El declive de la universidad

Quizá uno de los males más lacerantes de cuantos afligen a nuestro sistema educativo sea la sumisión de la universidad a las necesidades y designios del mercado. Desde antes del advenimiento del infausto Plan Bolonia, las universidades, otrora consagradas a la búsqueda de la verdad, han devenido en centros de instrucción de saberes efímeros, de saberes que quizá alimenten la faltriquera (¡a veces ni eso!), pero no el alma.

De esta forma, los conocimientos técnicos, aquéllos que preparan al que los adquiere para desenvolverse adecuadamente en el mercado, han suplantado a esos saberes que sirven al hombre en tanto que hombre (y no en tanto que productor). Y es lógico: si el fin último de la universidad es formar a los estudiantes para el mercado laboral, aquélla debe enseñar Photoshop antes que antropología, derecho administrativo antes que derecho romano, ‘empresa’ antes que filosofía económica.

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Cuando la propaganda sistémica se refiere a ‘la generación más preparada de la historia’, lo hace con tino. Está preparada, sí, para responder satisfactoriamente a las volubles demandas del mercado, tan caprichoso (y eso es hoy lo importante). Pero no está preparada para comprender su pasado, para juzgar críticamente su presente o para darse a sí misma una misión de futuro. Su preparación, en apariencia vigorosa como el vuelo de un águila imperial, se revelará pronto tan endeble e incompleta como el ladrido de un caniche. Porque la universidad de hoy no forma personas, sino productores competentes; hombres incapaces de encontrar el sentido de su existencia, pero habilidosos hasta el extremo en el manejo del iPad.

Positivismo y pragmatismo

En cualquier caso, la entronización universitaria de los saberes prácticos no se puede imputar exclusivamente al mercado, en abstracto. De hecho, podríamos decir que éste es beneficiario de una realidad que debemos agradecer a una razón más profunda: tras el hodierno desprecio por las humanidades – el arte, la filosofía, la literatura… – subyace, en verdad, toda una corriente filosófica que reduce lo cognoscible a lo tangible, que afirma, por decirlo en román paladino, que sólo podemos albergar certezas sobre aquello que percibimos con los sentidos. Atendiendo a esta cosmovisión, lo único verdadero es lo que se ve y, en consecuencia, disciplinas como la filosofía, la teología o la misma historia constituyen pura y vana especulación en la que no debemos perder el tiempo.

Ni el mundo es simbólico ni el hombre, algo más que materia. Sobre esta mendaz negación se ha fundado el edificio educativo contemporáneo: no busca razones, sino causas; no interpreta o entiende, simplemente explica. Y, ante esto, el mercado nada tiene que objetar, pues lo que necesita son individuos que manejen herramientas, que consuman bulímicamente y que preserven cierto instinto de negocio, no personas que piensen demasiado (¡y establezcan vínculos con otros!).

De esta convergencia entre la filosofía positivista y los intereses de un modelo económico al servicio del crecimiento ilimitado brota nuestro sistema de enseñanza universitaria, que, como ya hemos señalado, instruye a los jóvenes en saberes perecederos, en disciplinas cuyo objeto de estudio agoniza desde su mismo nacimiento.

Defensa de lo permanente

En esto último, precisamente, radica el gran pecado de la universidad contemporánea: en abrazar la obsolescencia y renunciar a la permanencia en nombre de la utilidad. La mayor parte de los conocimientos que los estudiantes de hoy reciben como autómatas carecerán de valor para los estudiantes de mañana. Y es que los modelos de empresa, como los dispositivos electrónicos, tienen fecha de caducidad; son repentinamente sustituidos por otros más eficientes.

El verdadero saber, y a éste debería rendir tributo la universidad, se funda en lo perenne, en lo que nos define como seres humanos (el impulso artístico, la apertura al Absoluto, la mirada al pasado…) Apoyados en sus sólidos cimientos podemos juzgar lo circunstancial y caduco. Manejando un programa informático no descubriremos nada sobre nosotros mismos; aprendiendo sobre nosotros mismos, sobre el ser humano, descubriremos mucho sobre un programa informático (qué intención lleva a un hombre a diseñarlo y si nos ayuda a alcanzar nuestro fin propio como personas, por ejemplo).

En una época que idolatra el cambio y la innovación – y, por tanto, también la obsolescencia -, la universidad debe erigirse en templo de la permanencia. De hacerlo, les recordaría a millones de jóvenes que su paso por el mundo tiene un sentido, y que éste nada tiene que ver con responder a las demandas de un mercado deshumanizado.