe en apoyo de su tesis algunas de las piezas más refinadas del arte universal (¡ay, esa escalinata de la Biblioteca Laurenciana de la página 170). 

Si tienen, pues, que llevarse de viaje un libro para refugiarse del calor del estío y la vulgaridad que nos rodea, escojan este de Scruton que ha publicado Elba con el título “Sobre la belleza”. 

Que su lectura les sea propicia.